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Desafío África 2018 (4ª parte): Malaui y Mozambique

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Desafío África 2018 por Malaui y Mozambique

Dejamos atrás Tanzania y Malaui no nos recibe con su mejor cara en nuestra cuarta etapa del Desafío África 2018 por Malaui y Mozambique.

Nos recibe con una cortina de lluvia densa que nos exige reducir la marcha. El agua cae tan fuerte que nos obliga a detenernos bajo unos plataneros, cobijándonos bajo ellos y escurriendo los guantes que están empapados.

Al poco el cielo se abre, el monzón ha pasado en pocos minutos y unos jóvenes motorizados se acercan a ver nuestras Scrambler. Les encanta, como en toda África, tocar, fotografiar y preguntar sobre nuestras monturas.

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Retomamos la marcha entre las plantaciones de té y bananas, subiendo y bajando colinas con la ropa de agua aún puesta. El paso fronterizo estaba atestado de camiones que esquivamos rápidamente para ser los siguientes en el turno de entrada del país.

Una caseta a un lado con un cartel de aduanas indicaba el lugar de las oficinas. Aún empapada y con ganas de pasar cuanto antes, hice los trámites de entrada mientras mi compañero se quedaba al cuidado de las Ducati. Los tres funcionarios ni levantaron la cabeza (eso me sienta fatal), pero al final conseguí llamar su atención. Ciento cincuenta dólares después para pagar los visados, los más caros hasta el momento, y diez más como peaje para la carretera, entramos en el paraíso.

Karonga: el interior

Los primeros cientos de kilómetros de los 3.000 y poco que hicimos en este país fueron bajo el agua. La persistente lluvia no nos daba opción para paradas, fotos y paisajes. Una pena que duraría poco.

La primera ciudad me pareció deprimente. Pese a la lluvia, había restricciones de agua incluso en los mejores hoteles, todo muy caro y una comida bastante escasa y simple basada en los pescados de agua dulce, fritos en abundante aceite, y la típica pasta de maíz africana.

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El periplo por las ciudades en busca del lago no me daban buena espina. Mientras, los navegadores y las cámaras que llevábamos sobre la moto comenzaban a dar quejas de tanta lluvia y humedad día tras día. La última parada antes de llegar al lago la hacíamos en un pequeño pueblo, con un hotel sin agua y un bar con tan solo dos cervezas. Después del exceso de birras en Tanzania, esto me parecía casi irrisorio.

Hara, Mzuzu y Monkey Bay

Por fin, el lago. Cruzamos la montaña y vimos más allá del otro lado. Campos de maíz, trigo, frutales. Decenas de puestecillos en los arcenes de la única carretera asfaltada que cruza el país, repletos de cestas de fruta tropical: mangos, papayas, aguacates, algunas manzanas…

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La cosa se iba poniendo bien y la humedad remitía en pro de la altura. Curvas, por fin. Y más allá de los árboles y las altas colinas, de las magnificas cataratas y los monos en la carretera atusándose, el enorme lago Malaui. Una expansión azul casi infinita delante de nuestros ojos.

Los días en el lago finalizaron con la llegada a la punta sur, Monkey Bay, un lugar de verdad paradisíaco, con una agua cristalina, kayaks para pasear, peces de cien colores, buena comida y cervezas frías (que no buenas, ya que solo tienen esa que dicen que es “posiblemente la mejor del mundo”).

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El “back packers” u hotel para mochileros fue una casualidad y un acierto encontrarlo. Nos quedamos cinco días explorando pequeños pueblos, comiendo pescados del lago y bañándonos pese a la advertencia de infectarnos con el parásito que puebla estas aguas transparentes. Merecería la pena.

Blantire: en busca del sur

Y una mañana lo decidimos: ¿y si cruzamos a Mozambique por donde nadie lo hace? Y si buscamos la frontera sur. Y así lo hicimos. Nos pusimos en marcha en lo que sería un día agitador, pero lleno de aventura.

