Aventureros reales
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Aventureros reales

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Somos sólo un tipo que viaja en moto, un operador de cámara joven y animoso llamado Antonio Piris Corchado y un conductor argentino que ejerce el alpinismo de élite, de nombre Heber Orona, quien también hace de fotógrafo del viaje. Cruzar Sudamérica con una moto y un pick-up todoterreno ya es un reto formidable; hacerlo además filmando, fotografiando y editando vídeos sobre la marcha es ya un desafío casi sobrehumano.

Pero henos aquí, en Santiago de Chile. Camino del aeropuerto para recoger la BMW R 1200 GS LC que envié hace tres días desde Madrid. En el corto trayecto, recuerdo el cuento de El Principito, una novela magistral sobre cosas esenciales puestas en voz de un niño venido de otro planeta que se encuentra en el desierto con un aviador accidentado.

En una célebre escena, el niño venido del asteroide B 612 le pide al aviador que le dibuje un cordero, y el piloto, que no sabe dibujar, garabatea una caja, pinta en ella un agujero y le dice a su nuevo amigo que el cordero que desea está dentro. El niño mira por el agujero y encuentra el cordero, porque “lo esencial es invisible a los ojos”.

Cada vez que he mandado una motocicleta en barco o en avión para salvar un océano he recordado esa escena cuando cerraba el embalaje. Las motocicletas tienen alma. Son como los caballos del caballero andante. La relación que se crea entre ellas y los que las conducimos es muy especial, es íntima, de amor y de odio entremezclados; sobre ellas se disfruta y se sufre, y cuando se estropean se convierten en bolas de presidiario.

Por eso yo recuerdo la escena de El Principito mientras me despido de mi caja sin agujeros y la envío al multitudinario tráfico aéreo, lleno de cajas sin agujeros, sin tener una garantía cierta de que la mía esté en el aeropuerto de destino en la fecha indicada. Estadísticamente, un cierto número de cajas desaparece. ¿Y si le tocara a mi cordero?

De ahí mi expresión de alegría al divisar mi caja al fondo del almacén de carga del aeropuerto de Santiago de Chile. Se desvaneció toda la incómoda retahíla de cajas, ventanillas, funcionarios y papelotes en número creciente según superaba cajas, ventanillas y funcionarios. Mi caja estaba allí, con mi motocicleta, a la que he bautizado Anayansi, pues así se llamaba la esposa indígena de Vasco Núñez de Balboa, el explorador que con su descubrimiento hace 500 años del Pacífico está marcando el itinerario de nuestra aventura.

Un niño puede ver un cordero dentro de una caja dibujada en un papel, y es cierto que lo esencial es invisible a los ojos, pero también lo es mi felicidad al rodar por fin sobre mi motocicleta por las calles de Santiago de Chile, pues ahora sé que es verdad. Diario de un nómada ha comenzado.

Los dos dioses de los Andes

Los Andes son una cordillera mítica. Una columna vertebral que recorre el continente de norte a sur como una bisectriz inexpugnable. Altos, escarpados, feroces e indomables. Los Andes son emblema del nuevo mundo, pero también la cuna del viejo mundo amerindio. Las civilizaciones precolombinas más avanzadas se ubicaron en los altos de estas montañas. Los incas construyeron su imperio en los Andes. Por eso las rutas de los descubridores buscan las cumbres. La exploración española no tomó el camino fácil del Atlántico, cuya costa es suave y acogedora, de bahías calmas y planas ensenadas. Al contrario, los exploradores cruzaron el istmo de Panamá para atacar el continente por su lado difícil, por el Pacífico, de costas abruptas y muy agitadas.

Debía una visita a estos Andes altivos. Tenía que presentarme ante su dios para rendir respeto de huésped. O mejor dicho, para presentarme ante sus dos dioses. Porque La Cordillera tiene en realidad dos dioses. Uno es precolombino, e incluso preincaico, está antes que la propia historia mientras que el otro fue traído por los descubridores junto a otro innegable tesoro: el español. La lengua que con sus diversos acentos escucho a cada rato y me produce esta extraña sensación de sentirme tan lejos de casa y al mismo tiempo tan cerca. Como si no me hubiera ido nunca.

El dios colombino es el Cristo Redentor de los Andes, grandiosa estatua de bronce ubicada en la linde fronteriza entre Chile y Argentina inaugurada en 1904 como símbolo de la paz entre los dos vecinos que a punto estuvieron de entablar una guerra por los límites andinos de sus respectivas soberanías.

El otro dios es El Aconcagua, pico más alto de América de 6.962 metros de altura y que simboliza con sus caras brillantes de nieve a los mismísimos Andes.

Mapuches y españoles

Recorrer América Latina siguiendo las huellas de los exploradores españoles ofrece una visión a lo absoluto de la existencia. No hay lugar para la tibieza. El escenario que nos rodea es grandioso sin paliativos, y los hechos históricos que los jalonan son categóricos, fatales, terribles. Ofrecen lo peor y lo mejor que alberga el ser humano. El valor personal de los hombres que llegaron a un continente inexplorado en el siglo XVI es tan mayestático, que corta la respiración cuando se examina de cerca y uno trata de ponerse en su piel; pero los actos de codicia y salvajismo a los que a veces se llegó son tan abrumadores, que uno tiene la impresión de encontrarse ante una fábula en blanco y negro sin grises ni refugios a la comodidad moral. Aquí el testigo se encuentra desnudo ante la realidad absoluta, ante el bien y el mal y ante su propia responsabilidad ética. ¿Qué partido tomar?

