Escapada motera por Guadalajara
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Escapada motera por Guadalajara

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Alguna vez ya he comentado que soy un ferviente admi­rador de la provincia de Guadalajara. Una tierra que no ha sobreexplo­tado sus recursos turísticos y que es posible visitar con tranquilidad saboreando y descubriendo nue­vos y apasionantes secretos, tanto naturales como histórico-monu­mentales.

La comarca que hoy recorremos fue en su día independiente de Castilla y Aragón, casi una nación. Comenzamos la escapada en Molina de Aragón, capital del seño­río al que da nombre y marca o fron­tera al sur del mismo. Esta pequeña ciudad acoge una gran riqueza monumental, vestigios seculares que podemos descubrir en un cómodo paseo.

Dejamos la moto aparcada y nos adentramos en la parte antigua. Sus calles presentan la singular mezcla que da el haber tenido habitantes de distintas culturas a lo largo del tiempo.

Tan pronto disfrutamos del romá­nico de Santa Clara como saltamos al renacimiento en San Pedro o el neoclásico del convento de San Francisco. De la morería a la judería en pocos metros. Testigo pétreo de su esplendor histórico, los palacios más significativos proclaman en sus blasones la heráldica de sus impor­tantes habitantes, entre los que des­taca el palacio de los Molina, con los escudos de los Molina, de Castilla y de León, sobre el gran arco de medio punto de su portada.

La judería, de calles empedradas y rodeada de muralla, se extendía hacia la parte baja del castillo, don­de recientes excavaciones han sacado a la luz restos de la sinago­ga, un lagar, un hospital y diferen­tes dependencias, lo que revela la importancia que tuvo este barrio en el siglo XVI.

Cruzando el río entramos en el barrio de la morería, cuyos morado­res aprovechaban la muralla para asentarse y fortificar sus edificios de piedra y madera, en los que cada uno de los pisos sobresalía un poco más que el otro hasta que en la par­te alta se juntaban sus aleros.

Visitando el castillo de Molina
 

Volvemos a la moto y subimos al castillo, a cuyas puertas estaremos en dos minutos. En el castillo de Molina hay que distinguir la fortaleza rodeada de muralla y la llamada Torre de Aragón. La fortaleza es del siglo xii y fue construida por Manrique de Lara, primer señor de Molina. La muralla y sus torres de vigilancia llegaron a albergar un barrio entero en el siglo XIII.

La Torre de Aragón fue construida sobre el castillo árabe, y desde su terraza almenada es posible divisar una vasta extensión de la que fue posesión del señor de Molina. Tras la visita guiada al castillo, abordamos nuestra moto y pone­mos rumbo este, para seguir cono­ciendo los límites del señorío.

Dejamos atrás Castellar de Muela, un pequeño pueblo situado sobre una muela de piedra donde hubo un castillo, lo que daría nombre a la población, y continuamos camino hacia Monreal del Campo para, a los pocos minutos, tomar el desvío a la izquierda, hacia Campillo de Dueñas.

En el casco urbano de Campillo destaca la enorme iglesia parro­quial. Caminando por la calle Mayor, antes de llegar a la plaza, encontra­mos una fuente con dos caños y un largo abrevadero. Al salir del pueblo hay cinco “pairones” o pináculos de piedra que contienen imágenes religiosas o inscripciones; uno de los símbolos más emblemáticos del señorío de Molina. Desde un promontorio, el castillo de Zafra nos observa altivo aferrado a la roca sobre la que se asienta desde hace mil años.

Parcialmente restaurado, podremos ver parte de los muros que conformaron su muralla, y dos torres, una de ellas la del homenaje que presenta una puerta gótica de arco apuntado. En esta fortaleza, el tercer señor de Molina, Gonzalo Pérez de Lara, asediado por las tropas del rey, firmó la Concordia de Zafra, por la que la actual Molina de Aragón pasaría a formar parte de la corona de Castilla a su muerte, perdiendo su condición de indepen­diente.

Continuamos hacia el norte y atra­vesamos La Yunta, donde una gran torre levantada por la orden de San Juan hacia el siglo xiv sobresale del caserío del actual pueblo rodeado de campos de cereal.

El castillo de Embid
 

La carretera discurre tranquila por la llanura manchega, con leves giros que amenizan el pasar de los kiló­metros hasta llegar al siguiente hito del camino. Embid, que fue la marca al este del señorío, nos recibe con su castillo del siglo XIV, diseñado para resistir los ataques con torres de asalto y asedios. La ubicación fronteriza entre Aragón y Castilla de este cas­tillo lo hizo escenario de numerosos enfrentamientos, destrucciones y reconstrucciones.

Tiene planta pentagonal, con cubos en sus esquinas para reforzar la muralla, y una torre del homenaje con la entrada en altura, lo que hacía precisa una escala para alcanzarla. El acceso es libre. Ya en el casco urbano, disfrutamos de casonas molinesas renacentistas y barrocas y de la iglesia parroquial de Santa Catalina, que guarda un espléndido cáliz de oro y una cruz románica del siglo XIII. Por último, la picota, Bien de Interés Cultural, pone la guinda a la visita.

Los neumáticos ya ruedan de nue­vo mientras nos acercamos hacia el último destino del día. Desde Embid partimos hacia Rueda de la Sierra para coger la GU-426 que nos lleva­rá directamente. La pequeña carretera refleja la oro­grafía cambiante y comienza a cule­brear recorriendo las faldas abrup­tas que rodean nuestro siguiente objetivo y nos proporcionan ese ratito de placer en la conducción que siempre buscamos cuando salimos en moto.

El asfalto no está en su mejor momento, pero los tramos bien conservados compensarán los menos cómodos. Ojo a la grava, cuando yo pasé, casi cada curva estaba sucia. Tranquilidad y a disfru­tar del paisaje hasta que llegamos a la frontera norte del señorío.

Villel de Mesa tuvo siempre gran importancia estratégica, por ello don Manrique de Lara, primer señor de Molina, lo pobló y lo incluyó den­tro de los límites jurisdiccionales que marcaba el fuero. El castillo roquero, de sillarejo y tapial, resistió los embates del ardor guerrero durante siglos. Hoy a sus pies destaca el palacio de los mar­queses de Villel, que junto con otras casonas molinesas conforman un núcleo rematado por una magnífica iglesia gótico-renacentista.

Llegados a este punto, no pode­mos seguir camino porque nos saldríamos de las fronteras, y quién sabe lo que nos depararía la osa­día… ¡quizá otro mes!

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