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Rutas

Cruzando el desierto marroquí con Alicia Sornosa

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Para llegar hasta el primer punto de encuentro con otros amigos amantes del off-road, este año me lo he puesto fácil. En un día desde Madrid llegaré a cruzar el Estrecho en Tarifa, y ya a eso de las siete de la tarde (se gana una hora al pisar África) estaré en Tánger descansando. Por la mañana, el último esfuerzo, desde esta ciudad hasta Merzouga… Carretera y manta.

La Gran Duna
 

El pequeño depósito de la Ducati Scrambler hace que cada doscientos kilómetros busque una gasolinera, aún me quedan más de sesenta kilómetros para que entre en reserva, pero es preferible no arriesgar. Cuando se acaban las autopistas –de peaje– comienza la diversión: carreteras, que cada año se encuentran mejor cuidadas, no dejan de ser mucho más entretenidas que las rápidas. El paisaje va cambiando, poco a poco la montaña da paso a las llanuras, a las hoces de los ríos secos y a las grandes franjas de palme­rales entre las rocas. Los pueblos ya no son de piedra, sino de adobe del color de la tierra que los sustenta. Puestos de hombres que venden los deliciosos dátiles y un color más oscuro en la piel de los que me rodean. La brújula del GPS sigue manteniendo el rumbo: 180 grados, sur.

Las últimas curvas por la carretera de la montaña de piedra comienzan a descender. A menos de cien kilómetros está ella, La Gran Duna, la que capitanea este Erg Chebbi, el cordón de dunas del sur que linda con el desierto del Sahara. Antes de que se ponga el sol he llegado al punto de encuen­tro, un hotel regentado por una americana, con piscina y unas haimas (tiendas típicas de los nómadas bereber) en la parte de detrás. Eduard López Arcos, que lleva ya viviendo en esta parte de Marruecos varios años, nos saluda; acaba­mos de llegar al Ride To Roots 2015.

Entre charlas y risas nos explica las rutas que haremos por el desierto durante tres jornadas. Este año debido al calor, el polvo y la arena serán los protagonistas.

Las piedras
 

Por la mañana reviso mi Ducati Scrambler mientras la comparo con las motos de trail que la rodean. No llevo un parabrisas que me proteja de las piedras que pueden soltar las ruedas de otros, ni protege puños que salven las mane­tas en caso de caída. Mis neumáticos son de serie, mixtos, pero más para la parte Urban de la moto que para su apellido “Enduro”, por lo que serán criticados por más de uno de los que me acompañarán.

Pero cuento con un protector de cár­ter (algo indispensable que hereda de su segundo apellido) y unas estriberas más anchas que me permitirán conducir de pie sobre ellas. El manillar de la Urban Enduro, a diferencia de sus hermanas Classic o Icon, está reforzado con una barra transversal y más elevado. Descargo las maletas. Ambos estamos listos para comenzar.

El primero de los tracks nos lleva por las llanuras que rodean el cordón de dunas. El suelo es duro, de color negro, como los millones de piedras afiladas que lo cubren. El polvo lo inunda todo, por lo que decido retrasarme aún más, espe­rando a que la estela de fino polvo del de delante se pose en el suelo y me permita ver qué tengo delante. No me gusta conducir sin visibilidad, además resulta muy incómodo tra­gar polvo, no le viene bien ni a mis pulmones, ni a los filtros de la Ducati.

Entre el primero y yo calculo más de un kilómetro de dis­tancia, pero seguir la estela de las otras motos es sencillo cuando no hay nadie más que nosotros rodando por ahí. El terreno cada vez tiene más piedra, cada metro estas son más grandes. Al fondo veo que cambia de color, es una línea perpendicular a mi rumbo. Aflojo el puño para poder llegar más despacio, en estos platós (enormes espacios planos llenos de roca y arena) hay que tener mucho cuidado, du­rante la época de lluvias se forman pequeños torrentes que rompen y erosionan el terreno y forman hileras de arroyos.

Ahora están secos y llenos de piedras más grandes, hundi­das en el fondo. Superar uno de esos pasos es cuestión de equilibrio. Es como pasar un agujero de un metro de ancho con un desnivel en escalón de casi 45 grados. Despacio y gas para la subida, superado.

