De ruta por las 5 puntas de España
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De ruta por las 5 puntas de España

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Tenía planeado hacer el viaje en junio, pero tuve que cambiar las vaca­ciones a la primera quin­cena de septiembre, por lo que la primera etapa, de Lleida al faro de Cap de Creus y vuelta a Lleida, la hice independiente a pri­meros de junio, ida y vuelta el mis­mo día, sin pernoctar fuera de casa.

A principios de septiembre emprendía el viaje para completar el resto de los puntos de mi ruta prevista. Salí rumbo hacia el Pirineo aragonés. Visita a Roncesvalles y recorrido por el puerto de Ibañeta, por donde entra el Camino de Santiago en España.

Tras pasar los puertos de Aurizberri y Erro, llegué a Vitoria, visita al centro histórico y cena a base de tapas, después de unos 680 km.

Al día siguiente disfruto de la Ruta de los pantanos, se pasan tres, muy buena carretera, de esas que agradeces con la moto, ya que estás más rato inclinado a derecha o izquierda que circulando recto, aunque los pantanos estaban a un 40 o 50 % al ser finales del verano.

Al llegar a Cangas de Onís y des­pués de hacer las fotos de rigor en su puente romano, fui hasta el san­tuario de Covadonga. Después de la visita bajé hacia Arriondas, don­de me costó encontrar la carretera AS-260 para subir al mirador del Fito, donde ya había estado el año pasado haciendo la Traks Astures de BTT, y si entonces estaba llo­viendo, hoy había una niebla que no dejaba ver apenas el paisaje de la costa asturiana.

Al bajar el Fito, dirección a Colunga, y por motivos de hora­rio, tomé la autovía hasta pasado Ribadeo, donde cogí la carretera de la costa, encantado al pasar por los bosques de eucaliptos, ya que desde la moto, a diferencia de con el coche, se puede oler su balsámi­co efluvio, hasta llegar al hotel que tenía reservado en Viveiro. Buena cena y buen descanso después de hacer unos 680 km.

Después de un buen desayuno, que hay que coger fuerzas de bue­na mañana, lo primero que hago es ir hacia el punto más septentrional de la Península, el faro de la Estaca de Bares, donde me hago las perti­nentes fotos de recuerdo. Sigo por la AC-862 dirección a La Coruña, pasando por Ferrol, atravesando numerosos bosques de eucaliptos.

Tras la rápida visita a La Coruña, tomo la AG-55 para ir hacia Finisterre, donde puedo hacer algunas fotos del faro y del km 0 del camino de Santiago, pero el lugar está envuelto en una espesa niebla que parecía Lleida en diciembre cuando hay anticiclón, por lo que no se puede ver nada del paisaje que nos rodea.

Por tierras portuguesas
 

Después de tomar algo de comer en Fisterra, tomo la AC-550, siguiendo la costa. Pasado Muros tiene lugar el único incidente con la moto de todo el viaje. Al llegar el cuentakilómetros a los 55.555, quise parar para hacer una foto a dicha cifra, con la mala suerte de que al parar en una bajada y, tal vez por no haber extendido del todo la pata de cabra, esta se pliega y la moto se cae hacia el lado izquier­do, con el único daño de la cazo­leta del retrovisor izquierdo que se queda bailando y dificultando la visión.

Intento arreglarlo con las herramientas de la moto, pero no hay manera, así que al cruzar un pueblo, encuentro una ferretería donde compro pegamento Nural y en unos minutos hago una repara­ción de urgencia, que ya me sirve para el resto del viaje.

Después de Pontevedra, me des­vío hacia Marín y Bueu, en la penín­sula del Morrazo, Dios nos libre de dárnoslo, siguiendo después de Vigo hacia la bonita ciudad de Baiona y uno de los tramos más encantadores del viaje, ya que, bajando hacia A Guarda, tenemos el Atlántico a nuestra derecha, y si lo haces a últimas horas de la tarde, con el sol poniente como es el caso, tenemos un paisaje doble­mente bello.

Una vez en A Guarda, a buscar el hotel, ducha y paseo por el puerto y a cenar en el paseo marítimo, después de una jornada motera de 534 km. Después de desayunar, subo al monte de Santa Trega, con unas buenas vistas del puerto de A Guarda por un lado y de la desem­bocadura del Miño que se encuen­tra cubierto por la niebla por el otro. Enfrente, el Atlántico. Precioso pai­saje contemplado desde la altura.

Llego al cabo da Roca para hacer las pertinentes fotos y con la can­tidad de gente que hay, tardo más de media hora en poder plantar el trípode y hacerme una foto sin que ningún guiri se me cruce delante. Agobiante.

Vuelvo a coger la moto, paso por las playas del Guincho, donde a pesar de ser primera hora de la tarde de un viernes, hay lleno absoluto. Voy por Cascais para coger dirección Lisboa, donde me cuelo un par de veces hasta que al final cojo la dirección correcta, atravesando el Ponte 25 de Abril, impresionante, con el carril izquier­do de enrejado metálico, que evité pisar por si acaso, y tomar la A2 en dirección a Evora, hasta llegar al hotel. Esta es la etapa más aburrida y endiabladamente monótona del viaje. Por eso me sale un kilometraje del día de 666 km.

