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Moros y cristianos

En el complicado entorno de las grandes urbes se plantea un agravio comparativo de difícil solución.

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La evolución de los usos y costumbres en la movilidad ha dado como resultado un hostil ecosistema plagado de especies muy diferentes y en constante conflicto.

Sin embargo, en ese entorno no todos juegan bajo las mismas reglas. Lo hay que se rigen por un código propio. Y eso genera desequilibrios.

Los llamados sistemas movilidad personal (bicicletas y patinetes) han tomado un protagonismo que ha cogido a todos por sorpresa. Patinetes por doquier, de todos tipos y tamaños con un único denominador común, cuentan con un motor eléctrico.

Y han llegado para sumarse a la legión de bicicletas que pululan por todos los rincones de nuestras calles, caminos, carreteras y pistas. Es una invasión en toda regla. Y digo invasión, no para demostrar algún tipo de animadversión, si no porque ha sido un fenómeno masivo, en un breve espacio de tiempo.

Ahora bien, esa abrupta irrupción no ha sido acompañada por unas mínimas normas de convivencia entre compañeros de fatigas. Cohabitar en un mismo espacio requiere respetar unos pocos y esenciales códigos que patinetes y hasta cierto punto, también las bicicletas, han obviado de forma descarada.

El nuevo reglamento de circulación establece unos mínimos para estos vehículos. Unos mínimos a todas luces insuficientes.

Porque al fin y al cabo, todos los implicados, coches, furgonetas, camiones, autobuses, motos… y también bicicletas y patinetes comparten un mismo espacio. A los primeros se les exigen una serie de requisitos en aras de una convivencia fluida y segura, mientras que estos últimos se les exime de muchas de esas obligaciones.

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Todos somos vehículos, todos circulamos por calles y carreteras. Todos. Pero bicicletas y patines no conocen las normas, ni las señales, ni participan del fair play de los insolidarios y políticamente incorrectos vehículos de combustión.

El usuario de moto, igual que el resto de los implicados en el tráfico tradicional, ha de disponer de un permiso de conducir que le acredita como conocedor de un reglamento y una serie de normas. Ha de contar con un seguro que cubra los posibles accidentes o imprevistos, ha de circular obligatoriamente con casco y debe identificar su vehículo con una matrícula.

Además, los insolidarios y egoístas conductores de sucios vehículos de combustión, deben pagar un inapelable impuesto de circulación. Eso sin contar con los impuestos que nos cargan en gasolinas, etc.

En la otra cara de la moneda figuran los nuevos dueños del asfalto, patinetes y bicicletas. Ellos no están obligados a sacarse un carné, parece que no importa que desconozcan unas  mínimas reglas de circulación o el significado de algunas señales.

Pueden circular sin seguro y sin casco. Si provocan un accidente o se ven involucrados en uno, parece que no entraña mayores preocupaciones. En cuanto al casco… seguro que una caída o encontronazo a las velocidades que circulan, no supone riesgo alguno.

Si se saltan un semáforo, un stop o un ceda, con las consecuencias que esa acción  puede acarrear, de poco servirán las cámaras de tráfico o los testigos. No habrá manera de identificarlos. No están obligados a identificarse con ningún tipo de placa, matrícula o similar.

Y por supuesto, para ellos es gratis circular. ¿Por qué habrían de pagar impuesto de circulación?

La conclusión no puede ser otra. Existe una clara discriminación a favor de los nuevos actores, en detrimento de los clásicos obsoletos.

Aunque todos hacemos lo mismo  y compartimos un mismo espacio. Un claro agravio comparativo.

Porque al final, o todos moros o todos cristianos. ¿O no?

 

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