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Rutas

El Moto Club Yuncler celebra su 30ª concentración motera por todo lo alto

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Nada más y nada menos que 30 años. La consagrada concentración motera de Yuncler celebraba un aniversario muy especial y qué mejor que organizar una gran fiesta para la ocasión.  

Todo empezó el viernes por la tarde en el recinto ferial de Yuncler, que se convirtió en el centro neurálgico del evento. A las siete de la tarde se abrieron las inscripciones y ya pudimos empezar a disfrutar de la actividad. Comenzamos con una masterclass de zumba, con la degustación de unas migas castellanas y con música en directo del gran saxofonista Benjamín Dorado.

Para la jornada sabatina estaba prevista una ruta barítima, juegos moteros y una gran travesía hacia la Ciudad Imperial de Toledo, para regresar a Yuncler por la noche. Allí se guardó un minuto de silencio para los compañeros que ya no están y se realizó un acto homenaje a todos los presidentes y directivas que han formado parte de estos treinta años. Justo después llegó el plato fuerte de la concentración: el show stunt de nuestro amigo Emilio Zamora, que nos deleitó con invertidos, saltos y con el rugido de sus motos. Se llevó una buena ovación por parte del público, al que tuvo el detalle de obsequiar con una vuelta homenaje junto al joven piloto de Yuncler Iván Morillas.

El domingo por la mañana se organizó una ruta hacia la población de Valmojado – con paella de aperitivo. A la vuelta, nos esperaban algunos de los momentos más divertidos de la concentración: el sorteo de regalos, homenajes y la entrega de trofeos.

En definitiva, un gran evento que sigue atrayendo al público y mejorando con el paso de los años. Es todo un referente motero en la zona centro del país. Felicitar al Moto Club Yuncler por su treinta cumpleaños y pediros a todos que asistáis el próximo año.

Saludos y ráfagas.

Pruebas

III Racer Explosión: invasión vintage en el Jarama

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Por tercer año consecutivo, el Circuito del Jarama se vestía de estilo vintage para celebrar una nueva edición del evento de motos clásicas Racer Explosión, para teletransportar a todos al siglo pasado y a los años de carreras del maestro Ángel Nieto.

En esta ocasión hubo algunas novedades en cuanto a la organización. Los participantes se dividieron en dos categorías para una mayor seguridad y diversión. La Racer Spirit, para los pilotos más lanzados y con más experiencia en circuito, y la Sport Spirit, para aquellos que se lo toman con más calma o se estrenen en las rodadas.

2018 tuvo récord de inscritos y gran parte de la culpa la tiene el hecho de estar abierto al público. Asistió gente procedente de todo el país y contó con la presencia de numerosas caras conocidas. No se lo quisieron perder José Javier Morla – presidente del Moto Club Bañezano-, Paco García – de Motos Rock -, la motoviajera Alicia Sornosa o el también motoviajero Luis el Mudo Ballesteros, que asistió con su ‘Dama Blanca’.

Una jornada repleta de actividades: desde ponerte en la piel de Ángel Nieto, corriendo unas tandas en el circuito, a visitar los boxes, donde se exhibieron todo tipo de clásicas y Café Racer de las principales marcas de épocas pasadas. Tampoco faltaron carpas de distintas firmas, venta de productos o iniciativas moteras dedicadas a la mujer, como el Woman and Wheels – entre muchas otras. Había la opción, además, de asistir como público en las tribunas viendo los mejores adelantamientos en el Súpersiete o visitar el monumento de Ángel Nieto en la curva Le Mans.

En conclusión, un gran evento en el que todos lo pasamos genial, incluidos los pilotos que dieron caña a sus respectivas reliquias. Os esperamos el año que viene en el Circuito del Jarama.
Saludos y ráfagas.

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Rutas

La Adrada y el Tiétar, cada vez más moteros

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El corazón del Valle del Tiétar, en Ávila, volvía a acoger un año más la concentración motera de La Adrada. Esta ha sido su tercera edición de este evento en el que se combina a la perfección motos, amigos, naturaleza y gastronomía.

El punto de encuentro se ubicó en el Parque de La Yedra, junto a la antigua ermita, que se preparó para acoger a los moteros. Se instaló un kiosco musical, barras de bar, tiendas moteras y una carpa de ayuda a la infancia.

