Escapada motera de Ronda a Gibraltar
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Escapada motera de Ronda a Gibraltar

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Hoy partimos desde la inefable Ronda. Una maravilla de ciudad enclavada en la sierra malagueña, que acuna tesoros urbanos e históricos de los que ya pudimos disfrutar hace tiempo en otra escapada, por lo que sin entretenernos más giramos la llave, ajustamos el casco y salimos rumbo al sur, a los pueblos blancos de Cádiz.

La A-374 discurre ya bajo las gomas. La sierra envuelve nuestro camino y las curvas se suceden en un impecable asfalto cuyo trazado es un excelente aperitivo de lo que nos depara el día. No llega a los cuarenta kilómetros esta primera etapa, apenas media hora, pero ya estaremos liberando endorfinas cuando aparezca ante nosotros el intenso azul turquesa del pantano de Zahara-El Gastor.

Desde las mansas aguas accedemos a Zahara de la Sierra subiendo un enrevesado fin de carretera. Acceder al núcleo urbano es meter la moto por estrechas y empinadas calles, de níveas paredes salpicadas de macetas que rompen el resplandor como contrapunto de color.

El pueblo se asienta en lo alto de un promontorio, vigilado por el castillo que, altanero aún, descansa sobre una inmensa roca de vertiginosa verticalidad desde la que controlar kilómetros a la redonda, que en tiempo de paz resulta ser un espléndido mirador natural. El nombre parece venir del árabe Al-zahar, en clara alusión a los cítricos que alfombran su término y que exhalan una maravillosa fragancia que embelesó a los primeros pobladores.

Zahara es fruto de su historia. En época de ocupación y reconquista fue un importante enclave defensivo, lo que atestigua su magnífico castillo y las crónicas que han llegado hasta hoy, que nos hablan de una población fronteriza del reino nazarí, reconquistada a principios del siglo XV por las tropas castellanas.

Deshacemos el revirado camino de acceso para poner rumbo a Algodonales. La A-384 parece querer dejar huella en nuestra memoria, en busca de un lugar en el ranking de carreteras con encanto, porque nos regala un estupendo tramo de giros entre suaves laderas hasta que llegamos a la que acoge al pueblo que hace honor a su nombre.

Algodonales se extiende blanco sobre verde en las estribaciones del Parque Natural de la Sierra de Grazalema. El pardo de la iglesia y su imponente torre marcan un aparte en esta población de casas arrebu¬jadas de un blanco radiante en calles repletas de naranjos y animadas con el murmullo de sus doce fuentes. Desde aquí continuamos camino, en esta singular ruta por tierras gaditanas, para acercarnos a otro hito del camino, llegamos a Bornos.

Lo que hoy es un pequeño núcleo poblacional, fue en el siglo XVI una de las fuentes culturales de Andalucía, gracias a la familia Enríquez de Ribera, que promovió la construcción de la mayor parte de los monumentos que hoy podemos ver aquí. Los conventos de San Bernardino y del Corpus Christi, el monasterio de Santa María o el Colegio de la Sangre. Estas maravillas tuvieron su colofón en el castillo-palacio familiar, perfecto ejemplo del resplandor renacentista de Bornos.

La fortaleza que construyeran los musulmanes, asentados aquí por la riqueza de sus tierras y la abundancia de agua, fue tras la reconquista restaurada y transformada en palacio de estilo plateresco, rematado por unos profusos jardines renacentistas declarados de interés cultural. Es tan grato como sorprendente encontrar este oasis histórico y cultural, en el que no importa pasar un buen rato disfrutando de su riqueza y fabuloso entorno junto al lago de Bornos y con la sierra de Grazalema de fondo.

Pero hay que seguir camino, porque el resto de las paradas del día no desmerecen, y desde luego Arcos de la Frontera, nuestro siguiente destino, tiene poderosas armas de seducción para conquistarnos. El camino torna recto y la sinuosa vía da paso a un tramo más soso justo antes de que la imponente figura de Arcos inunde nuestras retinas. Esta ciudad mira al río Guadalete desde lo alto de un imponente cortado, que alza sobre su caserío las torres de San Pedro, Santa María y el castillo. A su posición debe su nombre, ya que Arcos viene del latín Arx- Arcis –‘fortaleza en la altura’–. Su situación estratégica la llevó a ser poblada por los musulmanes que constituyeron aquí un pequeño reino taifa, y de aquella época queda el aire caótico y laberíntico del núcleo de su casco viejo.

La reconquista trajo un nuevo auge a la ciudad que creció extramuros y dio a la ciudad una monumentalidad que ha valido para que todo su casco antiguo fuera declarado Conjunto Monumental Histórico-Artístico en 1962. Entramos en el casco viejo de Arcos y el empedrado de las calles nos lleva a la plaza del Cabildo. Aquí podemos dejar la moto, posiblemente te toque dar algu¬na moneda a algún “guardián” de las plazas, y darnos un paseo para disfrutar de cada rincón de este sin par lugar.

La basílica menor de Santa María, edificada sobre la antigua mezquita árabe, y rematada por una alta torre neoclásica, cierra uno de los lados de la plaza. El castillo, en otro flanco de la plaza, pasó de ser alcázar militar durante la dominación árabe a residencia de los duques de Arcos tras la reconquista. No se puede visitar porque es una residencia privada. El edificio del ayuntamiento ocupa también su sitio destacado en la plaza, abierta en el cuarto costado por el mirador de la Peña Nueva, abierto al vacío del roquedal.

Dejándonos llevar por el embrujo de las callejas, llegamos a la iglesia de San Pedro. Construida entre los siglos XIV y XVII sobre los restos de la fortaleza árabe, el recio edificio alberga diferentes corrientes arquitectónicas. Desde aquí volvemos a la moto con ganas de disfrutar un poco más de esta bella localidad, pero aún queda jornada, y ahora nos vamos a dar una buena ración de conducción en las mejores condiciones posibles: una buena carretera casi solitaria, un entorno magnífico, buena temperatura y muchas ganas.

Nos ponemos casco y guantes para gozar de lo lindo por la CA-5221 hasta llegar a Algar, donde el embalse de Guadalcacín nos vigilará en los últimos metros antes de tomar la CA-503. Ahora empieza el mambo de verdad. Si por la mañana nos parecía que había curvas y veníamos disfrutando, esta carreterilla que ahora recorremos no te va a dejar con ganas de más. Como en un baile, su trazado poco a poco va revirándose, al vaivén de la orografía. Del vals pasamos al rock&roll, y ya va a ser complicado poner la moto recta hasta las estribaciones de Jimena de la Frontera.

Desde aquí nos separan apenas sesenta kilómetros de nuestro final de trayecto, fuera de España. ¿Y qué decir de Gibraltar? Pues aparte de que es una buena muestra de que los ingleses cumplen los tratados, y por tanto son bastante de fiar, es un sitio curioso de visitar. Abandonamos España cruzando una valla y al poco una pista de aeropuerto y entramos en una ciudad que tiene otro idioma, otra moneda, otras leyes y otra forma de vida.

El inglés y el español con acento de Cádiz fluyen por calles comerciales con morfología británica, donde la exención de impuestos hace que sea atractivo comprar. Museos, jardines, hitos bélicos y un castillo árabe completan la visita al Peñón. La roca es un impresionante enclave históricamente codiciado por ser un estratégico punto en las comunicaciones marítimas y los monos que la habitan desde tiempos inmemoriales parecen reclamar su propiedad, quizá no debiera ser español ni británico… quizá habría que decir ¡Gibraltar para sus monos!

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