Escapada motera por el Algarve oriental
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Escapada motera por el Algarve oriental

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El sur de Portugal tiene un total de 240 kilómetros de costa repleta de largas playas, rocosos litorales horadados de cuevas y buenos servicios. Por tanto, Algarve es sinónimo de turismo playero y buen tiempo.

Lo que hace décadas era una costa virgen ha dado paso con el turismo a un desarrollo desigual y, cerca de enormes focos turísti­cos, hay pueblecitos de pescado­res donde aún podemos ver cómo era esta zona hace años.

Miles de moteros acuden cada año a Faro en julio. La mayor ciu­dad del sur de Portugal nos acoge con una animada vida nocturna. La única parte de Faro que ha sobrevivido a los antiguos saqueos, al terremoto y a la fiebre constructora del Algarve es la Cidade Velha, un trozo del Faro histórico, con encaladas calles peatonales, a la que se entra por el Arco da Vila, junto al puesto de turismo.

Tras la Rua do Municipio está Largo da Sé, donde encontrare­mos la catedral y algunos pala­cios, y es ahí donde comenzamos el día, dejando nuestra moto en la plaza de la Catedral. La catedral tiene bonitas mues­tras de azulejería y si te animas a subir a la parte más alta, obten­drás un buen panorama de la ciudad.

Paseando por las calles des­cubrimos la antigua fábrica de cervezas y la propia caída natural de la vía nos deja en un mirador sobre la ría de Formosa, límite de la vieja Faro. En la propia bahía, junto a la hilera de restaurantes y cafés de la zona, encontraremos el Museo Marítimo, que reúne una colec­ción de objetos y técnicas de pes­ca local. Desde aquí, tomamos la N-125, antigua carretera que vertebraba la costa algarvia.

Tavira
 

En pocos minutos estaremos entrando en este pueblo costero surgido a ambos lados del río Gilão como un importante puerto que comerciaba con el norte de África siglos antes de Cristo. Dejamos la moto en la plaza del Ayuntamiento, lugar ideal para comenzar a conocer esta román­tica, decadente y elegante pobla­ción, cuyos edificios históricos fueron levantados a la moda del siglo xviii después de que la ciu­dad fuera destruida por el terre­moto de 1755.

Vamos hasta la orilla del río, donde varios mariscadores fae­nan aprovechando la bajamar y, en Rua da Galería, descubrimos una bonita iglesia, la Igreja da Misericordia, en cuyo interior hay escenas bíblicas mostradas en el afamado azulejo artístico local.

Desde aquí subimos al casti­llo, donde descansan los restos mortales de dom Paio Peres Correia, el conquistador que ganó el Algarve en la Reconquista ibé­rica y que expulsó a los árabes de Tavira en 1242. De hecho esta iglesia era una mezquita.

Bajamos de nuevo al río para explorar las callejas que nacen a los lados. El antiguo Mercado da Ribeira es una joya donde cafés y tiendas conviven con exposiciones de artistas de la ciudad. Tras el antiguo mercado está la lonja de pescado. En esta zona hay muchos restaurantes que ofrecen el fresco género.

Junto al puente está el mercado tradicional. Me gusta visitar los mercados porque nos dan una imagen fiel del sitio. El género expuesto, las relaciones sociales, las tascas, la limpieza y el orden, o la falta de ambas, conforman un fantástico resumen de la vida local. Además nos permiten hacernos con curiosidades o delicias gastronómicas locales a precios populares, huyendo del sobrecoste turístico de las tiendas destinadas a los visitantes.

Tras disfrutar del agradable paseo volvemos a la moto para seguir rumbo este.

Cacela Velha
 

La aldea con más encanto del Algarve oriental es apenas un grupúsculo de casitas blancas rematadas con añil en torno a una iglesia, cuya plaza empedrada congrega en las veladas estivales a numerosos viajeros en la terraza del modesto restaurante que la preside. Un sencillo y sabroso chorizo a la brasa, unas gambas a la plancha o ¿por qué no? ostras recogidas allí al lado serán suficiente recla­mo para que tu boca se haga agua, y seguramente ya vaya sien­do hora de darle gusto al paladar.

Ahora continuamos hacia el tesoro mayúsculo de Cacela Velha, la playa localizada en la península de Cacela, llamada La Fábrica. La ría separa la playa de la costa, y durante los meses de julio y agosto, algunos pescado­res hacen travesías regulares de la ría a la playa por apenas uno o dos euros.

A partir de la playa de la Fábrica, el acceso se hace a pie hasta la playa de Cacela Velha. La playa se localiza en una extensa península de dunas de arena fina y blanca, que consti­tuye una barrera física contra el avance del mar y que protege las aguas calmas y poco profundas de la Ría Formosa.

Es apenas una diminuta isla de arena blanca donde las olas terminan su recorrido, que tan pronto gana terreno como lo pier­de, por la velocidad del ciclo de las mareas. Al ser un paraje virgen no hay ni sombra, así que si vas a estar unas horas, cuenta con aprovisionamiento.

El paisaje desde aquí es de pos­tal; es posible vislumbrar la bahía de Monte Gordo, la iglesia y la fortaleza de Cacela Velha, la isla de Tavira, la isla de Cabanas, los montículos de la sierra algarvía y el cerro de São Miguel.

Volviendo a la tierra, en los dos sentidos, saliendo de la ensoña­ción hippy que te atrapa en esa lengua de tierra mágica y volvien­do a nuestra moto, giramos la lla­ve en el contacto y partimos hacia nuestro próximo destino.

Vila Real de Santo Antonio
 

Esta población fue reconstruida por completo tras el terremoto de 1755 bajo la planificación del mar­qués de Pombal, con los gustos de inspiración parisina que agradaban entonces. El resultado es que Vila Real es un destino delicioso para los amantes de la arquitectura.

La zona histórica se trazó como la Baixa de Lisboa, con un traza­do rectilíneo que hoy es la zona comercial de Monte Gordo limitada al este por el río Guadiana, donde encontramos el puerto y la zona Ribeirinha, formada por espléndi­das casas nobles que ocuparon las más ricas familias de la zona. Al otro lado del cauce del río, fron­tera natural, se levanta Ayamonte.

El corazón de la ciudad vieja es la Praça Marquês de Pombal, dise­ñada por el arquitecto de la corte Reinaldo Manuel dos Santos y pre­sidida por un obelisco en 1776. Subimos de nuevo a la moto para recorrer los apenas cinco kilóme­tros que separan Vila Real de Santo Antonio de nuestro último destino del día; el pequeño pueblo de Castro Marim.

Históricamente fue una de las fortalezas que protegían el territorio portugués de las incursiones del Ejército español, no en vano se convirtió en 1321 en sede de los Caballeros de Cristo. Hoy es un bonito pueblo turístico emplazado a los pies de un cerro sobre el que se asienta un enorme castillo del siglo XIII que fue en gran parte derruido por el terremoto de 1755. Desde el castillo se disfruta de unas fantásticas vistas del mar.

Adosada a las murallas del castillo encontramos las ruinas de la iglesia de Santiago, del siglo XIV, y el Forte de São Sebastião, una fortaleza del siglo XVII. La iglesia principal del pueblo es la de Nossa Senhora dos Mártires, una radiante construcción de un inmaculado blanco que des­taca sobre un promontorio sobre el resto del caserío de Castro Marim.

Al llegar a la frontera con España, y con la vista puesta en Ayamonte, damos por concluida esta travesía por el Algarve oriental, mientras nuestros neumáticos ruedan ya por el puente internacional del Guadiana.  

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