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Primero cruzamos una cordillera, unos 220 km de pista sencilla, excepto en algunos tramos, que se complicaba con piedras o rocas. Atravesamos más de veinte pequeñas aldeas que viven del té y el maíz. Alucinaban a nuestro paso…y nosotros nos preocupábamos cada vez más por la gasolina.

Con la Scrambler por pista, que no se supera los 60 km/h, el consumo es muy reducido, pues llega a realizar unos 260 km antes de la reserva, pero llevábamos ya 200 km y no se veía el final de estos montes. Menos mal que encontramos gasolina en el “mercado negro” es decir, un puesto de botes de cristal que vendían la gasolina a precio de oro. Llenamos dos litros más y continuamos.

La bajada fue espectacular y los caminos, cada vez más abandonados y rotos. A esas alturas, sobre las dos de la tarde, ya sabemos que nos habíamos metido en un buen lío, pero queríamos llegar hasta ese paso fronterizo, al sur. El camino terminaba donde empezaba un pequeño sendero, con cañas a los lados que no me daban buena espina. Tras ellas, una explanada llena de arena fina con un poblado al lado.

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Seguí el camino marcado por la supuesta carretera del navegador hasta que dos hombres, a grito pelado desde el otro lado del camino, llamaron mi atención: por ahí no se puede, es un antiguo cauce de un río y el camino está roto. Gira a la derecha, toma ese otro camino y llegarás a una orilla. Así fue, el caminito de arena daba a una orilla, de un río enorme que hacía las veces de frontera con Mozambique.

Casi pasamos al otro país sin un sello en el pasaporte, lo que nos ocasionaría problemas para salir. Negociar con los barqueros bajo el sol, con 200 km de pista a mis espaldas y mucha humedad, no fue sencillo. Casi no nos quedaba moneda (ya que apuro cuando cambio de país), pero la frontera estaba cerca.

Tras el cruce en unos barquitos de madera que daban miedo, una pista de arena me esperaba. Mi poca destreza sobre arena, el peso de la moto, el sudor… no lo estaba pasando bien. Y menos al descubrir que al final de ese camino volvía a haber cañas que avisaban de que el agua, de nuevo, estaba cerca.

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Bangula: de vuelta a Blantire

Continuamos la travesía por una pista que mezclaba la arena blanca con la piedra dura. Atravesando pequeñas poblaciones llegamos hasta la frontera sur. Nuestro gozo en un pozo. Ese pequeño lugar, con una oficina de emigración de madera destartalada, sin bandera ni nada que lo anunciara. En su interior, un hombre charlaba con un europeo, el dueño de un 4×4 de Médicos sin Fronteras que había al lado.

Salí con las orejas gachas… no nos dejaban pasar, bueno, sí, pero de hacerlo no podríamos volver a entrar… y no teníamos la visa de Mozambique y en ese pequeño lugar y su aduana no la vendían.

Los hombres y los burros pasaban de un país al otro sin mirar a los lados, la vida era absolutamente anormal para un paso de fronteras, pero sobre todo para nosotros. Tendríamos que regresar. Y otros setenta kilómetros de camino, pista y arena. Mi moto subió el repecho que quedaba y se situó sobre una parte del camino de mayor altura. Miré a los lejos, agua. Miré delante de mí: barro, mucho barro hasta la orilla, cañas chafadas para poder superar el barro, más barcas, más dinero y mucha sed.

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Me puse a llorar.  Fue mi manera de quitar hierro al asunto; llevamos más de cuatro horas  sobre la moto cruzando montañas y ahora esto… Pero cuando volví a tomar resuello e intentar pasar la moto hasta la orilla, bajo un sol abrasador y muchísima humedad, la Sled de mi compañero se para.

Por el casco oigo una blasfemia, la moto no arranca, y lo primero que me viene a la cabeza es pensar en el cable de la pata de cabra. Lo transmito y, en efecto, este era el fallo. Ahora habría que hacer un puente y cruzar los dedos. Al final, todo funcionó y, tras otra larga discusión con los barqueros, las motos estaban de nuevo sobre el agua. La travesía duró más de veinte minutos entre cocodrilos, nenúfares, insectos y humedad. El final estaba cerca. Tendríamos que ir con dos de ellos en las motos para sacar del cajero del pueblo y pagar el transporte.

