En ruta con Silvestre por las islas más septentrionales de Indonesia
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En ruta con Silvestre por las islas más septentrionales de Indonesia

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Nos vamos adentrando en un estuario enorme. El agua está marrón de lodo. Lo lleva siendo desde hace muchas millas. A cada lado se extiende un horizonte plano de selva. Verde, espeso, impenetrable. Es de nuevo la Línea del Ecuador. De pie sobre el puente presencio la deglución de nuestro navío por esta jungla cruel. La ría está plagada de mercantes y petroleros. El cielo se encrespa de grúas oxidadas. En una de ellas puedo leer Pontianak Port. Poco a poco el mamotreto flotante se acerca al muelle. Desde la proa arrojan unos cabos. Tras ellos, las maromas. El casco golpea el hormigón y toda la nave retiembla.

Comienza el desembarco. La puerta es pequeña; el espacio en bodega mínimo. Los camiones son enormes, van cargados hasta arriba. El barco se bambolea cuando salen. Golpean en el vano de la puerta si pasan demasiado rápido. Uno se queda sin embrague y tienen que remolcarlo con una maroma de barco. Todo esto sucede en la oscuridad y yo lo contemplo embobado mientras me rodean un montón de tipos sin camiseta y aspecto de rufianes de película de karate. Ellos me miran, se ríen, me preguntan si me gusta el Madrid o el Barcelona, pero a nadie le sorprende lo que está pasando. Y esto me causa estupefacción. Este desastre es lo normal. Lo único raro aquí soy yo.

Pontianak es un asco. Calor horrible, mil motos por metro y polución. Contemplo un accidente. Debe ser escalofriante la cifra de heridos y muertos al año. Hay millones de pequeñas motos, en ellas van hasta cinco personas. Los niños están tan acostumbrados que van dormidos. Son los vehículos de transporte para todo. El pasajero sujeta como puede una bicicleta, un colchón, una silla, una mesa o una bombona de gas. Y así durante kilómetros. Esta gente es dura. La pobreza los endurece.

El día de mi partida amanece neblinoso. Pronto empieza a caer la lluvia, esta maldita lluvia asiática que no me deja de acompañar allá donde voy. Hay mucho tráfico. Me está resultando irritante Asia y su superpoblación. Llevo mucho tiempo ya entre millones y millones de personas. Necesito espacio, aire, amplitud. Sueño con América y sus grandes llanuras, montañas y desiertos. Pero para eso queda mucho tiempo todavía.

El único hotel del pueblo donde paro a dormir se llama Bintang Kiki. Pido arroz en un figón atendido por una vieja. Un gato juguetea con un enorme escarabajo. Lo lanza, lo zarandea, lo tortura pero no lo mata. El pobre bicho lanza un zumbido estridente, un grito de socorro que sólo a mí me conmueve. Borneo es un terrario gigante para millones y millones de especies de bichos que se devoran mutuamente.

En el porche hay sentada una mujer china que habla un inglés muy decente.

—Nunca lo estudié —explica—, pero hace 15 años tuve un novio canadiense.

Se llama Victoria, es regordeta pero agradable de facciones y muy simpática. Le cuento mi viaje y se queda alucinada. Para ella es muy difícil y valeroso. Para mí ya no. He perdido la perspectiva, es mí día a día, conozco gente que hace lo mismo que yo, así que es lo normal. ¿Darse una vuelta al mundo en moto y llegar a Borneo? Nada, una bobada, cualquiera lo hace.

—¿Por qué viajas continuamente?

—Escribo un libro.

—¿Y de qué trata?

—De cómo veo el mundo y de la gente que encuentro. Tú estarás en él.

Cruzo la frontera con facilidad. Se me había olvidado cómo es Malasia de ordenada y limpia. Es otro planeta. Las carreteras son buenas, las gasolineras tienen de todo, hay tiendas bien surtidas, los pueblos aparecen pulcros y bien urbanizados. Nada que ver con el desastre de Indonesia. Avanzo a toda velocidad. Sin embargo, el paisaje es más feo en esta zona. Es como si la deforestación hubiera sido más sistemática.

 

Estoy en la carretera que une Serian con Miri, cerca de la frontera con Brunei. Es casi un milagro haber llegado tan lejos hoy. La vía es buena pero muy aburrida. Me canso por el calor. Estoy desanimado, entristecido. Me detengo a descansar y se pone a llover. Busco refugio en una decrépita parada de autobús y de pronto me doy cuenta de que no quiero estar aquí. Llevo mucho tiempo fuera, me queda mucho tiempo todavía de viaje y estoy solo. No tengo novia a la que llamar, mi familia está lejos, no recuerdo ya un hogar y no hay un horizonte próximo de comodidad al que ir. Sólo tengo una moto y un ordenador.

Todavía tengo que cruzar esta maldita isla del tamaño de media Europa y luego ir a Filipinas, donde se repetirá la lluvia, la pobreza, la soledad. Y hace tanto calor y estoy tan cansado. Y encima siento algo de miedo por ir a Mindanao. No estoy seguro de lo que va a pasar allí. Los secuestros son la principal industria de una región dominada por la guerrilla islámica de Abu Sayaf. ¿Pero qué puedo hacer ahora? Lo he publicitado y además realmente quiero ir, quiero entrar en la historia de la exploración aunque sea haciendo algo que sólo me importe a mí. Así que no me queda más remedio que apretar el culo y seguir. Y eso hago. Eso sí se me da bien: seguir cuando mi cuerpo y mi mente exigen que rinda el armamento y me arroje a la cuneta.

