Escapada motera a Cádiz
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Escapada motera a Cádiz

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Hoy hacemos una esca­pada circular, que parte y termina en la pequeña pero inmensa ciudad de Cádiz. El sol acaricia las aguas del océano al amanecer y ya estamos oyendo el ronroneo del motor calentándose mientras ter­minamos de ajustarnos casco y guantes. La moto nos espera para acom­pañarnos a conocer los contras­tes de dos zonas de la provincia, cercanas a la capital, pero muy diferentes entre sí. Costa e interior marcan sus diferencias y se com­plementan perfectamente.

Partiendo de la antigua Gades por la N-340, enseguida llegare­mos a nuestra primera parada del día, Chiclana de la Frontera. Esta población ha estado histó­ricamente ligada a la intensa acti­vidad comercial de toda la bahía, cuyo flujo económico permitió a algunos chiclaneros la construc­ción de las casas señoriales que salpican el casco viejo.

Paseando por las amplias y ordenadas calles, de paredes encaladas y rejerías enmarcadas de albero, descubrimos el Museo de Chiclana, situado en la plaza Mayor, que nos acercará a los momentos que han marcado la historia de la ciudad. Una esbelta torre con reloj y una impresionante iglesia de estilo neoclásico com­pletan el foro. La industria vinícola que ha ase­gurado secularmente el desarrollo de Chiclana ha cedido terreno al turismo en los últimos años. Y es que las playas del municipio son espectaculares. Cogemos la moto para recorrer los apenas siete kiló­metros que nos separan de ellas.

La Barrosa y Sancti Petri son dos inmensos arenales que atraen a miles de personas cada verano y desde donde se contempla el islote y el castillo de Sancti Petri, donde, según la leyenda, estuvo ubicado el templo fenicio dedica­do a Hércules-Melkart. Apetece desprenderse del atuendo motorista y echar un buen rato allí, pero hay que seguir, y lo hacemos poniendo rumbo a Conil, rodando por la carretera de la costa, que atraviesa las urbani­zaciones tan en boga y el poblado de Roche.

Plaza de innegable importancia desde la época romana, Conil ha sabido mantener el sabor y el encanto ecléctico de ser villa mari­nera con la peculiaridad de sus fortificaciones medievales y torres vigía para la defensa frente a ata­ques piratas o invasiones.

El núcleo del pueblo es la pla­za del Castillo, donde se ubican la iglesia parroquial de Santa Catalina y la Casa Consistorial. Desde aquí nos adentraremos en la comarca de La Janda y sus villas de laberínticas calles y facha­das encaladas.

Por su situación estratégica, esta comarca está salpicada de forta­lezas y recintos amurallados como los de Medina Sidonia, Alcalá de los Gazules o Vejer de la Frontera, testigos de las continuas refriegas entre musulmanes y cristianos por la conquista del terreno, entre ellas  la librada en el año 711 a escasa distancia de Vejer, en la que los musulmanes arrebataron el domi­nio de la Península a los visigodos, la batalla de La Janda.

Vejer y Alcalá de los Gazules
 

Salimos pues de Conil y a esca­sos kilómetros nos espera Vejer de la Frontera; uno de los más bonitos y mejor conservados Conjuntos Histórico Artísticos de Andalucía, asentado sobre una colina a cuyos pies discurre el río Barbate. El perímetro amurallado aún con­serva en buen estado varias torres y las cuatro puertas de la villa medieval integradas a la perfec­ción en el conjunto urbano. Dejamos la moto en la plaza de España y comenzamos el paseo por Vejer. Haciendo algo de pier­nas, ya que sus callejas se derra­man por el desnivel de la colina, conoceremos la antigua Villa de Vejer, que rezuma legado árabe.

El castillo, las casas principales, la iglesia o las mismas puertas de la muralla destilan embrujo en cada rincón. En el antiguo convento de las monjas concepcionistas hay un interesante museo etnográfico; una visita curiosa donde encon­trar un montón de información del Vejer cotidiano. Desde Vejer vamos a dirigirnos a Alcalá de los Gazules. La carre­tera es más estrecha, y atraviesa Benalup, pero el encanto del entorno hará que los kilómetros, que no son muchos, pasen rápido mientras nos acercamos a la puer­ta de entrada del Parque Natural de los Alcornocales, que recorre­remos en otra ocasión.

También declarada Conjunto Histórico, Alcalá aparece altanera en lontananza, con su apiñado casco urbano coronando el pro­montorio sobre el que se asienta. Es una bella ciudad con calles empinadas, cuyos ríos de casasníveas desembocan en amplias plazas.

Conserva el torreón del castillo, algunos lienzos de muralla y la puerta de la Villa. Paseando desde la plaza Alta, encontraremos algu­na casona, la iglesia parroquial y un buen número de fuentes y pozos que calman la sed del pueblo des­de la época árabe. Desde aquí, retomamos los man­dos de la moto para dirigirnos al tercer vértice del triangulo de las poblaciones fortificadas declara­das Conjunto Histórico.

Medina Sidonia y la Bahía
 

Nos vamos a Medina Sidonia, penúltimo hito del día. Las ruedas discurren por una apacible vía de curvas suaves y buen asfalto mientras la brisa refresca el rostro y la conducción se hace sencilla y relajante.

Medina, capital de la cora musul­mana de Sidonia, entró a formar parte del Señorío de los Duques de Medina Sidonia a mediados del siglo XV. De su pasado batallador conserva las ruinas del castillo. De su pasado musulmán, los numerosos arcos. Las muestras de su arquitectura religiosa son abundantes y entre los edificios civiles destaca el ayunta­miento, las caballerizas del Duque, la casa de los Enrile y el mercado de abastos.

Se hace imprescindible dejar la moto y ponernos cómodos para saborear esta ciudad como se merece, despacio, y apreciar los vestigios que su profusa historia ha dejado por doquier. Y ahora ha llegado el momento de poner rumbo al mar, a la inigualable bahía de Cádiz y a su tacita de plata, de la que nos separan no muchos kilómetros. Su estratégica situación como puerta al Mediterráneo hizo que la fenicia Gadir fuera disputada por cartagineses y romanos, de los que resultó vencedor el Imperio.

La bahía de Cádiz relevaría a Sevilla como puerto de Indias, al convertirse en objetivo de los saqueos de piratas turcos, ingleses y portugueses. Es entonces cuando se construyen fortificaciones para la defensa de la costa, entre ellas las murallas de Cádiz. En el siglo XIX se ejerció en la zona una férrea resistencia contra los franceses, y se llevó a cabo una guerra de guerrillas que desgastó al Ejército galo, y en todos estos acon­tecimientos históricos, ha tenido un principal papel la capital.

El carácter cosmopolita y ultra­marino ha marcado la fisonomía de Cádiz, espejismo de la Habana a miles de kilómetros. La catedral, visible desde el mar con su cúpula refulgente de azule­jos dorados, así como las diversas casas palacio y las torres-miradores que durante la expansión americana surgieron al albur del auge económi­co, encajan a la perfección en este lánguido aire colonial.

El casco histórico, ceñido por baluartes y murallas de tierra, posee calles estrechas y pequeñas plazas con barrios tan populares como La Viña, el de los pescadores, el Mentidero, Santa María o El Pópulo. Todos distintos, con su encanto monumental y sus tasquitas donde comer pescaíto u oír flamenco, derrochando tipismo y popularidad con la gracia que solo en Cádiz es posible.

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