El cajero no nos dio el dinero y nos tuvimos que quedar a dormir para cambiar unos pocos euros en el banco y partir al día siguiente hacia la frontera “normal”. Pese al calor, la falta de gasolina, los barqueros, no tener dinero y tener que regresar, fueron uno de los días de más aventura del Desafío África 2018.

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Una cerveza fría nos esperaba en el cuchitril donde dormimos, que nos pareció como un resort de los buenos. Al día siguiente, en menos de dos horas, estábamos cruzando Mwanza y pisando tierra mozambiqueña.

Mozambique

La frontera más amigable del viaje, así titularía yo esta entrada en Mozambique. No tuvimos que pagar nada, no miraron las motos, no nos dieron la brasa… con nuestro visado (de más de 60 dólares por barba) y con una sonrisa estupenda por parte del policía de aduanas, nos dejaron pasar. Y se hablaba portugués, por fin el “portuñol” me iba a servir en un viaje fuera de la Península.

Bienvenidos al enorme río Zambeze, que cruzamos por uno de sus cuatro puentes a Tete, la ciudad más cerca de Malaui. Bienvenida la comida deliciosa y barata… y la superpoblación.

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Porque Tete estaba llenísimo de gente, trabajando, de aquí allá, de tiendas, colas en los cajeros (con un agradable aire acondicionado dentro y un guarda que ponía orden en la fila antes de entrar), la falta de lluvias y la promesa de encontrar las mejores playas del océano en esta latitud.

Chimoio, Vilanculo y Tofo

Así son los nombres de las poblaciones con las mejores playas. Mucha carretera en Mozambique, en buen estado según en qué sitos, y unas ciudades con un rancio estilo portugués, como Vilanculo y su arena blanca, con barcos parados desde hacía siglos en su costa.

Marcos muy baratos, pescado cocinado de cien maneras y el famoso piri-piri (un picante hecho a base de guindilla roja) nos daban la bienvenida a este curioso país que vive en la posguerra. Edificios medio en ruinas al lado de magníficos resort para recién casados, puestos callejeros y mucha mucha gente joven.

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El esfuerzo de llegar a Tofo por su camino de arena blanca mereció la pena: la playa kilométrica y descubrir una de los poblados más famosos por su vida relajada y turismo escaso fue el colofón a un viaje que empezaba a acercarse hacia el final: Sudáfrica. A un paso.

Xaixai, la capital y  la frontera

Tras unos merecidos días de descanso en la playa, descanso que utilizo para escribir estas líneas, seleccionar las fotos y decidir los próximos recorridos, llegamos hasta Maputo, la capital.

Maputo te recibe moderna, con una carretera que bordea la gran playa blanca, los edificios, rascacielos a un lado, los chiringuitos para comer en verano, al otro. Restaurantes, clubs, cafeterías… de pronto, Africa lo tiene todo. Es la puerta a Sudáfrica y la influencia económica se nota.

En esta ciudad rica en cultura, los edificios antiguos son preciosos; la gran estación de tren, magnífica; el mercado central, la plaza de los artesanos, las cadenas de restaurantes y el pescado bien cocinado. Todo está en Maputo. Los blancos son algunos más que en otros lados, y aun así, nuestras motos, la Ducati Desert Sled roja y la Urban Enduro verde, siguen llamando la atención.

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La gente nos pregunta en la calle, en los hoteles, en los bares. Unos modelos de la italiana que hasta el momento no han tenido problemas mecánicos de ningún tipo, solo un pinchazo en Etiopía, al comienzo de este Desafío Africa 2018.