Al caer la tarde me planto en Sibu. He hecho más de 400 kilómetros. Cuando reposto, se abren las puertas del cielo y cae un diluvio. Decido quedarme a dormir aquí. El River Park Hotel tiene una pinta horrible en mitad del centro urbano y muy cerca del muelle fluvial. La habitación es muy barata, pero es que no vale mucho. Sin ventana, apesta a tabaco y el agua anega el baño. Al menos hay una mesa en la que trabajar. Y eso hago. El Internet del lobby funciona bastante bien, así que subo un vídeo al YouTube y me voy a cenar al figón contiguo.

A mi lado hay un grupo de hombres que come pistachos y ha llenado la mesa de botellas de Carlsberg. El dueño es un chino lenguaraz y amable. Me recomienda una sopa de verduras y tofu. Está deliciosa. Me explica que la cerveza Tiger es de Singapur, pero que es la más barata porque la trae de contrabando un submarino ruso. La historia me parece asombrosa, pero no puedo sacarle más detalles.

Cuando me pongo en marcha preveo que el día será largo y pesado. No podía imaginar cuánto. La carretera es buena pero aburrida. Jarrea a lo bestia cuando me acerco a Bintulu, una población industrial en mitad de un valle. Instalaciones ennegrecidas, chimeneas, troncos cortados. De aquí sale gran parte del oro vegetal, esa madera noble que adorna los salones de las mejores casas y que está dejando inmensos calveros en las selvas de Borneo. No me gusta la ciudad y, a pesar de que con este tiempo lo prudente sería quedarme, continúo ruta.

Brunei y el sultán

Miri está a 200 kilómetros atravesando unas montañas sembradas de palmeras para la producción de aceite. La palma lo invade todo. Ocupa el lugar de la selva primigenia. El cielo tropical tiene el capricho de descargar y abrirse. Las veo sobre el horizonte, gordas y pesadas, grises y panzudas como enormes bombarderos. Cuando paso por debajo, cae sobre mí una cortina de agua. Un chaparrón impenitente y tenaz. Pasan de largo y entonces el firmamento se expande y aparece un sol que quiere arrancarte la piel a tiras. Entre uno y otro extremo, viajar por aquí resulta un suplicio, aunque a veces obtenga un regalo del cielo, como este arco iris perfecto y nítido que tengo justo delante con sus dos extremos bien definidos. Al atardecer desciendo sobre Miri. Encuentro un hotel frente al mar. Para cenar, voy a un restaurante colorido y popular. Marisco y pescado. Un sitio estupendo con una gran terraza y mesas de plástico muy desgastadas. Me siento, abro el portátil y una Tiger de 650 cl. Aparece la comida, deliciosa. Cuando estoy a punto de empezar a comer se acerca un tipo blanco. Viste ropa ligera de explorador y está muy delgado. Atisbo algo de locura en su mirada fija y concentrada. Me pregunta si he venido en moto desde España. Me lo pregunta en español. Es francés y lleva diez años viajando por el mundo en bicicleta con su esposa, una mujer diminuta y consumida que tiene un aspecto todavía más enloquecido que él.

Ellos también tienen vida virtual, seguidores y competidores. Les digo que deben ser una leyenda y se encogen de hombros. Por supuesto que lo son. Pero como comentamos entre risas, todas las pequeñas comunidades se miran a sí mismas y desde dentro parece que todo el mundo está recorriendo el planeta en bicicleta o en moto, pero no, no es así. Son sólo unos pocos los que hacen estas locuras. Como están pelados, les invito a unas cervezas que se llevan a su campamento. Los ciclistas son héroes, se merecen estos gestos amables.

Aprovecho la comodidad del hotel hasta las doce, entonces recojo y salgo. La frontera de Brunei resulta sumamente sencilla de pasar. El pasaporte y rellenar una ficha para la moto. Brunei es un pequeño país poco poblado. Unos 300.000 habitantes. No es mi objetivo. Es un estado que me resulta antipático. Su rey, el sultán de Brunei, es el hombre más rico del mundo. ¿Cómo es posible eso en una nación tan pequeña que no produce petróleo ni diamantes? Es inmoral.

Además, para mí es una perversión del término riqueza. Yo me siento más rico que el sultán de Brunei. La verdadera riqueza no es tener sino no necesitar. Necesito mucho menos que él. Soy más rico. Inmensamente rico. Tengo la moto, la carretera, la libertad y una cabeza que me permite emocionarme con facilidad ante los muchos estímulos que nos ofrece el universo. Estoy abierto, soy una esponja, absorbo energía, historias, paisajes, gentes. No todo se queda, soy un filtro, pero el sedimento sí permanece. Estoy seguro de que todos los grandiosos escenarios que he contemplado se están guardando en algún lugar de mi memoria, aunque yo crea haberlos olvidados. No, desde luego que no se sumerge uno en la belleza impunemente.

 

Información útil

Requisitos entrada
Moto: Carne du passage expedido por el RACE Personales: Brunei y Malasia, visado en frontera

Alojamiento
Pontianak: Hotel Borneo, barato y limpio Entikong (frontera Indonesia/Malasia): Hotel Bingtang Kiki, el único que hay

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