Escapada motera por Huesca
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Escapada motera por Huesca

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En las escapadas siempre buscamos la armonía entre carretera, paisaje, historia, cultura y gastronomía. Hoy haremos una que sin duda queda­rá grabada en tu memoria por lo mucho que ofrece en una cantidad razonable de kilómetros.

La jornada comienza rodando por una carretera que corre para­lela al río Gállego. Desde Puente la Reina de Jaca nos dirigimos hacia el pantano de la Peña, por un camino jalonado de barrancos de gran belleza. Mientras avanzamos, la carre­tera se trenza con el río mientras comenzamos a ver a lo lejos los imponentes Mallos de Riglos.

La erosión de antiguas morrenas glaciares creó estas impresionan­tes formaciones rocosas y con­virtió Riglos en la capital histórica del montañismo español. Los Mallos están formados por sedimentos de cantos rodados cementados por grava y arena, con cimas cupulares cuyo color rojizo se debe al predominio de arcillas y hierro. Este color se potencia con la luz del sol en el ocaso y crea bellos atardeceres de matices espectaculares.

Cada mallo tiene su nombre pro­pio, hay nueve mallos principales, los dos más altos son el Firé y el Pisón, con 300 metros de pared. El más difícil para la escalada es la Visera y el último en ser coronado fue el Puro. Los primeros escala­dores llegaron en 1933, pero no fue hasta después de la guerra civil cuando se alcanzaron las cimas de todos los mallos. Estos gigantescos paredones rocosos albergan una importan­te colonia de buitres. Desde el centro de interpretación de aves rapaces Arcaz podemos observar las rapaces en su hábitat natural a través de videocámaras conectadas en directo en unas modernas instalaciones.

Ayerbe y Loarre
 

Desde Riglos, aún impactados por la grandiosidad de la natura­leza, nos subimos de nuevo a la moto para seguir curveando cami­no de nuestro siguiente destino. Llegamos a Ayerbe, pueblo en el que vivió parte de su infancia y adolescencia el nobel de Medicina Santiago Ramón y Cajal. Visitando la que fue su casa conoceremos su vida, así como su contribución a la investigación científica a través de dibujos, foto­grafías, instrumental, microscopios y otros objetos, todo ello acompa­ñado de un buen número de anéc­dotas y curiosidades.

Ayerbe está situado al pie de una fortaleza cuyos restos descansan en lo que los vecinos denominan Los Muros. Dejamos la moto en una de las plazas para pasear por las calles y descubrir sus elegantes plazas y casonas renacentistas. Separando las dos grandes plazas que hay en Ayerbe, encon­tramos la Torre del Reloj, del siglo XVIII, y el elegante palacio de los Urriés, marqueses de Ayerbe. Del casco urbano sobresale la torre de la iglesia románica y su templo parroquial actual, antiguo convento de dominicos del siglo XVI dedicado a San Pedro.

Desde Ayerbe, tomamos la A-1206 retrocediendo casi cien años en la historia por cada kiló­metro que recorramos. El caserío de Loarre se desparra­ma por la falda de la ladera de la sierra homónima. El ayuntamiento se encuentra en un bello edificio del siglo XVI con patio porticado. Una pintoresca fuente renacentista de tres caños y la parroquia de San Esteban com­pletan la visita al casco urbano, pero el atractivo mas importante de Loarre es sin duda la majestuo­sa fortaleza medieval.

La muralla que circunda el castillo de Loarre se despliega en arco a lo largo de unos 200 m. La com­ponen once torreones, semicilín­dricos, a excepción de uno que es cuadrado. El muro es de un consi­derable espesor –ronda el metro y medio–, lo que permitió construir en su cara interna un estrecho y bien conservado camino de ronda. Construido entre los siglos XI y XIII, hoy es el castillo románico mejor conservado de Europa.

Deja la moto y prepárate, porque vas a vivir una experiencia única. Podrás pasear por el castillo recorriendo sus rincones, disfrutar con el magnífico arte románico-jaqués de cualquiera de sus capiteles, contemplar un exquisito tríptico de ventanales geminados, descubrir una escondida inscrip­ción de cantero… un sinfín de momentos placenteros para los espíritus sensibles. Sus pasadizos, torreones, capi­llas y mazmorras te harán viajar por un momento a la Edad Media. No en vano el director Ridley Scott lo eligió para rodar “El reino de los cielos”. Para terminar, asómate al Mirador de la Reina para disfrutar de una panorámica del Prepirineo que te resultará inolvidable. Observa el pueblo a tus pies; Bolea y Ayerbe, en la lejanía. Más allá, recortada en el horizonte, Huesca, la ciudad de las noventa y nueve torres.

De Buluya a Huesca
 

Volvemos a la realidad y el corcel torna en acero, la grupa en con­fortable asiento y las riendas en manillar. El motor gira ya camino de Bolea, por la A-1206. Apenas 12 kilóme­tros nos separan de este pequeño pueblo, última parada antes de arribar a Huesca.  Buluya fue el último enclave musulmán situado al norte de la ciudad de Wasqa, definitivamente conquistado por el rey Pedro I de Aragón en el año 1101. Desde entonces se convirtió en un importante hito en la ruta prin­cipal desde Huesca hasta Jaca, Navarra y Francia –camino catalán hacia Compostela–, y al albur de ese tránsito floreció comercial y religiosamente.

En Bolea destaca su imponente colegiata, vestigio de aquellos tiempos gloriosos. El templo fue priorato de la abadía real de Montearagón hasta 1571, fecha en que pasó a formar parte de la Diócesis de Huesca, ya con la denominación de Iglesia Colegial: templo de rango elevado con capí­tulo de canónigos, que rezaban diariamente el Oficio Divino en gre­goriano y recaudaban los diezmos y primicias del amplio territorio que dependía de su jurisdicción.

La colegiata fue creada tomando como ejemplos constructivos la seo de Zaragoza y la catedral de Barbastro. Su interior sorprende por sus ricas bóvedas y por su retablo mayor, obra maestra de la pintura del Renacimiento. En la progresiva transición del tono de la escapada de hoy, comenzamos por un paisaje espectacular atravesado por una chispeante carretera y poco a poco el camino ha perdido prota­gonismo en pos de la rica historia de la zona y sus elementos arqui­tectónicos.

De este modo, volvemos a poner­nos el casco para recorrer los últimos kilómetros del día sobre la moto, en busca de los múltiples tesoros que conserva la capital oscense de su pasado milenario.

Al llegar a nuestro último destino del día, es el momento de aparcar la moto, ponernos cómodos y emplear el resto de la jornada en imbuirnos en la pequeña ciudad. Huesca es una ciudad de leyen­das e historia. Su reducido casco viejo de cortas distancias permite un cómodo paseo para disfrutar del sedimento que los siglos han dejado aquí. Nos espera San Pedro el Viejo, con su bello claustro románico; la catedral gótica, con un impresio­nante retablo renacentista en ala­bastro; el Museo Provincial o el edifi­cio renacentista del ayuntamiento. 

En época romana, Osca tenía un senado de trescientos miembros y una academia, germen de la Universidad Sertoriana, primera universidad española, que se mantuvo abierta hasta 1845. Los musulmanes la renombraron Wasqa y levantaron las actuales murallas, derruidas parcialmente a causa del hostigamiento al que les sometían los guerreros cristia­nos del norte. El más conocido, Roldán, dejó patente su leyenda en las cercanías de la ciudad, en el famoso Salto que preside su horizonte.

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