Estoy contenta, motivada para terminar este viaje en uno de los países que más me llaman la atención por su cultura e historia, por sus paisajes y grandeza: Sudáfrica. Además, llega un nuevo componente a este grupo: Polo Arnaiz, ese viajero que recorrió el mundo en una Triumph y con el que estuve este pasado año en los Himalayas indios. La aventura continúa…

Texto de Alicia Sornosa

Rutas

Ruta de la Seda (1ª parte): Una moto en un mar perdido

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Ruta de la Seda

Fue uno de los mayores desastres ecológicos causados por la mano del hombre, en concreto por la mano de la antigua Unión Soviética y sus plantaciones de algodón, el oro blanco, que desviando los ríos Amu Daria y Sir Daria para regarlas, terminaría secando al mar de Aral y convirtiendo la zona en desértica, sometida a fuertes tormentas de arena, polvo y ántrax que hace que sus habitantes, los pocos que quedan, sufran graves enfermedades respiratorias.

Como en viajes anteriores, se hace necesario atravesar Italia, Grecia y Turquía, la eterna Turquía, para adentrarse en Georgia y Azerbaiyán. Cruzo estos países rápidamente, ya los conozco.

El objetivo es ganar tiempo para recorrer la zona uzbeka y kazaja del mar de Aral, así como las principales ciudades de la Ruta de la Seda.

Estamos en pleno corazón de la misma. Pero viajar en moto es una película cuyo guion se escribe día a día, así que se fueron sucediendo un montón de historias alegres, tristes, de agotamiento, estresantes y un sinfín de ellas que hacen cada viaje único. Dos personas pasando por el mismo lugar lo vivirán de diferente forma. ¡Es la grandeza y la riqueza del viaje!

Paso la noche en Batumi (Georgia), frontera con Turquía. Bajo una incesante lluvia y una máxima de 8 grados atravieso el país con la intención de dormir en la villa olímpica que hay tras la frontera de Azerbaiyán, a unos 70 km. Esta vez voy por una carretera de montaña que al final se complicó bastante por haber muchos tramos cortados.

Llego tarde y cansada a la frontera. No presto atención a que llevo la bandera armenia en la moto, ni me acuerdo, estoy agotada. Guardo cola tras un coche de alta gama y destartalado que hay delante de mí. Cuando llega mi turno, en la ventanilla de inmigración, empiezo a escuchar voces. Un militar con una navaja golpea mi maleta.

¡Me doy cuenta rápidamente de lo que está sucediendo! “Big problema, big problema”, me grita una cara endiablada. Intento hacer que no sé de qué va todo aquello, pero me hace ir hasta allí para señalar con desprecio una bandera, la de Armenia. ¡Soy tan solo una viajera, no entiendo nada más!, le dije, pero con aquella navaja la rayaba, ¡Me puse sería e hice un gesto de basta ya con la mano!

Me llevaron a una pequeña garita y vino un jefe con muchas estrellas. Gritaba y gritaba en azarí. Revisando encuentran los sellos de Armenia del año anterior. No me dejaban entrar en el país y ya empezaba a trazar un plan B.

Nuevamente me conducen a la moto y les digo que si el problema era esa pegatina, la quitaba. Tiré de ella y se la día a un militar, que rápidamente me indicó que la de la otra maleta también. Las cogió, arrugó entre sus manos, tiró al suelo y pisoteó para terminar con ellas en el cubo de la basura. Y así, de esta manera, tras más de dos horas en la frontera, pude finalmente entrar en el país.

Una ruta muy dura

“Maybe tomorrow”. Esa era la respuesta que recibí durante tres días en el puerto de Alat, al sur de Bakú (Azerbaiyán). Tras comprar el billete, te explican que no saben con certeza cuándo llega el barco. Al parecer, el mar Caspio es muy traicionero y tan pronto está en calma como una fuerte tormenta pone en peligro a los navegantes, ¡eso me dijeron!

Después de 3 días y 10 horas, consigo embarcar en un carguero, que estaba literalmente para el desguace, pero allí viajaban cientos de camiones para Kazajistán, al puerto de Aktau.

Casi dos días de travesía. Cuando llegamos al puerto, era de noche. Subieron un montón de militares kazajos que nos hicieron ponernos a todos en fila para revisar nuestro equipaje. Eso y un enorme pastor alemán, que lejos de la “sutileza” de los perros policía que conocemos, olisqueaba y desperdigaba todo.

