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Rutas

En moto por Iguazú, el inmenso jardín de Sudamérica

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 Eso dice mucho de la calidad humana de este buen amigo al que únicamente conocía de for­ma virtual hasta que el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires fue testigo de un fraternal abrazo y del comienzo de un espectacular viaje que sin duda conllevó finalmente a una amistad para toda la vida y más proyectos de viajes en común…

A altas horas de la noche llegamos por fin a su bonita casa, situada en un barrio sosegado y tranquilo de Villa Elisa (Entre Ríos) y, aunque el cansancio ya era presente tras tantas horas de vuelo más las cuatro horas de coche, rápido fuimos al garaje para ver a nuestras compañeras de viaje y colocar una pantalla más alta en la Transalp amarilla, que es la que llevaría, y de esta forma evitar problemas con mis maltrechas cervicales.

Con las primeras luces del alba partimos en una mañana muy fría y de fuerte viento en busca de un nueva aventura por América, y con los primeros kilómetros, como siempre me suele ocurrir, me venían instantáneas de la despedida de mis hijos y mi mujer allí en España, que en este caso se mezclaban con los destellos del sol al amanecer crean­do un hermoso contraste con las centenarias y esbeltas palmeras del Parque Nacional El Palmar.

La Ruta 31 nos fue alejando del río Uruguay, en su largo e insólito derrotero hacia el ancho río de la Plata, mientras las serranías de Tacuarembó nos obsequiaron con unos tran­quilos tramos con muchas curvas en medio de un paisaje bucólico y tranquilo… ya no extrañaba nada en mi querida moto y sin duda era una parte más de mí.

Proseguimos viaje ya en Uruguay contemplando los clási­cos cerros chatos y dejando atrás en poco tiempo las ruinas de Cuñá-Pirú (primera represa hidroeléctrica de Sudamérica), para tomar rumbo este hacia el destino final del día, la limí­trofe ciudad brasileña de Yaguarao, a la que llegamos ya bien entrada la noche tras realizar los siempre engorrosos trámites aduaneros y que nos llevó a hospedarnos en un hotelucho de mala muerte que bien podría ser algo más que un hotel… ¡pero bueno! La noche pasó sin contratiempos significativos y con una soleada mañana emprendimos nuevamente el viaje entre alguna carcajada por descubrir al amanecer que aquello era también el lugar de los que no pueden alcanzar el amor, como diría el gran García Márquez.

Proseguimos viaje por la inmensidad de los campos gauchos, que desprendían un bonito verde primaveral a ambos lados de la lineal carretera, pero aunque estábamos disfrutando de la conducción, nos faltaban esas grandes emociones que todo gran viaje conlleva. Afortunadamente en Río Grande todo empezó a cambiar y el viaje comenzó a tomar ese aire de viaje auténtico. Allí conseguimos a duras penas embarcar nuestras motos en una barcaza de pasajeros y minutos más tarde las olas de la laguna Dos Patos salpicaban las Transalp y nuestros rostros; sin duda nuestros labios ya empezaban a saborear la sal de la aventura. Viajábamos en la proa rumbo a la vecina Sao José Do Norte, para prontamente pisar tierra nuevamente y encarar la BR 101, en su tramo inicial, cono­cida como “Estrada Do Inferno” antes de ser asfaltada, un infierno que esta vez nos sabía a gloria eterna.

El gran cañón de Itaimbezinho
 

El amigo Cooke y un servidor rodábamos a buen ritmo en una estrecha y llana franja de tierra que separa el océano At­lántico de la enorme laguna, salpicada de bellas lagunitas más pequeñas, estas a su vez rodeadas de cultivos y bosquecillos donde destacaban esbeltas palmeras y unos extraños árboles con una copa aparasolada muy deformada por los constantes vientos marinos… ¡qué sensación más especial se experi­menta al rodar tan lejos de casa!

Con las últimas luces del día, el objetivo estaba a tiro de piedra, llegar a Imbé, un pueblito donde veranean los habi­tantes de Porto Alegre, y con el final de esta segunda etapa ya llevábamos 1.400 kilómetros para reencontrarme con Claudio Meyer, un amigo motero de Eduardo y una excelente persona que conoció en un anterior viaje por Brasil y que tuvo el detalle de invitarnos a pasar la noche en su casa a escasos metros de una idílica playa rebosante de arenas blancas y exuberantes olas.

Vivimos agradables momentos de camaradería y hermana­miento, hablando de lo que más nos gusta, viajes y motos, para posteriormente caer rendidos y descansar unas pocas horas antes del amanecer. Nuevamente y antes de la salida de sol ya estábamos los tres con las motos –Claudio posee una impecable e infatigable Yamaha XT 600–, en la solitaria e idílica playa de Imbé, para captar ese momento tan especial que se experimenta con la salida de un nuevo día.

Nos despedimos de este nuevo amigo con la ilusión de poder volver a verle nuevamente en algún lugar del mundo y retomamos ruta por un serpenteante y angosto camino que no podía ser más encantador. Las plantaciones de plátanos llegaban hasta las primeras estribaciones, dejando lugar luego a la selva, mientras los llanos salpicados por esbeltas palme­ras lucían pintorescas casitas rodeadas de cultivos y verdes pastos poblados por los enormes “cebú”, sin duda toda una postal de la encantadora América subtropical. 

