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La caída de los dioses

El Olimpo de los dioses se desmorona. Temblad míseros mortales porque el fin está cerca.

Así parece cuando, tras los primeros grandes premios de la temporada 2021, los dos grandes tótems de panteón motociclista se agrietan. Tanto Rossi como Márquez están muy lejos de mostrar aquellas cualidades omnipotentes de las que hacían gala hasta fechas no muy lejanas.

Los dioses han caído. O como mínimo su pedestal se resquebraja.

Siete grandes premios han transcurrido y mientras Márquez sufre lo indecible por recuperar sensaciones y forma sobre una complicada Honda, Rossi no consigue salir del ostracismo al que parece condenado.

Dos ausencias, tres caídas y un noveno puesto como mejor resultado es un pobre bagaje para un piloto de la talla de Marc. Y qué decir de un Valentino que suma dos ceros y una décima posición como gran logro del año.

¿Qué ocurre?¿Han perdido los todopoderosos dominadores de MotoGP sus cualidades divinas?

Quizás es que simplemente nunca las tuvieron.

En realidad siempre ha sido un espejismo, una mala costumbre del público que coloca en otra dimensión a los que en realidad sólo son sencillos hombres de carne y hueso. Hombres con un gran talento, hombres excepcionales, pero hombres al fin y al cabo.

Todos, absolutamente todos y ellos también, tenemos nuestras limitaciones, esas fronteras a las que nuestros talentos se asoman para ver el abismo, techos que nadie puede rebasar.

Pero somos crueles por naturaleza y queremos ver en esos hombres de inmenso talento, pero de finitas capacidades, todo aquello que nosotros no podemos ser, que no somos capaces de alcanzar. Somos crueles y en cuanto esos pilotos no superan las expectativas que hemos depositado en ellos no tardamos ni un segundo en destruir el mito, en bajarlo de su altar para negar su divinidad.

Necesitamos referentes, espejos en los que proyectar ilusiones y deseos. Y para eso los tomamos a ellos, necesitamos Valentinos y Marcs para seguir creyendo que todo es posible. Necesitamos dioses.

Pero llega el momento en el que la naturaleza humana sobrepasa el halo de divinidad que rodea a estos hombres, la realidad se abre paso y por las grietas de su túnica de cuero se vislumbra su piel erizada de miedo y dolor, de arrugas y sudor. Porque, aunque no quieras reconocerlo, ellos son como tu y yo.

No son dioses caídos. Son hombres que tienen miedo a un accidente, que sufren con los golpes, que guardan cicatrices y recuerdos de dolor. Hombres a los que el tiempo resta fuerzas y empuje, que sufren el desgaste de los años y sienten el peso de la responsabilidad ante marcas, patrocinadores y un público exigente como pocos.

No son dioses caídos. Son hombres que tras un momento de gloria vuelven a pisar el suelo.

Aunque en el fondo, somos nosotros los que elevamos a los altares a esas figuras para nuestro propio disfrute. Quitamos y ponemos deidades a placer.

Los dioses no han caído. Han cumplido su ciclo y nosotros les devolvemos su humanidad.

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