Se subía a las personas ante la atenta mirada de estos militares que nos hicieron bajar del barco por una escalerilla y volvernos a poner en fila para registrarnos otra vez con los perros. En una pequeña furgoneta, nos trasladaban en grupos de 12 hasta la oficina de inmigración alejada de la zona y a la que tuvimos que volver caminando. Una vez la moto fuera, otro registro, sacar todo de las maletas y nuevamente el perro. Si al puerto llegamos a las 23.00 h, cuando llegué al hotel eran la 06.30 h de la mañana.

Me lo habían dicho, era una carretera muy dura. Conocía experiencias de otros viajeros que literalmente, terminaron con los tornillos en la mano. Imagino, que me había mentalizado tanto de la dureza, que al final, aunque lo fue y mucho, sentí que no era para tanto.

Beyneu, Nukus, dos ciudades con una frontera en medio de la nada entre Kazajistán y Uzbekistán. Más de 500 km, sin gasolineras, sin nada. Solo desierto, el de Kyzyl Kum, cambiante y que, cuando lo atravesé, tenía unos impresionantes bancos de arena que pusieron a prueba a la moto y a mí. Los primeros 167 kilómetros son fuertes, después, hasta completar los 550 totales, la cosa se suaviza un poco, pero la carretera está tan rota que la moto va saltando constantemente con esa sensación de que se rompe, entre camellos y caballos salvajes que te vas encontrando.

La frontera entre Kazajistán y Uzbekistán es, digamos, muy peculiar. Te hacen atravesar un enorme charco de agua antes de entrar en la parte kazaja, y esto es en todas las fronteras así, como comprobaría más tarde.

Llego cubierta de polvo, una enorme caravana de coches cargados hasta casi no verse están delante de mí. Bajo de mi moto y me acerco a preguntar a un militar que está a lo lejos. Enseguida, como ocurre siempre, mi moto desaparece rodeada de un montón de hombres que la tocan, miran y remiran. El militar me indica que me acerque con la moto. Entre todos aquellos coches atravesados por aquí y por allí, llego y empieza el papeleo y el típico “Madrid o Barcelona”. La cosa pinta bien, y va todo de una forma sorprendentemente ágil para todo aquel caos que habían montado en mitad del desierto.

Muchos viajeros me comentaron que suelen hacer el tramo en dos días, pero decido quitármelo de encima lo antes posible y, tras vaciar los 11 litros de gasolina extra que llevaba en las garrafas, llego ya de noche a Nukus, donde duermo.

Cementerio de barcos

La señal de la era soviética todavía da la bienvenida a la gente en esta parte uzbeka del mar de Aral, con un pez que simboliza lo que en su día fue la riqueza de aquella zona; un importante puerto pesquero convertido hoy en cementerio de barcos.

Lo había visto muchas veces en fotografías y vídeos, pero aun así impresiona ver aquellos barcos oxidados en medio de un desierto que fue fondo marino. Decenas de miles de personas vivían antes allí, con importantes industrias conserveras. No solo la ciudad murió, sino muchos de sus vecinos, debido a enfermedades en los pulmones por el polvo, contaminación de fertilizantes y lo que allí in situ descubrí en la parte kazaja, el ántrax.

Aparqué mi moto y me senté junto a ella, observando aquella desoladora imagen y a algún turista bromeando cual pirata subido en los barcos abandonados. Un niño en bicicleta se acercó a mí, supongo que atraído por la moto, pero en cuanto vio mi cámara entre las manos, me gritó: “Turist no, photo no”. Y no me extraña; era su forma de vida y ahora para algunos era un atractivo turístico. Hasta gente de fuera ha montado allí una especie de restaurante para quienes visitan el cementerio de barcos.

Intenté hablar con la poca gente que queda en Moynaq, pero no hubo forma, se dan la vuelta, no quieren saber nada. Si te paras a hacer una foto, enseguida se esconden.