Llegaron numerosos moteros procedentes de todas partes. Entre ellas, Madrid, Ávila, Toledo y, sobre todo, del Moto Club Torrijos. Una vez congregados, se inició la ruta mototurística con la ayuda de la Policía Local y de las agrupaciones de Protección Civil. Atravesaron la Ruta-501 del Valle del Tiétar para seguir con un tramo de curvas y subidas hacia la Sierra de San Vicente, hasta hacer parada en la capital gastronómica de la Iglesuela, en Toledo. Pararon en el Restaurante El Estribo, donde sirvieron todo tipo de aperitivos calientes. Siguieron hacia La Adrada para degustar una generosa y deliciosa paella. Continuaron con la entrega de reconocimientos por la ayuda prestada a Andrés López y a Víctor Rodríguez – concejal de Seguridad y Protección Civil de La Adrada – y por la asistencia – a los Moto Club Piedralaves y Torrijos.

>A continuación, llegó el turno del sorteo de numerosos regalos, como cascos, una chaqueta motera, camisetas y vales de regalo para servicios de la moto, entre otros. Después disfrutaron de la discomóvil en un cierre de fiesta ideal para redondear una concentración motera que va creciendo y mejorando con el paso de los años. Nos vemos en La Adrada. Saludos y ráfagas.

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Rutas

Desafío África 2018 (4ª parte): Malaui y Mozambique

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Desafío África 2018 por Malaui y Mozambique

Dejamos atrás Tanzania y Malaui no nos recibe con su mejor cara en nuestra cuarta etapa del Desafío África 2018 por Malaui y Mozambique.

Nos recibe con una cortina de lluvia densa que nos exige reducir la marcha. El agua cae tan fuerte que nos obliga a detenernos bajo unos plataneros, cobijándonos bajo ellos y escurriendo los guantes que están empapados.

Al poco el cielo se abre, el monzón ha pasado en pocos minutos y unos jóvenes motorizados se acercan a ver nuestras Scrambler. Les encanta, como en toda África, tocar, fotografiar y preguntar sobre nuestras monturas.

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Retomamos la marcha entre las plantaciones de té y bananas, subiendo y bajando colinas con la ropa de agua aún puesta. El paso fronterizo estaba atestado de camiones que esquivamos rápidamente para ser los siguientes en el turno de entrada del país.

Una caseta a un lado con un cartel de aduanas indicaba el lugar de las oficinas. Aún empapada y con ganas de pasar cuanto antes, hice los trámites de entrada mientras mi compañero se quedaba al cuidado de las Ducati. Los tres funcionarios ni levantaron la cabeza (eso me sienta fatal), pero al final conseguí llamar su atención. Ciento cincuenta dólares después para pagar los visados, los más caros hasta el momento, y diez más como peaje para la carretera, entramos en el paraíso.

Karonga: el interior

Los primeros cientos de kilómetros de los 3.000 y poco que hicimos en este país fueron bajo el agua. La persistente lluvia no nos daba opción para paradas, fotos y paisajes. Una pena que duraría poco.

La primera ciudad me pareció deprimente. Pese a la lluvia, había restricciones de agua incluso en los mejores hoteles, todo muy caro y una comida bastante escasa y simple basada en los pescados de agua dulce, fritos en abundante aceite, y la típica pasta de maíz africana.

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El periplo por las ciudades en busca del lago no me daban buena espina. Mientras, los navegadores y las cámaras que llevábamos sobre la moto comenzaban a dar quejas de tanta lluvia y humedad día tras día. La última parada antes de llegar al lago la hacíamos en un pequeño pueblo, con un hotel sin agua y un bar con tan solo dos cervezas. Después del exceso de birras en Tanzania, esto me parecía casi irrisorio.

Hara, Mzuzu y Monkey Bay

Por fin, el lago. Cruzamos la montaña y vimos más allá del otro lado. Campos de maíz, trigo, frutales. Decenas de puestecillos en los arcenes de la única carretera asfaltada que cruza el país, repletos de cestas de fruta tropical: mangos, papayas, aguacates, algunas manzanas…

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La cosa se iba poniendo bien y la humedad remitía en pro de la altura. Curvas, por fin. Y más allá de los árboles y las altas colinas, de las magnificas cataratas y los monos en la carretera atusándose, el enorme lago Malaui. Una expansión azul casi infinita delante de nuestros ojos.

Los días en el lago finalizaron con la llegada a la punta sur, Monkey Bay, un lugar de verdad paradisíaco, con una agua cristalina, kayaks para pasear, peces de cien colores, buena comida y cervezas frías (que no buenas, ya que solo tienen esa que dicen que es “posiblemente la mejor del mundo”).