El siguiente paso aún es más estrecho y las piedras más grandes. Veo como algunos de mis compañeros han caído. Sus pesadas motos de tipo maxitrail no les facilitan el traba­jo en estas circunstancias…

Uno, dos y gas, otra vez arriba. Voy ganando en confianza, cada vez me gusta más la conducción off-road que regala la Ducati Scrambler. Pero el terreno no me lo pone fácil, la rueda trasera rebota de manera muy incómoda en las pie­dras, la suspensión central es más dura de lo recomendable. Afronto otro cortado, un, dos y gas. Esta vez la parte trasera comienza a rebotar y veo que mi caída va a ser inminente. Parece un potro desbocado, intentando tirar de su silla por las orejas al que le monta.

Me rindo y corto el gas antes de que la cosa vaya a peor. El resultado: la moto, en el suelo por el lado izquierdo. La maneta, incrustada entre las rocas. El coche que cierra el grupo se para asustado. “¿Estás bien?”. He sido rápida y me ha dado tiempo a saltar sin que ninguna de mis piernas quede atrapada entre la moto y el suelo. Me ayudan a levantarla mientras cruzo los dedos virtualmente para que la maneta del embrague siga intacta. Y así es.

El resto de la tarde lo hago con bastante menos presión en la rueda trasera, lo que amortigua un poco más los golpes del suelo, con lo que gano un poco de comodidad y tracción.

La arena
 

Llegamos al albergue al atardecer, ha sido un día duro, sobre todo por el polvo. Las pequeñas trialeras que hemos supera­do me han hecho coger confianza en la pequeña, que cada vez me gusta más que mi anterior moto de trail, mucho más larga entre ejes y con una parte delantera menos goberna­ble que la de esta. Filosofías diferentes pero compatibles, algunos se acercan a mirar de nuevo la Ducati Urban Endu­ro, mientras asienten con la cabeza. “Esta pequeña nos ha sorprendido”, comenta alguno. A mí también.

La cena del primer día la recibo con alegría, tengo mucha hambre y la cocina marroquí me encanta. Tajín de verduras y pollo, genial. Aquí las zanahorias saben a lo que son, el calabacín es delicioso y las berenjenas asadas que lo acom­pañan, un lujo para el paladar. Tras la cena y la charla, vamos a descansar. Está siendo un año raro, el termómetro no baja de cero grados (el pasado año lo superó en más de cinco grados negativos), por lo que meterse en el saco no resulta una maniobra de vida o muerte.

Amanece con un cielo perfectamente azul, ni una nube. Será un día de calor. El track de hoy nos llevará a rodear otro de los lados del Erg Chebbi, siempre con la imponente Gran Duna de fondo. El polvo lo inunda todo antes de de salir a ruta abierta, será la tónica de cada día. El camino nos lleva a una zona antes poblada, con restos de paredes de casas en un antiguo pueblo de adobe. El paisaje naranja contra el cielo azul es fantasmagórico, imagino quienes vivirían allí y cómo lo harían, sufriendo calor y frío intenso, lluvias torrenciales o tormentas de arena…

Salimos del pueblo fantasma sin mirar por el retrovisor, la ruta se ensancha y cada cual toma su propio camino. Cientos de huellas de ruedas hacen que no quite la mirada del frente, podría equivocarme y aquí sería bastante fácil perderme. Más adelante hay una gran bancada de arena; es un río seco. El paso frontal es complicado. La arena está revuelta por el paso de las maxitrail. Algunas, las más pesadas, descansan como vacas rumiando mientras los acalorados riders las intentan levantar.

En estos momentos soy aún más feliz por mi decisión. Solo 180 kg, una rueda trasera más ancha y una dirección equilibra­da me van a librar de caer como otros años. Mirada al frente, cuerpo hacia detrás y gas. Supero el río por otro paso, sin motos en el suelo y con la arena un poco más compacta. Cada vez me gusta más cómo se mueve la italiana en este tipo de terreno, ágil y segura.