Localicé una antigua fábrica de conservas en mitad de unas calles desérticas y al fondo había una señora que rápidamente se metió en su casa.

Es triste y desoladora la imagen. Ante mí, una importante y próspera ciudad de Uzbekistán que ha quedado reducida a polvo. Aquel desierto con barcos varados aquí y allí hace que nadie hubiese imaginado un guion tan dantesco.

A las afueras, algunas comunidades científicas han trabajado para recuperar la zona, pero francamente creo que nada se puede hacer ya. Al menos, han conseguido que pueda haber vida en las piscinas que hay rodeando la ciudad y sus gentes puedan pescar en ellas.

Me voy de allí, con esa mezcla de sentimientos de alegría por haber llegado con mi moto y de pena por ver lo que la mano del hombre es capaz de hacer.

Queda todavía la parte de Kazajistán de este mar, este mar perdido, así que continúo ruta y aprovecho para visitar las principales ciudades de la Ruta de la Seda.

En el corazón de la Ruta de la Seda

Giva-Khiva, la ciudad de las mil y una noches. Preciosa ciudad por la que paseé a diferentes horas del día y de la noche. Esa ciudad que esconde la triste historia de haber sido uno de los principales mercados de esclavos hasta 1865. Se dice que las murallas de su ciudad fueron construidas en tan solo 30 días por multitud de presos.

Pero si algo destaca de Giva, es su enorme cilindro Katal Minor, cubierto con dibujos en azulejo que se sitúa entre madrasas. Minarete inacabado y que te deja con la boca abierta. Cientos de turistas entre sus calles y más de 200 monumentos que visitar. Es una ciudad como las que podríamos ver en Afganistán o en Irán; de hecho a mí me recordaba constantemente a este último país que recorrí en moto en 2016, solo que debido a la sovietización y con ello prohibición de las religiones, desde sus minaretes no hay llamadas a la oración y dentro de sus mezquitas y madrasas hay mercados. Me pregunto una y otra vez qué pensarán los vecinos de estos países tan estrictos con su religión.

Me voy a un mercado local con un chófer que se dedica al turismo a comprar unas tarjetas para mi cámara, que por algún motivo no funcionan, y aprovecho para cambiar dinero en el mercado negro, algo prohibido en estos países. Compré música uzbeka y aquel hombre y yo atravesamos la ciudad sonrientes, con las ventanillas bajadas y el volumen bien alto.

Reconozco que al principio me costó mucho coger confianza. Quizás la apariencia de sus gentes. Pero ha llegado ese momento mágico en el que llamas tú la atención y entonces eres el motivo de las miradas. Paseo tranquilamente entre la gente que me para hacerse fotos conmigo.

Dejo esta ciudad tras visitar minaretes, madrasas, paseos entre sus calles, para continuar ruta hacia Buhara.

Las carreteras en Uzbekistán están rotas, ¡no hay socavones, hay pozos! en la carretera y tienes que ir buscando el menos profundo. En uno de estos y sin posibilidad de esquivarlo por un camión, enseguida me di cuenta. ¡He pinchado, pensé!, sin mirar, abrí mi maleta y saqué el kit de pinchazos para ponerme manos a la obra, pero la cosa era más grave, la llanta estaba rota.

Arrastro la moto hacia un tendejón que había visto al pasar. Me parecía buen sitio para buscar soluciones. Un chico que se presentó como Hasmin me ayudó en el último tramo. El hombre metió aire en mi rueda pero nada, y con un martillo se lió a golpes para enderezar la llanta, pero el problema era grave, y no había forma. Necesitaba encontrar a alguien que soldara aquello y estábamos a unos 40 km de Buhara, unas dos horas en coche. No me entendían, nadie habla inglés en aquella zona, así que terminé dibujando un camión en una libreta.

En la ciudad no encontrábamos a nadie, hasta que di con un taller y un chico que me soldó aquella llanta, que no volvió a perder aire y gracias a él terminé mi viaje.

