Escapada motera de Tarifa a Caños de Meca
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Escapada motera de Tarifa a Caños de Meca

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Cuando me planteo una escapada, siempre tengo en cuenta las cosas para ver, carreteras para disfru­tar, una buena gastronomía y un pai­saje y paisanaje que acompañe. En todos los aspectos la jornada de hoy saca un diez, es una gran ruta para disfrutar con los cinco sentidos.

Esta escapada tiene su origen al atardecer. Normalmente las hago de un día, pero es que me pareció tan bello el ocaso en la pequeña localidad de Tarifa, que solo puedo empezar bien esta fenomenal esca­pada gozando del espectáculo del sol sumergiéndose en las aguas del Estrecho.

Y es que llegaba a este insigne municipio donde dormiría después de un día de ruta intenso, cansado pero exultante, y la energía del sol y el buen rollo que se respira en Tarifa me insuflaron la energía suficiente para llegar con la moto hasta la mis­ma arena de la playa, desprenderme de casco, guantes y chaqueta y sen­tarme tranquilamente a disfrutar de unos minutos muy especiales.

Los matices del cielo recortado por un buen número de cometas de los Kitesurferos embelesan la mente y, hasta que el astro desaparece, solo apetece desconectar y disfrutar a tope del momento.

Una vez anochecido y alojado, me dispuse a dar un paseo por la loca­lidad y conocer sus rincones y por supuesto sus tapitas.

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La ciudad más al sur de Europa, abierta a los dos mares, y con África a la vista, empezó a crecer a los pies del castillo en el siglo X, como bas­tión defensivo frente a las invasiones norteafricanas. De aquel lejano pasado se siguen conservando las murallas que rodean a la ciudad antigua; un enclave defensivo que conserva su fisonomía urbana y su trazado moruno de calles estrechas y sinuo­sas declarado Conjunto Histórico Artístico.

Por su singular situación en el Estrecho de Gibraltar, adquirió la categoría de plaza militar. Y por ello son numerosas las construcciones defensivas que se conservan, tanto en el casco urbano como en su tér­mino municipal. Por el núcleo urbano se pasea cómodamente, disfrutando de rincones silenciosos y placitas bulliciosas donde regar los buenos momentos con los amigos, disfru­tando del buen hacer de tascas y cantinas.

Bolonia y Zahara

Al día siguiente nos ponemos en marcha para dirigirnos hacia el oeste y disfrutar de las impresionantes pla­yas, dunas, pinares y marismas que tutelarán nuestra ruta. Pasada la playa de los Lances, un paraje natural de singular belleza, seguimos camino hacia Bolonia, pero primero es necesario desviarse hacia Punta Palomas.

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Una carretera literalmente tapada por la fina arena dorada y bordea­da por paredes de más de cuatro metros de altura. El camino avanza y al coronar el promontorio las vistas del mar y el vecino continente hacen que merezca la pena una parada, pero rápida, no vaya a ser que la duna se trague a nuestra querida compañera. Retomamos los mandos de la moto para dirigirnos a otra playa insigne de Tarifa, fuera de la explota­ción masiva tristemente característi­ca de nuestro litoral. Hay que seguir las indicaciones de la carretera que nos llevan hacia Bolonia, no la de Italia, la de Cádiz.

Salvo que vayas en julio y agosto, disfrutarás de una magnífica y salva­je playa sin aglomeraciones, atascos o malos rollos. Podrás dejar la moto junto a la arena y recorrer, eso sí, una buena cantidad de metros hasta el agua, porque el arenal es inmenso.

La inmensa duna es el principal atractivo natural de Bolonia. No te pierdas la experiencia de subir y si te es posible, hazte con algún artilugio para deslizarte “duna abajo” y hacer un poco de surf en seco. Bolonia es tan vasta que se puede dividir en tres: la zona de la duna, la playa principal y la zona más al este, con playas y calas más solitarias. Tú decides cuál es tu estilo.

Desde luego que solo este enclave ya daba para estar unas horas, pero queda mucho por ver y la moto nos espera para rodar de nuevo por la carretera N-340. Recorrer con la moto la costa de Zahara nos descubrirá unas mag­níficas vistas de sus playas desde lo alto de un acantilado ocupado por una urbanización de lujo, unas privi­legiadas vistas que merece la pena regalar a tus retinas.

En Zahara encontramos el Palacio de los Duques de Medina Sidonia y las murallas de la primera mitad del siglo XV.

El recinto desempeñaba tres fun­ciones: castillo defensivo contra la piratería, palacio residencial de los duques de Medina Sidonia en temporada de la almadraba; y chan­ca o factoría donde se troceaban, salaban y preparaban los atunes. Es el único palacio con estas caracterís­ticas que se conserva en todo el mun­do, y por ello fue declarado en 1985 Bien de Interés Cultural.

Barbate y Caños de Meca

Desde Zahara tomamos la carre­tera de la costa, A-2231 que pasa a CA-2223 camino de nuestro siguiente destino. La moto fluye por la carretera. Surfea el asfalto acompañada del brillo de mar y arena hasta que entramos en Barbate. Esta pequeña ciudad, poblada ya por fenicios, cartagineses y romanos, ha sido testigo mudo de importantes eventos históricos.

Como ya era hora y además me apetecía gozar de la gastronomía milenaria de este enclave, me decidí a parar a pie de playa para poder dis­frutar plenamente de la gastronomía barbateña. Dejar la moto a escasos metros de la terracita y saborear una bebida bien fría, acompañada de una tortillita de camarones mientras esperaba la comida principal a base, ¿cómo no?, de un exquisito atún rojo de alma­draba y unos no menos exquisitos calamares y boquerones espléndi­damente preparados fue un punto de inflexión en la jornada.

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Siempre es un lujo comer junto al mar, al menos para alguien que lo ve poco como yo, y si las vistas son tan inmensas como aquí… poco más podemos pedir al día. Pero hemos venido a montar en moto y tras enamorarnos de la playas de Barbate, tenemos que volver a ponernos en ruta para llegar a nuestra última parada, Los Caños de Meca.

Entramos en El Parque Natural de la Breña y Marismas de Barbate por una carretera estrecha, sinuosa y solitaria, levantada en tramos por las raíces de los pinos que reivindican así su prota­gonismo. Un tapiz verde que se asoma al mar por un acantilado enorme nos lleva hasta Los Caños de Meca vigilados por torres de defensa y nuestra ima­ginación vuela a tiempos en que los disparos de artillería desde las mis­mas evitaban la molesta invasión de los piratas.

Los Caños de Meca es algo más que unas playas paradisíacas en un entorno de acantilados y pinares. Para muchos se ha convertido en símbolo de libertad y vida bohemia. El enclave hippie de los años 70 ha dado paso a un turismo variado que busca disfrutar de la belleza natural de su entorno y por supuesto de su buena gente.

Llevados por la corriente de energía positiva, decidimos abandonar la moto y darnos un buen baño en las aguas del océano marcando el final de una jornada excepcional.

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