Allí, mientras conducía relajadamente, viendo en el retrovi­sor la imagen de Eduardo haciendo lo mismo, vinieron a mi mente las estrofas del gran Nino Bravo: “Como un inmen­so jardín… esto es América…”. Sin duda era la descripción perfecta del momento y nuevamente daba gracias a Dios por permitirme ver con mis propios ojos aquellos paisajes que únicamente creía que existían en los libros y documentables de naturaleza. Y sin duda, lo mejor todavía estaba por llegar y en Praia Grande dejamos nuevamente el asfalto e iniciamos una de las más largas y espectaculares jornadas off-road de todo el viaje… ¡qué espectáculo! Subidas, bajadas y vadeos que en medio de la selva nos elevaron a los Campos Da Sima Da Serra, un mundo completamente diferente al que íbamos dejando atrás, un vergel dentro de un paraíso.

Desde lo alto disfrutamos de panorámicas excepcionales que llegaban incluso hasta las populares playas subtropicales del litoral sur brasilero, mientras a nuestro alrededor las centena­rias araucarias llenas de líquenes o barba de viejo nos trans­mitían un aspecto misterioso más asociado con la Patagonia, allí donde habita el silencio y el olvido.

Con un tibio sol y cielo despejado, en poco tiempo ya estába­mos disfrutando de uno de los platos fuertes del viaje, el gran cañón de Itaimbezinho, un viejo vestigio de la deriva continen­tal, la línea divisoria de los continentes americano y africano. El cañón tiene una extensión de 5,8 kilómetros, con un ancho máximo de dos kilómetros y una altura aproximada de 700 metros… todo un espectáculo de la naturaleza no apto para los que sufren de vértigos, y allí, con suicidas instantáneas al borde del abismo, dejamos una mañana de nuestras vidas realmente inolvidable.

Nuevamente en nuestros rocinantes de acero disfrutábamos intensamente del enripiado camino, que se enroscaba y lanzaba por la ondulante meseta, atravesando en muchas oca­siones riachuelos mediante precarios y encantadores puentes de madera, en tanto en el horizonte se recortaba el perfil de las hermosas araucarias sobre los pastos, que lucían un color amarillento producto de las recientes e intensas nevadas, fenómeno poco conocido del sur brasilero.

El refugio de Uribici
 

En Silveira mi mala cabeza me llevó como siempre a compli­carme aún más la vida y buscar esa foto diferente y espec­tacular… pero esta vez, al desviarme para fotografiar una cascada, la moto quedó encajada en el barro, el catalizador y el caballete central me quitaron la altura suficiente para ese vadeo extremo y al que estoy acostumbrado con mi Africa Twin. Tras un buen rato el amigo Cooke decidió regresar en mi búsqueda y creo sinceramente que en aquel momento pensó que ese Quijote español si seguía en esa línea extre­ma, acabaría con su reluciente e impoluta Honda Transalp, ja, ja. Tras desmontar maletas y top case, a duras penas logramos sacar la moto del fango y, como agradecimiento a su esfuerzo y como arrepentimiento, decidí regalarle una camiseta de mi viaje por Senegal.

Seguimos disfrutando de un día de off-road realmente espec­tacular y con el sol muy bajo llegamos a Varzea. La emoción se siente en cada golpe de acelerador y con el corazón en la boca debemos cruzar un ruinoso, peligroso y largo puente de madera sobre el río Pelotas; es en estos momentos de cierto peligro, con huecos que dejan ver la fuerte corriente del río, cuando realmente te sientes más vivo en los viajes. Debe­mos ayudarnos mutuamente, pues faltan trozos de madera, los huecos dejan ver las aguas que pasan bajo nuestros pies, sacamos fotos que atestiguan el momento vivido y segui­mos prontamente viaje.

La noche nos cae encima en medio de la soledad, por suerte el GPS de Eduardo nos guía en las infinitas encrucijadas que presenta el duro camino, para final­mente llegar al Refugio de Gaudério, en Uribici, una hermosa cabaña de madera que recibe la visita de viajeros en moto, trotamundos y toda esa buena gente de espíritu inquieto y aventurero. Los anfitriones Martha y Jordao nos esperaban ansiosos y preocupados por nuestra demora, mientras en el exterior la luna iluminaba la fría noche serrana, pero en el in­terior ,una cálida hoguera y unas excelentes viandas regadas con un buen vino dieron paso a una noche para el recuerdo e inolvidable.

A la mañana siguiente, la niebla lentamente se retiró dejando ver el encantador lugar donde nos encontrábamos, un remanso de tranquilidad donde la naturaleza reinaba a sus anchas. Sin duda, los amigos Martha y Jordao vivían en un auténtico paraíso y fuimos despidiéndonos de ellos para seguir nuestro largo viaje por el Corvo Branco, un estrecho y profundo desfiladero que nos llevó finalmente hasta una de las carreteras más especta­culares que he visto en todos estos años viajando, la Serra Do Río do Rastro, un puerto espectacular en medio de la selva con espectaculares cascadas que salvan un desnivel de más de un kilómetro por un retorcido camino colgado de las laderas del es­trecho cañón y rematado en un destacado mirador desde don­de se aprecian inmejorables panorámicas que hacen pequeño incluso el mítico Paso del Stelvio… quedaos con este nombre: Serra Do Río do Rastro, porque será un lugar de peregrinación de moteros viajeros a lo largo y ancho del mundo.

Con la caída del sol llegamos a Dionisio Serqueira, donde dejamos atrás Brasil para reingresar a Argentina y recalar en Bernardo de Irigoyen, donde reabastecimos y dejamos listas nuestras máquinas para la jornada siguiente, que prometía ser intensa, pues el objetivo consistía en llegar a las catara­tas, no ya por ruta abierta, como lo hace la mayoría, sino por los difíciles caminos de tierra colorada de la Ruta Nacional 101 que atraviesa el Parque Nacional Iguazú, como os conta­remos el mes que viene en la segunda parte de este relato. ¡Hasta pronto!

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