Ducati Scrambler: Una idea nunca muere
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Ducati Scrambler: Una idea nunca muere

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Es curioso las vueltas que da la vida. Hace 53 años, EE.UU. vio nacer la primera Scrambler, un modelo especialmente fabricado para el mer­cado americano y que una década después reaparecería en Europa y marcaba una época y una manera de vivir.

De nuevo estamos sobre la tierra de las oportunidades, concretamente en Palm Springs, California, emplazado en medio del desierto. Es un lugar de fama, diversión y fortuna, un escenario realmente auténtico y diferente, y la nueva Scrambler reaparece en su territorio, pero esta vez para lanzarse a los brazos de los conductores más afortunados de todo el mundo.

Desde Ducati se ha hecho mucho hincapié en que la Scrambler no es solamente una simple moto, es mucho más que eso, es una manera de mo­verse, de vestir, de actuar y de relacionarse. También se ha recalcado que la nueva Scrambler, aunque sea muy parecida estéticamente al modelo del 75, no representa un remake, sino que es algo nuevo que empieza de nuevo.

Si comparamos el modelo vintage con el actual, veremos inmediatamente, a pesar del parecido de la carrocería, que es una moto moderna, con un mo­tor bicilíndrico, materiales de alta calidad y componentes de alto rendimiento.

No hay más que echar un vistazo a la moto para darnos cuenta de que es un volumen de pequeñas dimensiones, baja altura y geometrías que facilitan la conducción. Por ejemplo, podemos dar algunos datos, como la altura del asiento –790 mm–, reducido depósito metálico de 13,5 l, subchasis estrecho de aluminio y una posición de conducción erguida gracias al alto manillar.

Otros detalles de estilo que la distinguen son el pequeño y redondo cuadro de instrumentos digital, colocado asimétricamente en el lado derecho del manillar, del que podemos destacar como singular que las revoluciones se indican al revés, un faro redondo con perímetro iluminado por cuatro segmentos de diodos led, piloto trasero también led y un asiento de doble altura atractivo y comodísimo.

Para que la Scrambler sea segura y divertida, equipa un freno delantero con una pinza radial Brembo Monobloc de 4 pistones, un enorme disco flotante de 330 mm y ABS, neumáticos Pirelli Dual Sport. Se impulsa por el motor bicilíndrico en L de la Monster 796, con distribución desmodrómica de dos válvulas por cilindro, de 803 cc y 75 CV, refrigerado por aire, anclado en un nuevo chasis multitubular. Toda la moto no pasa de los 170 kg.

La responsabilidad de la estabilidad recae sobre las suspen­siones Kayaba –que equipa las cuatro versiones–, con una horquilla invertida de 41 mm y un amortiguador ajustable en precarga colocado asimétricamente en el lado izquierdo del basculante. También se pueden combinar tres tipos de colas de escape con varios de silencioso, tres con salida por debajo de los estribos del conductor y uno con salida a media altura, superatractivo.

Podemos añadir y destacar que el aluminio está presente en innumerables par­tes, como el basculante asimétrico, tapas de correas de distribución, cuadro de mandos, protectores de escape y adornos intercambiables del depósito, y digo intercambiables porque Ducati ofrece distintas combinaciones estéticas y colo­res para este elemento, incluso podemos cambiar el tipo de logotipo Scrambler.

Cuatro por una

La marca Scrambler se caracteriza, además de por el carácter libre, por la va­riedad de modelos sobre la misma base. Existen cuatro combinaciones estándar establecidas, pero que pueden convertirse en nuestra propia versión personaliza­da gracias a la infinidad de accesorios: Icon, la base, y las Classic, Urban Enduro y Throttle (estas tres comparten precio, 9.850 euros).

El modelo base es el denominado Icon –con dos combinaciones de color, los clásicos rojo y amarillo que popularizaron la moto en sus inicios–. La siguiente ver­sión es la Classic,de aspecto semejante a la Scrambler original, con guardabarros de look metálico, portamatrículas fijado bajo el trasero, tapizado de asiento vintage, llantas de radios, depósito de color naranja y tapas laterales de aluminio mate.

La versión Urban Enduro –de aspecto off-road– incorpora un manillar reforzado, asiento con tapizado en relieve, cubrecárter, protectores de horquilla, rejilla de faro, guardabarros delantero alto y carrocería de color verde. Por último, la versión más deportiva, Full Throttle, con guardabarros trasero corto, doble salida de es­cape Termignoni, asiento de estilo racing, manillar más bajo, color general negro mate, tapas del depósito, guardabarros delantero corto y llantas de aleación. La base de la moto es exactamente la misma para todas las versiones, con lo que el funcionamiento y posición es igual en todas excepto en la versión Full Throttle, en que el manillar cambia un poco la posición de conducción.