Salgo de Evora en dirección hacia Beja, entre el paisaje alentejano, por carreteras secundarias con poco tráfico. Se enciende la luz de reser­va de la moto, pero con el precio de la súper en Portugal, a 1,62 euros/ litro, y con la autonomía de la SV, tiro adelante hasta repostar al entrar en España por Rosal de la Frontera.

Sigo por la N-433 pasando por la sierra de Aracena, y paro en Jabugo a comprar jamón envasado al vacío. Por cierto, una curiosidad es que de la cantidad de dehesas de encinas que atravesé, en ninguna pude ver cerdos ibéricos. Vi vacas, ovejas, cabras, toros, caballos, pero de cer­ditos, ni uno por equivocación.

Sigo adelante y en el empalme con la N-630 paro en una venta a tomar algo y, mientras estoy parado, me sorprende la gran cantidad de motos, muchas RR, que vienen por dicha carretera. Sigo hasta Sevilla y una vez en la ciudad para llegar al hotel, me vuelvo loco. Es el peaje que hay que pagar por estar en ple­no centro de Sevilla.

Hoy termino pronto, después de unos 309 km, ya que tengo familia en Sevilla y aprovecho la tarde para hacer turismo, visitar a mi tía Rosa y salir de tapas con mis primas y sus respectivos, hasta la una de la madrugada.

El punto más al sur
 

Salgo de Sevilla por la N-IV pun­tual por la mañana y sigo por unas carreteras secundarias pasando por Medina Sidonia, hasta Vejer de la Frontera, uno de esos bonitos pueblos blancos, situado arriba en una sierra, y llego a la plaza con una preciosa fuente. En esta plaza entro en el restaurante Trafaltar, para ver si encuentro a Pedro Pardo, autor de varias ediciones del libro “España en Moto”, para darle las gracias, ya que gracias a algunos consejos de dicho libro, he buscado algunas rutas por él recomendadas.

Como me dicen que está en Madrid, pues nada, le dejo recuerdos de un motero de Lleida y sigo hacia Barbate y Zahara de los Atunes, para después tomar la N-340 hasta Tarifa, donde paro y voy a hacerme las fotos a la isla de las Palomas, punto más meridional de la Península y del continente euro­peo. Es impresionante lo cerca que aparece África, con unas montañas enfrente, al otro lado del mar, que no las perdemos de vista durante un tra­mo de carretera, mientras subimos hacia Algeciras.

Prolongo el placer de conducir por las carreteras reviradas de esta zona hasta la llegada al hotel de Granada después de 654 km. Ducha y a cenar por el centro de Granada unas tapitas. Salgo de Granada a primera hora en dirección al Veleta, y entre la subida y el sol naciente, por momentos me recuerda el vídeo de Ari Vatanen subiendo al Pikes Peak con el Peugeot 405, ya que tengo que taparme el sol con la mano izquierda para evitar deslumbrarme.

Me desvío hacia Cazorla, donde se toma la A-319, bella carretera que primero sube hasta el puerto de las Palomas, para luego bajar siguien­do el río Guadalquivir, que aquí es un arroyo de montaña, donde la gente se bañaba en sus pozas, con muy buen paisaje, hasta llegar a un embalse y el pueblo de Hornos. Sigo hacia Siles por la A-310 y de ahí hasta el pueblo de nombre de Bienservida; en más de media hora, me crucé con solo dos coches, y evidentemente ni adelanté ni fui adelantado por otro vehículo. Carreteras reviradas, solita­rias y con buen paisaje, que son las soñadas por un motero como yo.

Más tarde me incorporo a la N-322 para dejarla en Balazote, y seguir dirección a Barrax y La Roda, aquí ya en plena llanura manchega, con rectas kilométricas, estilo América profunda, para seguir hasta Cuenca por la N-320, por paisajes menos monótonos.

Salgo de Cuenca por la hoz del Júcar, hasta parar en Morella para hacer alguna foto y tomar algo para después continuar hacia Monroyo, donde quería desviarme hacia Valderrobres, pero una fuerte tor­menta que parecía descargar en esa dirección, me decidió a seguir recto hasta Alcañiz. De allí, seguir hacia Caspe y Mequinenza, con su castillo y el pantano, para después de unos 460 km llegar a casa, de donde hacía una semana que había salido, ya que al final, aunque disfrutes un montón con lo que haces, te apetece volver al hogar para estar con la familia.

Al final de estos 8 días, recorrí unos 4.540 km, en su gran mayoría por carreteras secundarias, con una media de consumo de 4,37 l/100. Si le sumo los 670 km de la etapa del Cap de Creus, son unos 5.200 km los que significan esta vuelta a la Península para visitar los cuatro puntos cardinales más extremos, más Finisterre, como punto más occidental de España, de ahí el nombre de Las Cinco Puntas, y le podéis sumar los 2.550 m de la subida al Veleta, como punto más alto alcanzado.

Saludos en V’s a todos.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Julián

    20/11/2019 at 1:10 pm

    Si no viste cerdos en los alrededores de Jabugo será porque los cerdos ibéricos que allí curan provienen de la dehesa extremeña.

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