El día tenía que terminar bien y, a pesar de que entré en Buhara de noche, el hotel que encontré estaba en el mismo corazón y, para rematar, un grupo de españoles que me reconoció vino a las puertas del hotel a saludarme. Ahora tocaba llegar a Samarcanda.

Continuará…

Galería

Texto y fotos: María Elsi

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Rutas

Los Black Ravens calientan motores en Robledo

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La sierra oeste de Madrid, conocida por sus sinuosas carreteras y paisajes de montaña, volvía a acoger un evento motero organizado por el joven grupo Black Ravens, que eligió como ubicación la población de Robledo de Chavela, próxima al conocido puerto de montaña de La Cruz Verde.

La Plaza de España acogió esta primera jornada motera de los Black Ravens en una fría mañana de invierno. Allí se instaló un escenario, barras de bar, tiendas de souvenirs del Puerto de La Cruz Verde, un mercadillo motero, grandes coches clásicos americanos de película y se preparó una exposición de motos clásicas, entre las que no faltaron las míticas marcas de motos Derbi y Montesa.

Esta era la primera edición y, aun así, hubo una gran cantidad de motos y moteros venidos de todas partes, por lo que coincidimos con muchas otras caras conocidas. A media mañana se realizó una ruta turística para ver y disfrutar de los famosos Dragones de Robledo, un conjunto de impresionantes pinturas medievales del siglo XV dibujados en las bóvedas de la iglesia de Robledo de Chavela.

El ambiente seguía en la plaza con cerveza gratis para todos hasta que, a la una de la tarde, se procedió al acto oficial de inauguración de esta primera concentración de los Black Ravens, con corte de cinta incluido por parte del alcalde. Aprovechó para dedicar unas palabras de apoyo tanto a los organizadores como a los asistentes, a los que también agradeció la visita a este primer evento que, viendo el éxito de la primera edición, se convertirá muy probablemente en un punto de partida de muchas matinales moteras más.

La jornada se remató con el concierto de rock del conjunto DrZAS y con el sorteo de regalos. En definitiva, un gran día motero en buenísima compañía en la que todos disfrutamos muchísimo. Aprovecho para felicitar a los Black Ravens por su trabajo, entusiasmo y organización.

Os esperamos en Robledo de Chavela.

¡Saludos y ráfagas!

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Rutas

Asociación Harlista de España y Dedines: juntos por una buena causa

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Un año más, la capital motera del sur de Madrid – Getafe – volvía a celebrar el maratón por la discapacidad. La Asociación Dedines, organizadora del evento, volvió a contar con la presencia de las motos, entre ellos, la Asociación Harlista de España y el Vespa Club Alcalá de Henares, que asistieron con un numeroso grupo de Vespas, desde las más antiguas a las más modernas y acompañadas por la moto de seguimiento de Dani Gárgoles.

A las diez y media se congregaron todas las motos en la cabeza de carrera del maratón. Después de la mañana de acción, todavía quedaba un montón de actividad por delante, como visitar la carpa de la Asociación Harlista de España o subir a sus voluptuosos modelos. También se pudo disfrutar del carismático Vespa Club de Alcalá de Henares y realizar actividades relacionadas con la seguridad vial, como un circuito de educación vial de karts con la colaboración de la Policía Local de Getafe. Los asistentes también tuvieron a su disposición todo tipo de señales de tráfico, escuela de conducción y una exposición de los nuevos vehículos de la Guardia Civil de Tráfico, entre los que se encontraban sus modernas BMW o las polivalentes Yamaha XT del Servicio de Protección de la Naturaleza.

Tampoco se perdieron la cita los vehículos del Ejército de Tierra, de seguridad y emergencia, ni algunos coches de competición. Al terminar el maratón, la Asociación Dedines otorgó a la agrupación harlista un merecido cuadro diploma de agradecimiento por su ayuda y su aportación a la labor solidaria.

Un gran día de motos con el que no solo disfrutas, sino que sientes que con tu presencia has podido hacer tu particular aportación a una buena causa, como es la de los niños con discapacidad y necesidades especiales Nos vemos en Getafe… ¡Hasta la próxima edición!
Saludos y ráfagas

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