Ése es para mí el error de partida. No se puede tomar partido sobre algo tan inmenso como la colonización de un continente hace 400 años. Uno es un pigmeo ante tamaño fenómeno como lo es ante el glaciar Perito Moreno. Imposible hacerlo sin caer en el reduccionismo ni la caricatura. Es aquí cuando debemos recordarnos de nuevo que no hemos venido a hacer juicios de valor sino a conocer la historia y a contar sobre el terreno lo que pasó y tal y como pasó.

Ésa es mi responsabilidad pero también mi verdadero privilegio de cronista nómada: tener delante los escenarios mismos de la tragedia y la comedia, pasear entre las piedras, los riscos, los valles, los mares que contemplaron el paso de los grandes hombres del pasado, tan imperfectos como los de ahora, tan bondadosos y tan crueles como cualquiera de nuestros vecinos. Imposible juzgar un cataclismo de la naturaleza; eso fue el encuentro de dos mundos incompatibles.

Unos lo afrontaron con la espada, como el conquistador de estas tierras chilenas, don Pedro de Valdivia, y otros, los menos, con sus manos desnudas, como Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien caminara ocho años sin armas entre los indios de Norteamérica.

Pero es aquí, en la Araucania Chilena, en plena Patagonia, donde este dramático escenario cobra su mayor importancia. Esta tierra jamás fue plenamente conquistada por los españoles, fue la frontera entre el mundo colonial y el indígena de los belicosos mapuches. Sin embargo, hoy la conquista el progreso, el desarrollismo de las minas, la explotación forestal, las carreteras, los grandes desarrollos urbanísticos, las presas, las infraestructuras… un progreso empresarial que deja de lado a los otrora dueños de este vergel. Pero que en realidad nos deja de lado a todos, víctimas por igual en una guerra perdida.

Buscando a Fénix entre las cenizas del Puyehue

Las catástrofes naturales ocurridas lejos del ombligo eurocentrista parece que no son catástrofes. Lo que ocurre lejos es un dato, una estadística, lo que ocurre cerca, una tragedia.

Cuando el Puyehue erupcionó en 2011, las consecuencias para muchos europeos fueron retrasos en los aviones; para los habitantes de la región andina cercana, la turística Villa la Angostura, fue trasladarse de golpe a la Zona Cero. Una lluvia de cenizas cayó sobre ellos y sus posesiones, transformando sus tranquilas vidas dedicadas al comercio y a la hostelería en un infierno.

La luz, el agua, la normalidad desaparecieron. El pueblo, los bosques, las calles, sus casas… todo se tornó gris. El Ejército patrullaba y les proveía de lo básico. Así pasaron meses. Les sugerían evacuar por el riesgo de avenidas de agua o seísmos… pero ¿adónde ir?

Hoy todavía se aprecian las cenizas en la carretera que cruza los Andes para viajar de Chile a Argentina. Es un territorio espectral. Los árboles muertos se alzan sobre montones de ceniza volcánica que semejase arena del desierto. Pero la vida es invencible. El dueño del Bar Ruta 40 de Villa La Angostura me contó que, harto de ver su jardín cubierto de cenizas y de sentirse deprimido, lo chorreó con una manguera. En su parcela, los árboles que iba limpiando alzaban de pronto sus caídas ramas ante sus atónitos ojos. Allí estaban de nuevo, pujantes y vigorosos, como si con el agua hubieran recobrado las ganas de vivir.

Entonces vio aparecer un pájaro carpintero y taladrar como un loco el tronco recién limpiado. Había pasado semanas sin poder comer, pues todos los bosques estaban cubiertos de una gruesa capa de muerte. Pero en cuanto vio un pedazo de madera, se abalanzó a por ella sin temor al humano que andaba a pocos metros. Allí estaba el verdadero Ave Fénix.

La ruta 40

Existen algunas carreteras que son algo más que carreteras. Son símbolos. Un nombre que evoca más que una lengua de kilómetros de asfalto o de tierra. La mayoría de los viajeros overland las conocemos por su nombre de pila, bien porque las hayamos hecho, porque otras las hayan hecho o porque soñamos con hacerlas. Ruta 66, Moyale Road, Karakorum Highway, Trollstigen… Forman parte de nuestro mundo particular, de nuestras conversaciones, y las tratamos entre nosotros como a familiares directos porque son como las personas que conocemos bien; unas son divertidas, otras insoportables y otras, las dos cosas al mismo tiempo, cielo e infierno hecho arañazo en la tierra.
Y aunque el mundo es diverso, mucho mundo de una sentada es casi indigesto de tan parecido a sí mismo como puede resultar; una gran porción de un mismo paisaje monótono durante días o semanas puede llevar al tedio, y uno viaja para no aburrirse, por eso los overlanders nos comemos esas rutas míticas como quien echa una partida de ajedrez, porque ellas siempre suponen un desafío y un atractivo. He hecho muchos de estos recorridos, pero me faltaba uno que siempre aparece en todas las conversaciones: la Ruta 40 Argentina, una de esas rutas que son cielo e infierno al mismo tiempo.

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