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El bueno, el feo y el malo

A mediados de los 60 triunfaba un spaguetti western que con el tiempo se convertiría en todo un clásico del género. Buena parte de su éxito fue consecuencia – aparte del singular estilo de su director, Sergio Leone – del carisma de sus tres protagonistas Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef. Así, el bueno el feo y el malo, lograron una popularidad que ha trascendido hasta hoy día. Y fue esa triple y chispeante personalidad lo que llenó los cines.

Hoy, el Mundial de MotoGP, no pasa por su mejor momento. Es un hecho. A pesar de que ya han desaparecido las restricciones para asistir en vivo a los circuitos, las cifras distan mucho de ser las mismas que antes de la pandemia. Y el interés que suscita el Mundial entre el público ya no levanta las pasiones de hace unos años.

Hace apenas un par de meses, en una entrevista a Carmelo Ezpeleta, CEO de Dorna, nos decía que “el campeonato ha sido siempre más fuerte que las estrellas que se han marchado”. En parte no le falta razón, una estructura de ese calibre no puede depender de dos o tres figuras para garantizar su continuidad. No obstante, la emoción, el pulso que esas figuras proporcionan a la competición no tiene sustituto posible.

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El público quiere identificarse con su piloto, vive intensamente sus peripecias, celebra sus triunfos y se solidariza en su desgracia. De forma paralela, busca un rival al que dirigir su crítica, un piloto sobre el que descargar la frustración y al que convierte en diana de sus críticas más ácidas. Y por supuesto no puede faltar ese tercero, el comparsa que acompaña a los dos primeros y al que se adjudica el papel de bufón, de pupas o de eterno segundón.

El bueno, el feo y el malo.

Se habla de que las máquinas de MotoGP son ya excesivamente rápidas, de que la evolución aerodinámica está dificultando los adelantamientos, de que la sofisticación de la electrónica ha igualado en exceso a los pilotos… Argumentos todos con su parte de razón, sin embargo estoy convencido de que el factor humano es el elemento más importante en este deporte, el que es capaz de desatar todas las pasiones de la afición, el que en definitiva nos sentará o no frente al televisor durante horas o nos llevará a peregrinar al circuito para ver, no a los equipos, no a las máquinas, si no a esos pilotos con nombre propio que han poblado nuestra imaginación de proezas increíbles.

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MotoGP 2022 sigue su camino, pero avanza como pollo sin cabeza. No existe un sólido líder que atraiga todas las miradas. Lo mismo que ocurrió en 2021 o en 2020…

Todos pueden ganar, pero la gente no quiere un mundial democrático, quiere un dictador que marque el paso, quiere un rebelde que le discuta todas y cada una de las curvas, quiere pilotos que ofrezcan espectáculo, que levanten pasiones.

Roberts-Spencer, Schwantz-Rainey, Rossi-Stoner, Rossi-Biaggi, Marquez-Rossi…han sido los buenos y los malos que han provocado el entusiasmo de millones de aficionados. Mamola, Cadalora, Okada, Pedrosa… han sido feos que han aportado su talento y su chispa para hacer más grande el campeonato. Y la mezcla de todos esos factores humanos, de todas esas pasiones encontradas, son los que han insuflado vida a la competición.

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Rossi se ha ido, Marquez no acaba de volver y MotoGP no termina de volar a la altura que todos desearíamos.

Cierto que el mundial tiene pilotos con mucho talento, pero el talento no lo es todo. Necesitamos figuras, alguien a quien amar, alguien a quien odiar, alguien con el que reírnos o llorar. Y por hoy, el campeonato sólo nos ofrece brillantes profesionales con habilidades indiscutibles.

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Nosotros queremos más, queremos un piloto que gane aunque nos caiga fatal, un killer que emplee todas las armas para lograr la victoria, queremos odiar al campeón. Pero también queremos enamorarnos del vencedor, queremos ser él, sentir su emoción.

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Cuando MotoGP sea capaz de volver a ofrecernos eso, volverá a ser grande. Cuando el bueno, el feo y el malo monten en cada circuito su particular OK corral, MotoGP volverá a ser parte de nosotros.

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