Dejamos atrás Asia: Hola, civilización. Pisamos Canadá
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Dejamos atrás Asia: Hola, civilización. Pisamos Canadá

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Vuelo con Air Philippines el día 17 de mayo. La moto debo meterla en la caja y mandarla por flete marítimo. Supondrá 25 días de espera, pero mandarla por avión resulta prohibitivo. Este transporte intercontinental lo sufragará Productos Cárnicos Salami, S.A., patrocinador que se ha encargado de la mayoría de los vuelos de la BMW.

El mismo 17 acudo a las cercanías del aeropuerto. En una gasolinera lavan a Atrevida. Luego me dirijo a un almacén donde construirán la caja. Allí me cambio y meto mis cosas en las maletas. Al abrir una de ellas descubro que he cobijado un hormiguero entero. Pequeñas hormigas corretean entre mis herramientas. Me pregunto qué diablos comerán.

Llego al aeropuerto justo con las dos horas mínimas de antelación de todo vuelo internacional. Cuando me acerco al mostrador de facturación veo que delante de mí hay una pareja occidental. Protestan porque hay overbooking. “Oh, no”, me digo. Una vez delante de la empleada, leo las compensaciones previstas para los que acepten quedarse en tierra. Contesto a la señorita que no acepto la compensación y que deseo volar ya. Consulta con su superior, que anda ocupado resolviendo los problemas derivados de vender más billetes que plazas, y éste le hace una seña. Et voilà, tengo tarjeta de embarque. Cuando veo mi plaza, la 15 G, pregunto si es acaso Business Class.

—Así es —confirma ella—, volará usted en clase superior.

Mi alegría se desborda. Literalmente. Subir de categoría en un vuelo transoceánico supone una diferencia abismal. Camino casi levitando hacia la sala de espera. Una vez a bordo nos dan de cenar y acto seguido apagan la luz como en las granjas de pollos. Es un modo de luchar contra el jet lag porque, viajando hacia el este, aterrizaremos antes de la hora en la que despegamos.

América
La ciudad más grande de la Columbia Británica me agrada por su limpieza, su aire puro, su desarrollo y su ambiente liberal, pero me resulta extremadamente fría. Humanamente fría, me refiero. Casi imposible obtener una sonrisa espontánea. Esta frialdad debería irritarme, pero por ahora no es así. Vengo muy gastado de África, de India y sobre todo de Asia. Demasiada proximidad entre los seres humanos. Demasiada población. Demasiado calor. Demasiada basura. Demasiada miseria. Caer de pronto en el límpido Canadá de las mil y una reglas me está resultando como una cura de silencio y autonomía personal. Nadie me mira por la calle. Sólo eso ya es un cambio tan radical con lo que he vivido los últimos meses que me parece estar flotando. Sin moto sólo soy un peatón anónimo. En pocas semanas aborreceré esta asepsia anglosajona, mas ahora la disfruto como un lujo exclusivo.

Mientras espero a Atrevida, BMW Motorrad Canadá me deja una RT 1200 gracias a las gestiones de la filial española. Voy a poder seguir buscando exploradores olvidados en la isla de Vancouver. El viaje hasta Horsebay es corto. Un desvío hacia el puerto. La carretera desciende pronunciadamente hasta una bahía encerrada entre montañas. Es viernes y la cola del ferry es casi kilométrica.

El barco es moderno, lleno de comodidades. Cafetería, tienda de recuerdos y hasta wi-fi. Desde la proa se divisa un horizonte encrespado de islas, fiordos y montes. Hoy está cubierto de nubes totémicas, apelmazadas y desafiantes. Pero no llueve. Una hora y 45 minutos después llegamos a Nanaimo. La autovía del norte trae mucho tráfico y semáforos, aunque a medida que nos vamos alejando de la población se va despejando. Cuando tomo la desviación hacia Tofino, la ruta se encrespa y revira. Hay que cruzar las montañas que hacen de espinazo de la isla. La cordillera tiene las cumbres nevadas y caudalosos ríos lamen sus faldas. Es inmensa. Todo en América es inmenso. Es gigante. Y casi todo está por explorar. Los canadienses han hecho un buen trabajo y tienen unas buenas infraestructuras, pero esto es tan vasto, que apenas han arañado un poco esta geografía descomunal y salvaje. La sensación que embarga al ser humano es de pequeñez, de ser una mínima mota de polvo sobre un espejo infinito que refleja su diminuta dimensión.

Me gusta verme diluido en la inmensidad de desiertos, selvas o bosques continentales de cedros y abetos como éstos. Ríos, lagos, montes… los accidentes se suceden y vamos avanzando con la retina llena de belleza. Tras un par de horas de hipnótica conducción llego a Tofino, aldea ubicada en el extremo de una península. Es una localidad turística dedicada al surf y la contemplación de las ballenas. Dicen que es el único spot surfero de todo Canadá. Por supuesto, surf con neopreno de varios milímetros.

Si en junio hace tanto frío, cómo debe ser en invierno, me pregunto frente al cartel de “Welcome to Tofino”. Falta una eñe, por supuesto. El pueblo se llama así en honor de Vicente Tofiño, cosmógrafo, director de la escuela de Guardamarinas de Cádiz y maestro de Dionisio Alcalá Galiano. Un ilustrado para una España que no quería saber nada de conocimientos y ciencia.

