Escapada motera por el magnífico paisaje de la Alcarria
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Escapada motera por el magnífico paisaje de la Alcarria

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Y es que siguiendo los pasos del Nobel de lite­ratura don Camilo José Cela, emprendemos viaje a la Alcarria, una zona de Guadalajara rica en historia, natu­raleza y monumentos.

Comenzamos la jornada en el pequeño pueblo de Horche, a una decena de kilómetros de la capital.
A la entrada del pueblo encontra­mos la ermita de nuestra señora de la soledad, del siglo XVI, que custodia la imagen de la patrona.
En Horche destaca la plaza del ayuntamiento, perfecto ejemplo de plaza alcarreña con soportales. Aderezan el encanto del pueblo las estrechas y sinuosas calles del barrio del Albaicín y las numero­sas ermitas que salpican el casco urbano.
Horche alberga un convento franciscano del siglo XVII que se comunica, según cuentan, por un pasadizo subterráneo con la igle­sia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, cuya torre majes­tuosa vigila el pueblo.
Aparte de la arquitectura, esta pequeña población tiene otros interesantes hitos culturales, como la emulación de la recon­quista de Horche, las hogueras de la purísima (declaradas de Interés Turístico Provincial), el encierro por el campo a pie de La Alpargata, sus bodegas…
Tras el paseo nos ponemos de nuevo los guantes y el casco y continuamos camino hasta nues­tra siguiente parada.

Romanones y Budia

Escasos minutos nos sepa­ran del pequeño pueblo de Romanones.
Romanones fue aldea de Guadalajara, hasta que en 1560 los vecinos compraron a Felipe II el derecho de villazgo a razón de 6.500 maravedís cada uno.
En 1893 le fue concedido el título de conde de Romanones por la reina María Cristina a don Álvaro de Figueroa, hombre importante de la villa, cuya casa solariega aún podemos contemplar en un paseo por la villa antes de reemprender nuestro viaje.

Tomamos la GU-932 para reco­rrer 28 kilómetros tranquilos, en una solitaria y sinuosa carretera que desemboca en una bella población entre montes.
La ubicación de Budia, cercana al río Tajo, originaría su nombre, ya que el término árabe “uad” signifi­ca ‘río’ o ‘valle que alberga un río’.La villa pasó de la prosperidad del siglo XVII al expolio sufrido en 1710, cuando los ejércitos del Archiduque saquearon sus riquezas.
Los budieros supieron reponerse hasta tal punto que a mediados del XIX Budia tenía dos bata­nes, dos molinos, 16 tiendas de comestibles y avituallamientos, 10 zapateros, varios abogados, médicos, cirujanos y un boticario.
Entramos con la moto en un casco urbano salpicado de caso­nes nobiliarios reflejo de la época dorada de la villa.
Destacan la Casa de los Condes de Romanones, la Casa de los Poyatos y la de los López Hidalgo, del señorío de Molina.
La plaza Mayor acoge el bello edificio del ayuntamiento, con pórtico y galería alta de columnas de una sencilla traza renacentista. Adosada a sus muros está la gran fuente.
Cela dijo de este lugar: “La plaza parece la de un pueblo moro…”.
En lo alto de la población, con unas espectaculares vistas de los valles alcarreños, se encuentra el convento de los carmelitas y la nevera de los monjes; no dejes de subir a verlos.

Cifuentes

De nuevo sobre la moto nos dirigimos por la N-204 camino de Cifuentes.
Mi idea era abandonar esta nacional en favor de la GU-999 para disfrutar de la exclusiva sole­dad de las comarcales, siempre con más sabor que las mejoradas nacionales, pero los primeros metros me hacen claudicar de mi intención.
Un asfalto perfecto que se revira en una alegre sucesión de curvas con unas impresionantes vistas del pantano de Entrepeñas hace del tramo entre ambos pueblos un lujo. De hecho, es de esas carre­teras a las que volverías sólo por disfrutar de cada giro.
Antes de arribar a Cifuentes nos desviamos hacia el embalse de la Tajera, para saborear la postal que nos regala este enorme remanso de agua.
Esta panorámica costó cuarenta años; la expropiación se realizó en los sesenta y las obras en los ochenta, pero los fallos en la cons­trucción de la presa provocaron que no se pudiera retener el volu­men máximo del embalse hasta el año 2003.
Tras bañar nuestras retinas de verde y azul, deshacemos el camino rumbo a la villa de las cien fuentes. No es que las tenga realmente, pero la abundancia de manantiales naturales dio nombre al pueblo en el que ahora entra­mos, Cifuentes.