Después del atolladero, la ruta nos lleva por suelo duro, perfecto para refrigerar nuestras monturas y sentir el aire en el cuerpo, que con más de treinta grados, necesitamos refrescarnos todos. Pronto el terreno se rompe otra vez, pero en esta ocasión aprovecharemos para buscar dónde parar a comer: debajo del escalón que se ve a lo lejos hay unos buenos árboles con sombra, justo en la orilla de otro río seco ahora lleno de arena. Ahí decidimos hacer el alto para comer y descansar, nos lo hemos ganado.

Las dunas
 

El desayuno de esta mañana es repetición de las dos ante­riores. Tortitas marroquíes y un bufet lleno de mermeladas caseras, miel, mantequilla… nada de mi pleno gusto. Opto por el menú salado: aceitunas negras, huevo duro y queso mezclado en pan a modo de pita, con un café de puchero sorprendentemente rico.

Hoy es el día que más me preocupa, es la jornada más difícil para mí. La arena, las dunas. Algo que siempre he respetado mucho, pero aún más tras mi accidente año atrás en San Pedro de Atacama, Chile, donde mi anterior moto de tipo trail me lanzó por delante al incrustar su rueda delantera en el fes-fes (acumulación de grandes cantidades de fino polvo que parece arena), con el resultado del parabrisas partido y mi pie izquierdo aplastado por los protectores del motor.

Sé que es algo en gran medida psicológico, pero no he conseguido desde entonces sentirme a gusto ante grandes cantidades de arena seca.

De nuevo el polvo lo inunda todo y mi casco (se me cayó antes de ponérmelo) se ha roto. Llevo la visera pegada con cinta americana, lo que me hace no poder subirla cuando deseo, y hace mucho calor. Delante de mí, como tortugas gi­gantes escondidas entre la arena, están las dunas. Naranjas, preciosas, impecables. Desde la más pequeña hasta la más alta, bañadas por la impertinente luz solar. Observo cómo algunos de mis compañeros, los provistos de trail ligeras, juegan a surcarlas, suben, bajan…

Mi respiración cada vez es más rápida, me late deprisa el corazón. Me siento como un buzo bajo el agua y con poco oxigeno. Pienso en atacar una de ellas. Me imagino que es otra tortuga, he de subir por su caparazón. Me enfrento a mi miedo, cojo carrerilla y siguiendo las indicaciones que me regala Daniel a grito “pe­lao”, acelero, gas a tope, la moto se desliza sobre la arena, avanza lentamente pese a estar con el puño a tope, es una extraña sensación.

Ya estoy arriba del todo, sigo dando gas pese al miedo a salir por las orejas de la Urban Enduro, más gas, y más… la moto se desliza suavemente bajando como si nada el resto de la duna. No era ni la más alta ni la más larga, pero era mi duna. Pongo los dos pies en el suelo, apa­go el motor. Me quito el casco. El aire enfría mi cara, roja. Mi sonrisa lo dice todo: ¡lo he conseguido! Mis compañeros me aplauden. ¡Lo he hecho! He dejado mi huella en el Erg Chebbi. He superado uno de mis miedos.

Volvemos, contentos y sudando, hacia el hotel. Ha sido el último día. La pena de terminar y la alegría de haber supera­do esos duros recorridos, piedra arena, polvo y dunas, con mi Ducati Scrambler me hacen creer más en ella, tener más confianza en mí. Lo celebro en una explanada lisa impeca­ble, lo que fue el año pasado un bonito lago, hoy seco. Gas y suelto las dos manos. Ni se mueve. Confío en ella. Está hecha para mí.

Toca recoger, meter la ropa en el limitado espacio del que dispongo, ya que las maletas que llevo en la Urban Enduro son pequeñas. Seguiré el camino hacia Tagounit, para visitar otro pueblo entre dunas y a un gran amigo que también vive allí. Dejaré la pequeña gran italiana en la puerta y caminaré por la arena, deseando regresar el próximo año, para demostrarme, una vez más, que tomar aire y mirar al infinito es la mejor manera de avanzar, siempre 180 grados. Siempre al sur.

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