Escapada motera de La Rioja hasta Soria
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Escapada motera de La Rioja hasta Soria

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Y si se trata de disfrutar con­duciendo, con el paisaje y con la gastronomía sana, tendremos que ir a una de las huertas de España. Hoy nos vamos a ir de La Rioja a Soria para descubrir en pocos kilómetros la variedad cultural, histórica y gastronómica en esta escapada por cuatro provincias.

Empezamos el día en la Muy Noble, Muy Leal y Fiel Calahorra, ciudad obispal cuya diócesis llegó hasta el cantábrico y ya fue ciudad romana, la Calagurris Nassica Iulia. La riqueza de la ciudad se basa sobre todo en su desarrollada agri­cultura de regadío. No por nada tie­nen un museo de la verdura, la feria anual de hortalizas y las jornadas gastronómicas de la verdura.

Nosotros llegamos con la moto hasta la plaza del mercado de abastos, un bello edificio que riva­liza con la imponente iglesia de Santiago, que enmarca el amplio foro conocido como plaza del Raso. La fachada principal de la iglesia es muy austera y llama la atención por compaginar las grandiosas proporciones barrocas con las formas neoclásicas. Su interior es majestuoso y muy sobrio, que semeja casi una catedral.

Tras la visita al templo tomamos dirección a la judería, para observar la ribera navarra desde el Mirador de Bellavista. Desde aquí, retornamos hacia el Museo de la Verdura y lo rodeamos subiendo las escaleras hasta los pies de la iglesia de San Francisco, hoy centro de exhibición de los pasos de la Semana Santa cala­gurritana, declarada de Interés Turístico Regional.

Al ser la parte más alta de la zona sur, fue el lugar de defensa más importante de la ciudad donde se localizaba la ciudadela antigua y el castillo. Al lado, el albergue de peregrinos y su magnífica terraza, desde la que observamos la catedral romá­nica, a la que acudimos a continua­ción.

Del siglo XII, reconstruida a finales del XV, en su interior destacan la capilla de San Pedro, con altar de alabastro plateresco y la sillería del coro, sin desmerecer el resto de las capillas, retablos e imágenes. Tras la visita al mayor de los tem­plos calagurritanos, callejeamos por las silenciosas calles enreve­sadas de la judería y ponemos fin a nuestra visita a Calahorra.

Tudela y Tarazona
 

Abandonamos Calahorra por la LR-134 y entramos en Navarra. Tras pasar por Azagra y Milagro, Valtierra y Arguedas preceden a Tudela en la tranquila NA-134. Llegamos a la ciudad pasando por el puente sobre el río Ebro construido en el siglo IX por los árabes, con sus 17 arcos y 360 metros de largo, y entramos a la misma por un estrecho túnel bajo las vías del tren.

Es el momento de dejar la moto y pasear por la capital de la Ribera navarra. El casco de Tudela se conforma de un laberinto de calles alrededor del ayuntamiento y la catedral. Está salpicado de palacios señoriales, iglesias y rincones de marcado sabor histórico. Paseando por las callejuelas oscu­ras y estrechas, no es difícil imaginar la Tudela medieval, donde judíos, cristianos y musulmanes convivían dando riqueza cultural y económica a la entonces pequeña ciudad.

Al salir a las calles más amplias, de etapas posteriores y observar los enormes casones blasonados, algo nos dice que estamos en una ciudad que siempre ha sido próspera gra­cias a su situación geográfica y sus relaciones comerciales con Castilla y Aragón. Cerca de la plaza vieja encontra­mos un buen número de tascas y bares donde podemos tomar un descanso y regar la palabra con un vino joven de Navarra o un refresco acompañado de su pincho de rigor.

Para comer, la oferta es variada y no te costará encontrar un sitio que encaje con tus expectativas. Tras la interesante visita, la moto nos aguarda para llevarnos de Navarra a Zaragoza, camino de Tarazona. Rodamos por la N-121c hacia Cascante y, desde ahí, en pocos minutos estaremos entrando en nuestro siguiente destino.

Su privilegiada situación encruci­jada entre Castilla-León, La Rioja y Navarra ha hecho que la Turiaso romana fuera poblada después por visigodos, musulmanes, judíos y cristianos, que convirtieron Tarazona en uno de los lugares más emblemáticos de Aragón.

El casco histórico de Tarazona, entramado de caserones, callejas, arquillos y pasadizos, fue declara­do Conjunto Histórico Artístico en 1965. La ciudad posee un impresio­nante conjunto de edificios, entre los que cabe destacar la catedral de Nuestra Señora de la Huerta, el palacio de Eguarás, la octogonal plaza de Toros Vieja, el palacio episcopal, la Casa Consistorial y el Teatro de Bellas Artes. ras el paseo que nos llevará a descubrir los tesoros de Tarazona, volvemos a nuestra fiel compañera para arrancar rumbo a la cuarta pro­vincia, camino Soria, como decía aquel.

Visitando Ágreda
 

La N-122 nos espera en su lángui­do recorrido por paisajes llanos y en pocos minutos tomamos el desvío hacia Ágreda. Hemos completado la fase de la alimentación sana con las capita­les riojana y navarra de la verdura. Hemos dado gusto a la vista con el paseo por Tarazona. Y ahora viene el recogimiento y tranquilidad de esta pequeña ciudad a los pies del Moncayo.

Ágreda, por su situación geográfi­ca estratégica como lugar de paso en la vía que unía Caesaraugusta (Zaragoza) y Astúrica Augusta (Astorga), ya fue poblada por roma­nos. La población cristiana, judía y morisca que durante buena parte de la Edad Media pobló la villa, le dio el carácter que hoy podemos apreciar al pasear por sus calles, salpicadas de reminiscencias de las tres cul­turas y de la etapa de los Castejón, otro período de esplendor aún visi­ble en las edificaciones majestuosas de aquellos años.

Dejamos la moto cerca de la pla­za mayor y comenzamos el paseo hacia la judería, dejando la basílica de Nuestra Señora de los Milagros a la izquierda y adentrándonos a tra­vés de una arco en las callejas que conformaron el barrio sefardí. La pequeña sinagoga sale a nues­tro encuentro, hoy convertida en bar, y seguimos bajando hacia la morería. El impresionante palacio de los Castejón controla altanero el más antiguo de los barrios de Ágreda, al que entramos atravesando una puerta monumental.

Las calles serpentean y se derra­man hacia la puerta califal, también conocida como de Tarazona por orientarse hacia la localidad zarago­zana del mismo nombre. Las murallas circundan el casco viejo frente a las huertas y nuestros pasos se dirigen ya hacia los restos de la fortaleza de La Muela, primitiva alcazaba califal agredeña y la recién restaurada torre.

Diseminadas por el casco urbano, encontraremos numerosas casonas blasonadas, símbolo del poderío de Ágreda durante el Renacimiento, como el palacio de Fuenmayor o el propio ayuntamiento. Pasear por Ágreda es tan agrada­ble como enriquecedor, perfecto colofón para un día encantador.

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