En los tiempos de la conquista de la taifa de Toledo por los cristianos de Castilla, en el siglo XIV, el infan­te don Juan Manuel construye el castillo en el que nacería la prince­sa de Éboli.
Al pie de la fortaleza brota el río Cifuentes, afluente del Tajo.
La iglesia de San Salvador, conventos y casonas antiguas atestiguan un pasado comercial esplendoroso de la población que ya abandonamos retomando los mandos de la moto.

Al poco de dejar Cifuentes apa­rece ante nosotros la visión de un par de promontorios gemelos, bautizados como las tetas de Viana, curiosa formación que fue aprovechada con carácter mili­tar e incluso, según cuentan, en aquelarres los días de plenilunio. Desgraciadamente, un par de enormes chimeneas de la central nuclear afean el entorno… es el coste de la evolución.

Trillo

Trillo nos espera vertebrada de historia, recubierta de monumen­tos y regada por el Cifuentes y el Tajo.
Dar un paseo por esta población es necesario para encontrar teso­ros históricos.
Destacan la iglesia parroquial, renacentista, y el puente sobre el Tajo, volado en varias guerras que afectaron a Trillo, salvo en la Guerra Civil, en la que se consi­guió evitar su demolición.
La cascada del Cifuentes ador­na los últimos metros de este río antes de desembocar en el Tajo.
Descrita por Cela como “una hermosa cola de caballo, de unos quince o veinte metros de altura, de agua espumeante y rugidora”, conforma uno de los parajes más bonitos y atractivos de la villa.
Otros dos elementos configuran el pasado y el presente de Trillo. Uno es el balneario de aguas termales y el otro las ruinas del monasterio.
Los romanos ya se aprovecha­ban de los beneficios de las aguas que durante siglos se ofrecieron de modo espontáneo a cuantos las precisaban para su salud.

En 1770, el decano del Consejo de Castilla don Miguel María de Nava influyó en Carlos III para la fundación oficial de los baños de Trillo.
Los baños se inauguraron en 1778, con un busto del rey Carlos III presidiendo la entrada. Se arre­glaron las fuentes y el edificio para ser hospital, así como el camino procedente de Madrid, que se jalonó de posadas. Se hicieron magníficos jardines, paseos, fuen­tes, y se colocaron abundantes asientos de piedra, transformán­dolo todo en un auténtico paisaje versallesco. Tanto la excelencia de sus aguas de propiedades antirreumáticas como lo paradi­síaco del lugar hicieron que desde su fundación fuesen muchas las personas que pasaran el verano y largas temporadas en Trillo. Hoy es un solicitado hotel de cuatro estrellas.
El monasterio, propiedad par­ticular en ruinas, fue vendido en 1929 a un rico estadounidense que hizo desmantelar la iglesia, el refectorio, la sala capitular y parte del claustro para llevárselos en barco a América y allí reconstruir­los en su mansión.
El día 3 de junio de 1931 fue declarado Monumento Nacional, pero ya sólo quedaban ruinas de lo que fuera esta abadía.

Alcocer

Impresionados por esta joya alcarreña cogemos de nuevo la moto para disfrutar la CM-2115.
El paisaje que conforma el mar de pinos y las suaves y continuas curvas nos embelesan hasta que tomamos el desvío de Alcocer. El último tramo, por la CM-2015, cambia totalmente. La carrete­ra se vuelve más recta, en peor estado, y el paisaje torna a bos­que bajo con unas excelentes vistas sobre la Alcarria, al circular por lo alto de la meseta.

Nuestro siguiente destino de hoy es una población de origen andalusí. Su nombre procede del árabe al-Qusayr (‘alcázar’ o ‘palacio’).
El monumento principal de Alcocer es la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, edificada sobre la antigua fortale­za árabe.
Es considerada una de las mejo­res iglesias de la provincia de Guadalajara, por algo la llaman la catedral de la Alcarria.

Desde Alcocer vamos a dirigir nuestras ruedas al último destino del día, el minúsculo pueblo de Alocén, al que llegaremos des­pués de atravesar los túneles de Sacedón y recorrer catorce kiló­metros por una pintoresca y retor­cida carreterilla, bacheada y en mal estado, pero con un entorno y unas panorámicas inmejorables. No hay mejor forma de terminar el día que viendo salir la luna sobre los montes que rodean el embalse de Entrepeñas.

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