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El “back packers” u hotel para mochileros fue una casualidad y un acierto encontrarlo. Nos quedamos cinco días explorando pequeños pueblos, comiendo pescados del lago y bañándonos pese a la advertencia de infectarnos con el parásito que puebla estas aguas transparentes. Merecería la pena.

Blantire: en busca del sur

Y una mañana lo decidimos: ¿y si cruzamos a Mozambique por donde nadie lo hace? Y si buscamos la frontera sur. Y así lo hicimos. Nos pusimos en marcha en lo que sería un día agitador, pero lleno de aventura.

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Primero cruzamos una cordillera, unos 220 km de pista sencilla, excepto en algunos tramos, que se complicaba con piedras o rocas. Atravesamos más de veinte pequeñas aldeas que viven del té y el maíz. Alucinaban a nuestro paso…y nosotros nos preocupábamos cada vez más por la gasolina.

Con la Scrambler por pista, que no se supera los 60 km/h, el consumo es muy reducido, pues llega a realizar unos 260 km antes de la reserva, pero llevábamos ya 200 km y no se veía el final de estos montes. Menos mal que encontramos gasolina en el “mercado negro” es decir, un puesto de botes de cristal que vendían la gasolina a precio de oro. Llenamos dos litros más y continuamos.

La bajada fue espectacular y los caminos, cada vez más abandonados y rotos. A esas alturas, sobre las dos de la tarde, ya sabemos que nos habíamos metido en un buen lío, pero queríamos llegar hasta ese paso fronterizo, al sur. El camino terminaba donde empezaba un pequeño sendero, con cañas a los lados que no me daban buena espina. Tras ellas, una explanada llena de arena fina con un poblado al lado.

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Seguí el camino marcado por la supuesta carretera del navegador hasta que dos hombres, a grito pelado desde el otro lado del camino, llamaron mi atención: por ahí no se puede, es un antiguo cauce de un río y el camino está roto. Gira a la derecha, toma ese otro camino y llegarás a una orilla. Así fue, el caminito de arena daba a una orilla, de un río enorme que hacía las veces de frontera con Mozambique.

Casi pasamos al otro país sin un sello en el pasaporte, lo que nos ocasionaría problemas para salir. Negociar con los barqueros bajo el sol, con 200 km de pista a mis espaldas y mucha humedad, no fue sencillo. Casi no nos quedaba moneda (ya que apuro cuando cambio de país), pero la frontera estaba cerca.

Tras el cruce en unos barquitos de madera que daban miedo, una pista de arena me esperaba. Mi poca destreza sobre arena, el peso de la moto, el sudor… no lo estaba pasando bien. Y menos al descubrir que al final de ese camino volvía a haber cañas que avisaban de que el agua, de nuevo, estaba cerca.

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Bangula: de vuelta a Blantire

Continuamos la travesía por una pista que mezclaba la arena blanca con la piedra dura. Atravesando pequeñas poblaciones llegamos hasta la frontera sur. Nuestro gozo en un pozo. Ese pequeño lugar, con una oficina de emigración de madera destartalada, sin bandera ni nada que lo anunciara. En su interior, un hombre charlaba con un europeo, el dueño de un 4×4 de Médicos sin Fronteras que había al lado.

Salí con las orejas gachas… no nos dejaban pasar, bueno, sí, pero de hacerlo no podríamos volver a entrar… y no teníamos la visa de Mozambique y en ese pequeño lugar y su aduana no la vendían.

Los hombres y los burros pasaban de un país al otro sin mirar a los lados, la vida era absolutamente anormal para un paso de fronteras, pero sobre todo para nosotros. Tendríamos que regresar. Y otros setenta kilómetros de camino, pista y arena. Mi moto subió el repecho que quedaba y se situó sobre una parte del camino de mayor altura. Miré a los lejos, agua. Miré delante de mí: barro, mucho barro hasta la orilla, cañas chafadas para poder superar el barro, más barcas, más dinero y mucha sed.

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Me puse a llorar.  Fue mi manera de quitar hierro al asunto; llevamos más de cuatro horas  sobre la moto cruzando montañas y ahora esto… Pero cuando volví a tomar resuello e intentar pasar la moto hasta la orilla, bajo un sol abrasador y muchísima humedad, la Sled de mi compañero se para.