Además de la extensa personalización de la moto, Ducati Scrambler ha creado una línea específica y particular de accesorios, ropa y complementos digna de la mejor marca de moda. Se puede encontrar todo tipo de ropa casual, deportiva, cascos, gafas, guantes, botas, etc., y referente a la propia moto, maletas, defensas, bolsas y detalles de piezas de carbono.

Fama y fortuna

Desembarqué después de un viaje largo en San Francisco, una ciudad fasci­nante, cuna de la tecnología y el estilo, pero mi destino final fue Palm Springs. El paisaje que me rodeaba era del más puro estilo americano; extraordinarios casas, avenidas y automóviles ocupaban el lugar; éste estaba rodeado de de­sierto, cactus, montañas y carreteras de película. Ducati Scrambler dedicó mu­cho esfuerzo en ambientar el lugar de la presentación y cuidó hasta el mínimo detalle, todo estaba calculado para encontrar un ambiente propicio para nuestra protagonista. Preparó distintas actividades artísticas y de ocio para crear una atmósfera única y sentir la esencia de lo que me aguardaba.

Por fin pude ver a la artista de la historia. Allí estaba la Scrambler en sus cuatro versiones. La verdad es que desde el primer momento eclipsó todo lo que la ro­deaba y, cosa rara en una presentación, me identifiqué con ella inmediatamente.

Dejándome llevar por mis impulsos intuitivos, me subí sobre la Icon, pero sin­ceramente fue la que me atrajo más. El color original, la sencillez de las líneas y los detalles justos de lo necesario me entusiasmaron. Es una moto bajita, fácil de mover. El manillar está a una altura y posición excelente para el control, y las rodillas, con los pies en los estribos, quedan bien pegadas a la parte central del chasis y el depósito.

Amaneció nublado, la lluvia hizo acto de presencia con fuerza y el desierto se convirtió en unas horas en un torrente. Estrené la moto vestido con un chubasquero amarillo y todo mi glamour desapareció, pero por suerte la lluvia cesó y el desierto engulló el agua en pocos minutos. Apareció el sol a lo lejos y la carre­tera quedó libre de pecado. Fue entonces cuando empecé a entonar estribillos de Elvis y hasta poco después no supe por qué. Mi look auténtico empezó a brillar y desde el primer ins­tante, incluso cuando las condiciones meteorológicas eran adversas, conecté fácilmente con la actividad de la moto.

Es una conducción muy sencilla, todo está donde lo necesitas, el curioso y pequeño reloj de instrumentos es sencillo, justo con lo necesario, y se visualiza y se entien­de todo con claridad. Lo que más me sorprendió es la posición de conducción, una posición de la que ya no nos acordamos; qué fácil es conducirla, entenderla y adaptarse.

Todas las maniobras de giro, de aquí para allá, de allá para aquí, son divertidas, intuitivas. Nunca sientes que vas con una moto de 803 cc; sus movimientos se acercan más a los de una moto de pequeña cilindrada de lo que es en reali­dad. Incluso empezando a rodar con el piso mojado, la confianza fue inmediata. Cuando la carretera recobró su estado natural, sólo tuve que seguir mi instinto y dejarme llevar hacia la cima.

El régimen del motor es elástico, sin patadas, sin traqueteos, todo fluye con dulzura. El bicilíndrico se comporta con excelente finura, pero consigue la sufi­ciente energía para sentirte vivo y con empuje a bajas revoluciones. Los 75 CV están perfectamente aprovechados, ni sobra ni falta nada.

Paré en un bar de carretera en lo alto de Silent Valley, a unos 1.800 m sobre el nivel del mar, el típico donde encuentras cuadros de famosos del cine colgados en la pared y neones de distintas cervezas, pero hubo uno que acaparó mi aten­ción. El Rey del Rock, Elvis, en su posición y traje más venerable. La conexión flotaba en el aire, el pasado perdura, lo bueno persiste, quizás esas canciones sí tenían sentido sobre la Scrambler.

Feliz como un pájaro empuñé de nuevo el clásico manillar colina abajo. En una parte del recorrido me adentré sobre un paraje idílico de arena compacta. Quise comprobar la polivalencia de la moto sobre pista de tierra y me hice algunos metros por ella. Cómo me divertí, y lo más sorprendente, nunca tuve la sensa­ción de perder el control. O sea ¿que además puedo conducir la Scrambler como una trail? En ese pequeño tramo me di cuenta con más razón de lo fácil e intuitiva que es la Scrambler. Es una moto de todo uso que todo el mundo puede disfrutar.

Continué por la carretera de curvas largas y en descenso hacia la llanura; en ese último tramo le enrosqué todo lo que pude para ver de lo que era capaz mi compañera, y mi asombro llegó a lo más alto. Bajaba frenando fuerte y dejando correr la moto sobre el asfalto hasta inclinaciones destacables y el comporta­miento deportivo fue excelente.

Llegué al Ace Hotel con una sonrisa y muy buena sensación. La noche cayó y se contagió de espíritu Scrambler, pero… eso es otra historia.

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