Escapada motera por Alicante
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Escapada motera por Alicante

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No hay nada peor que opinar de un sitio sin haber ido. Un amigo mío lleva años diciéndo­me que tenía que ir a la zona que hoy recorreremos, y nunca encon­traba el momento, quizá no me atraía demasiado y por ello siem­pre encontraba algún pretexto. Cuando por fin se presentó la oportunidad, y con una flamante Triumph Tiger Explorer entre las piernas, puse rumbo al Manhattan español, a “Beni York”, como oí por allí llamar a alguno a la ciu­dad turística por excelencia de Alicante.

Nos vamos a Benidorm y alre­dedores. Empezamos el día a pie de playa dejando los rascacielos a nuestra espalda camino de Finestrat. Acercarnos hacia este pueblo nos adentra en la sierra que hoy será copartícipe de la ruta, junto con nuestro querido Mediterráneo. La presencia del impresionante Puig Campana es claro ejemplo de la singular orografía que hoy recorremos, que nos lleva de los cero metros de altitud, en la playa, hasta los más de mil en algunos puntos.

La carretera discurre jalonada por cerros cubiertos de pinos, almendros, olivos y algarrobos. Un manto salpicado de pequeños huertos, donde florecen naranjos, granados y nísperos. Finestrat fue alquería musulmana y ha sabido mantenerse sin gran­des cambios, conservando todo su sabor. Desde aquí comenza­mos el ascenso hacia el pueblo de Relleu.

Los 137 caballos de la Tiger rebosan brío. El ancho manillar y la cómoda postura de conducción ponen la guinda a esta magnífica carretera que se retuerce sinuosa, regalándonos decenas de curvas camino de Alcoy. El asfalto pasa bajo las ruedas de la Triumph como una alfombra gris, absorbiendo la excelente amortiguación las escasas irregu­laridades que presenta la vía.

A Alcoy por la Carrasqueta
 

Pasamos la Torre de les Macanes y al poco llegamos a un cruce con la CV-780. Si torciésemos a la izquierda, nos iríamos a Xixona, y a la derecha vamos directos a Alcoy por el puerto de la Carrasqueta. Dejamos la ciudad turronera para más adelante, porque la fama del puerto le precede y las ganas de abordarlo a lomos de una bestia de la carretera como es la maxitrail británica son muy fuertes.

La Carrasqueta lo tiene todo para ser un gran puerto motero. Un asfalto con buen agarre, curvas de distintos tipos, buen entorno… Una maravilla que nos dejará en nuestro siguiente destino con una enorme sonrisa y el corazón latien­do fuerte.

Hemos llegado a Alcoy, en las estribaciones de la sierra Mariola. Dejamos la moto aparcada para pasear por sus calles, salpicadas de modernismo. Destacan de entre los edificios de esta corriente arquitectónica el de la Casa del Pavo y el Círculo Industrial, donde parece haberse detenido el tiempo.

Paseando hasta la plaza de Dins llegamos al Museo de las Fiestas de Moros y Cristianos, icono que ha dado a conocer al mundo la ciudad. Después del momento cultural, es menester iniciar el camino de vuelta, pero no volveremos por donde hemos venido, a pesar de que lo hemos pasado bien, porque hay una carretera esperándonos que promete mejorar lo vivido: la CV-70. 

El camino de Alcoy a Benidorm, del que apenas nos separan 58 kilómetros, es sencillamente espectacular por esta vía. Un buen asfalto recrea la forma de la mon­taña que atravesamos, culebrean­do en continuo descenso hacia la costa. Como muestra del tipo de carre­tera que es, te diré que mientras bajábamos, no fueron menos de veinte los coches deportivos que nos cruzamos, haciendo rugir sus motores y disfrutando como lo hacíamos nosotros de uno de los mejores tramos para la moto que hay en España.

Como ya será hora de comer, déjate seducir por el olor a brasas que emana de las ventas que sur­gen a la vera de la carretera. Una gastronomía basada en el produc­to conseguido con duro trabajo en el campo ofrece recetas muy energéticas y sabrosas. Así, curveando, felices y ple­nos, nos acercamos a Castell de Guadalest, que nos espera encaramado a la roca, singular y altanero.

Una vez llegamos al pueblo, ascendemos por estrechas calle­jas hasta la zigzagueante senda que conduce a una centenaria puerta excavada en la roca, entra­da a la histórica fortaleza desde cuya plaza se divisa la cuenca del pantano.

De Polop a Benidorm
 

Continuamos subiendo un poco más por la cuesta del Vía Crucis y el esfuerzo se ve recompensado por una excepcional panorámi­ca que se extiende hasta el mar componiendo un paisaje de gran belleza. Además del valor histórico y artístico de este pueblo de incon­fundible planta medieval, Castell de Guadalest tiene varios museos que muestran delicadas minia­turas, artísticas composiciones escultóricas, objetos de uso común o maquetas de una singu­lar perfección.

El camino continúa por la CV-70 entre pinares y carrascas, las curvas, tan generosamente pro­fusas hoy, nos dejan a los pies de nuestro siguiente hito del camino, Polop. El origen del curioso nombre sería griego: Apolópolis. La ciu­dad de Apolo, Dios de la belleza. Y es que el entorno del pueblo es, como hemos podido comprobar hoy, de una enorme belleza. Con el transcurrir de los años, se sim­plificó el nombre, desapareció la “a” del principio y “olis” del final y quedó la pronunciación que hoy conocemos: Polop.

En Polop encontramos una fuen­te con los escudos de las principa­les ciudades de la provincia. Una multitud de caños se suceden en tres paredes, formando una U, y llenan la plaza en la que se ubica el manantial de fresco ruido. El castillo de Polop, de origen islámico, se alza desde el siglo XII sobre un cerro desde el que dominaba la localidad. Debido a su importante valor estratégico en la región, fue protagonista de batallas que acabaron con sus instalaciones.

Hoy se conservan algunos tra­mos de las murallas y un aljibe próximo a las ruinas de una torre de mampostería, posible núcleo original de la fortaleza musulmana. Desde aquí nos quedan apenas 15 kilómetros a nuestra meta. La carretera poco a poco va la guideciendo en su trazado camino al mar, y cuando queremos darnos cuenta, ya circulamos por el casco urbano de la urbe.

¿Qué decir de Benidorm?… Es historia y cultura, epicentro referen­cial del turismo de sol y playa del Mediterráneo desde la segunda mitad del siglo XX. Date un paseo para abrir boca hasta el casco antiguo, sube al icó­nico mirador que separa sus dos enormes playas, Levante y Poniente, y disfruta de las vistas, hacia el mar y hacia la ciudad y su skyline.

Después, algo de picoteo en la concurrida zona de tapeo, cono­cida como Los Vascos, y para terminar, decide si quieres bailar hasta el amanecer o si prefieres tomar una copa tranquila al ritmo de buena música. Sea como sea, disfrutarás.

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