Días eternos
En la costa oeste se encuentran las playas de arena, largas y planas. Me alojo en una cabaña de la Mackenzie Beach. El lugar es paradisíaco. Estoy frente al mar. Tengo algunos árboles delante. El liquen se adhiere a su corteza y a través del entramado que forman diviso un sol terco. No se acaba de hacer de noche. Tan al norte, los días son largos, casi eternos. Ha pasado un año desde que salí de España y estoy como lo empecé, con días que no terminan, como cuando subí a Cabo Norte.

El color del cielo es de un azul desvaído. Descolorido. Algo triste. Pero es tan bello, que la melancolía no molesta. A veces es agradable estar triste sin más motivo que un paisaje grisáceo o el vuelo de unas gaviotas. Lo que veo me recuerda a las pinturas holandesas. Parejas y familias pasean junto al agua. Algunos van en bicicleta, otros llevan perros, aquellos otros corren. Pero todo termina y hasta este astro obcecado se acaba rindiendo de cansancio. Poco a poco el resplandor se apaga y va muriéndose en un estertor rosáceo.

Despierto en mi cabaña frente al mar. Descorro las cortinas de la cristalera que hace de entrada. Una luminosidad cenicienta invade el básico dormitorio. Sigue lloviendo. Una lluvia translúcida y fina que abrillanta los perfiles.

Al atardecer llego a la pequeña localidad de Port Renfrew, en la costa oeste y al final del estrecho de Fuca, llamado así por Juan de Fuca, otro de nuestros exploradores olvidados. Subo una empinada colina. La carretera está hendida en el bosque compacto de cedros y coníferas. Tienen algo de telúrico estas selvas frondosísimas y espesas. Impenetrables. Ominosas. Húmedas. Alcanzo la cima. Hay un enorme cartelón. “Botanical Garden Juan de Fuca”. El bueno de

Ionis Foka, nacido griego y vecino de Tefalonia, quien pudiera ser tanto uno de los más grandes exploradores al servicio de la corona española o un impostor de tomo y lomo. O quizá, como ocurre tantas veces, las dos cosas al mismo tiempo.

Se supone que el primer europeo que navegó el estrecho entre lo que hoy son Canadá y Estados Unidos fue este marino heleno al servicio de Felipe II en el siglo XVI. Las órdenes dadas por el virrey de la Nueva España eran intentar encontrar el mítico estrecho de Anian que uniría el Pacífico con el Atlántico. Desde que Núñez de Balboa cruzara a puro huevo el istmo de Panamá y se enfrentara al gran océano Pacífico, todos los esfuerzos se centraron antes en hallar un paso navegable que en colonizar el Nuevo Mundo. Las especias seguían siendo la prioridad y en América no estaban.

Eso fue lo que vino a buscar nuestro Juan de Fuca. Se supone que en 1592 encontró este estrecho y que él tomó equivocadamente por el auténtico camino al Atlántico. Regresó a Acapulco y alegando su descubrimiento pidió prebendas que nunca le fueron concedidas. Enfadado, puso proa a España, donde tampoco se le hizo mucho caso. Entonces tomó contacto con un inglés llamado Locke a quien contó toda la historia. Fue este Locke quien escribió el relato, añadiendo el pintoresco dato de que este decepcionado Juan de Fuca estaba dispuesto a enrolarse en la Armada de Isabel de Inglaterra.

No se tienen más noticias de este personaje hasta que en 1787 un capitán inglés, Barkely, navega el estrecho y le pone el nombre de Juan de Fuca en honor de quien se supuso que fue el primero en hacerlo, aunque tanto en su descripción como en su ubicación geográfica comete errores de bulto, así que no pocos estudiosos dudan de que en realidad Fuca hubiera descubierto nada más que unas irresistibles ganas de enriquecerse contando milongas. Sea como fuere, el estrecho lleva su nombre y lo mismo este inmenso bosque asomado al mar.

La carretera hacia el lago Cowichan resulta maravillosa. Tras cruzar la isla de un extremo al otro, llego a Crofton. De aquí sale el ferry para Saltspring Island y de ahí otro a Galiano Island, una isla diminuta y alargada de estrecha carreterita que la surca de norte a sur. Fue llamada así en honor a Dionisio Alcalá-Galiano, hijo de esa España que pudo haber sido y no fue. Militar, marino, pero sobre todo científico. Un ilustrado, un hombre de su tiempo, del Siglo de las Luces, miembro de una generación culta que pujó por un futuro mejor para su patria. Miembro de la expedición de Alejandro Malaespina. Encargado por éste de la exploración de Alaska y Canadá en busca del ansiado paso al Atlántico, fue el primero que circunnavegó la isla de Vancouver, atravesó el estrecho de Georgia que la separa del continente y descubrió el archipiélago del Golfo. Siendo científico murió como héroe en la batalla de Trafalgar. Antes de que una bala le volara la cabeza gritó: “¡Ningún galiano se rinde!”.

Por Miquel Silvestre

Ruta publicada en la revista Solo Moto nº1914

 

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