Por el casco oigo una blasfemia, la moto no arranca, y lo primero que me viene a la cabeza es pensar en el cable de la pata de cabra. Lo transmito y, en efecto, este era el fallo. Ahora habría que hacer un puente y cruzar los dedos. Al final, todo funcionó y, tras otra larga discusión con los barqueros, las motos estaban de nuevo sobre el agua. La travesía duró más de veinte minutos entre cocodrilos, nenúfares, insectos y humedad. El final estaba cerca. Tendríamos que ir con dos de ellos en las motos para sacar del cajero del pueblo y pagar el transporte.

El cajero no nos dio el dinero y nos tuvimos que quedar a dormir para cambiar unos pocos euros en el banco y partir al día siguiente hacia la frontera “normal”. Pese al calor, la falta de gasolina, los barqueros, no tener dinero y tener que regresar, fueron uno de los días de más aventura del Desafío África 2018.

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Una cerveza fría nos esperaba en el cuchitril donde dormimos, que nos pareció como un resort de los buenos. Al día siguiente, en menos de dos horas, estábamos cruzando Mwanza y pisando tierra mozambiqueña.

Mozambique

La frontera más amigable del viaje, así titularía yo esta entrada en Mozambique. No tuvimos que pagar nada, no miraron las motos, no nos dieron la brasa… con nuestro visado (de más de 60 dólares por barba) y con una sonrisa estupenda por parte del policía de aduanas, nos dejaron pasar. Y se hablaba portugués, por fin el “portuñol” me iba a servir en un viaje fuera de la Península.

Bienvenidos al enorme río Zambeze, que cruzamos por uno de sus cuatro puentes a Tete, la ciudad más cerca de Malaui. Bienvenida la comida deliciosa y barata… y la superpoblación.

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Porque Tete estaba llenísimo de gente, trabajando, de aquí allá, de tiendas, colas en los cajeros (con un agradable aire acondicionado dentro y un guarda que ponía orden en la fila antes de entrar), la falta de lluvias y la promesa de encontrar las mejores playas del océano en esta latitud.

Chimoio, Vilanculo y Tofo

Así son los nombres de las poblaciones con las mejores playas. Mucha carretera en Mozambique, en buen estado según en qué sitos, y unas ciudades con un rancio estilo portugués, como Vilanculo y su arena blanca, con barcos parados desde hacía siglos en su costa.

Marcos muy baratos, pescado cocinado de cien maneras y el famoso piri-piri (un picante hecho a base de guindilla roja) nos daban la bienvenida a este curioso país que vive en la posguerra. Edificios medio en ruinas al lado de magníficos resort para recién casados, puestos callejeros y mucha mucha gente joven.

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El esfuerzo de llegar a Tofo por su camino de arena blanca mereció la pena: la playa kilométrica y descubrir una de los poblados más famosos por su vida relajada y turismo escaso fue el colofón a un viaje que empezaba a acercarse hacia el final: Sudáfrica. A un paso.

Xaixai, la capital y  la frontera

Tras unos merecidos días de descanso en la playa, descanso que utilizo para escribir estas líneas, seleccionar las fotos y decidir los próximos recorridos, llegamos hasta Maputo, la capital.

Maputo te recibe moderna, con una carretera que bordea la gran playa blanca, los edificios, rascacielos a un lado, los chiringuitos para comer en verano, al otro. Restaurantes, clubs, cafeterías… de pronto, Africa lo tiene todo. Es la puerta a Sudáfrica y la influencia económica se nota.

En esta ciudad rica en cultura, los edificios antiguos son preciosos; la gran estación de tren, magnífica; el mercado central, la plaza de los artesanos, las cadenas de restaurantes y el pescado bien cocinado. Todo está en Maputo. Los blancos son algunos más que en otros lados, y aun así, nuestras motos, la Ducati Desert Sled roja y la Urban Enduro verde, siguen llamando la atención.

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La gente nos pregunta en la calle, en los hoteles, en los bares. Unos modelos de la italiana que hasta el momento no han tenido problemas mecánicos de ningún tipo, solo un pinchazo en Etiopía, al comienzo de este Desafío Africa 2018.

Estoy contenta, motivada para terminar este viaje en uno de los países que más me llaman la atención por su cultura e historia, por sus paisajes y grandeza: Sudáfrica. Además, llega un nuevo componente a este grupo: Polo Arnaiz, ese viajero que recorrió el mundo en una Triumph y con el que estuve este pasado año en los Himalayas indios. La aventura continúa…

Texto de Alicia Sornosa

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