Aurora Borealis (3)... De Nordkapp a Madrid
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Aurora Borealis (3)… De Nordkapp a Madrid

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Estamos muy lejos de casa y tengo la sensación de que la aventura ha acabado. Pero eso en realidad no es cierto, ya que volver es, cuanto menos, igual de difícil que llegar. Aún tenemos un largo camino por delante.

Después de pasar la mañana con José, el propietario del mítico Artico Ice Bar de Honningsvåg y su perro Lonchas, emprendemos el retorno, ahora siempre hacia el sur. Ha nevado durante toda la noche, y hace algo de viento. La nieve fluye en ríos constantes de un lado a otro de la carretera, engalanando un paisaje de por sí ya precioso. Los acantilados al borde del mar en este paisaje agreste y salvaje nos rodean. El sol luce tímidamente entre las nubes altas, haciendo resplandecer todo ese paisaje nevado, más bello si cabe de lo que es en los meses de verano.

A pocos kilómetros de Nordkapp, en la pequeña localidad de Olderfjord, observamos la más impresionante aurora boreal que seguramente observaré en toda mi vida. A orillas del mar, las cintas verdes danzan sobre nosotros, reflejando toda su majestuosidad y grandeza en las apacibles aguas del océano Ártico. Han sido un par de horas frenéticas, en las que no paramos de hacer fotos, de gritar exultantes y de intentar mantener en nuestras retinas ese grandioso espectáculo.

Siempre bajo cero

La carretera hacia Finlandia se compone de larguísimas rectas repletas de grandes subidas y bajadas. El hielo es constante, y parece que ya nos hemos habituado a él. Llegando a Inari sufrimos, ya de noche, temperaturas de -24ºC, que no son más que una mera anécdota gracias a nuestra excelente equipación Halvarssons. Sólo tenemos problemas con las viseras de nuestros Schuberth. No están calefactadas, y se vuelven completamente inservibles al helarse con nuestro propio vaho. A pesar de las frecuentes paradas para limpiarlas y deshelarlas, recorremos muchos kilómetros con los cascos abiertos, notando el helado viento clavándose en nuestras mejillas como si de miles de alfileres se tratara.

A orillas del mar, en la pequeña localidad de Olderfjord, observamos la más impresionante aurora boreal que seguramente veré en toda mi vida
 

En nuestro retorno por Finlandia es normal tener temperaturas de -15 o -17°C. Podemos incluso ver la humedad congelada, destellando en el ambiente bajo el sol, como si fueran polvos mágicos. Y así los días y los kilómetros van pasando, envueltos en la bellísima pero monótona blancura del paisaje. La carretera va mejorando cuanto más al sur nos encontramos, y a veces podemos disfrutar de un estrechísimo carril de asfalto seco. En estas condiciones, la Triumph Tiger 1200 Explorer es más agradecida de llevar que su hermana menor, posiblemente porque es más fácil mantenerse en ese pequeño carril seco gracias a su mayor aplomo en el tren delantero.

Saliendo de Rovaniemi, y después de la ineludible visita a Santa Claus, la nieve vuelve a hacer acto de presencia. A pesar de ello, las carreteras siguen sin hielo, pero los camiones que nos cruzamos levantan peligrosamente una estela blanca que nos ciega durante unos segundos. Las rotondas también son un punto peligroso, ya que la menor velocidad de los vehículos hace que se acumule la nieve, lo que dificulta la ya de por sí complicada trazada.

En Suecia todo cambia. No sé a quién he de agradecer que tengan la costumbre –inexistente en Finlandia o en el norte de Noruega– de tirar sal en las autovías. Hace algunas semanas que no experimento esa sensación de estar agarrado en el asfalto. Poco a poco nos vamos liberando del estrés y las bromas y los chistes malos vuelven a estar a la orden del día durante nuestras conversaciones en ruta. En Sundsvall presenciamos un partido de los play-off de ascenso de la segunda división de hockey hielo. El equipo local se juega subir de categoría y va perdiendo de un solo tanto. Pero los únicos que animamos somos Pablo, Carlos y yo, ante la sorprendida mirada de los aficionados de nuestro alrededor. Ellos solo regalan a su equipo unos tímidos aplausos a falta de un minuto para el final. Es el legendario carácter frío de los suecos…

Visita obligada
Tenemos una cita en Malung, pequeña localidad del centro de Suecia. Allí queremos saludar a los integrantes de la fábrica Halvarssons, la marca de nuestra equipación. Para llegar hasta allí dejamos la seguridad de las autovías y volvemos a enfrentarnos a la cruda realidad del hielo. Así que damos nuevamente la bienvenida a la tensión y volvemos a tomar todas las precauciones necesarias para recorrer esos 200 km sobre el hielo, ya casi olvidado en la profundidad de nuestro recuerdo. Cuando su distribuidor en España, 2TMoto, nos puso en contacto con la gente de Halvarssons, nos dijeron que estábamos locos al intentar esta aventura. ¡Y eso que ellos son moteros y entienden de frío! Ciertamente, notamos su cara de admiración mientras nos enseñan sus instalaciones. Y seguro que ellos ven la satisfacción reflejada en las nuestras.

En Suecia tienen, por suerte, la costumbre –inexistente en Finlandia o en el norte de Noruega– de tirar sal en las autovías

En Estocolmo llevamos las Triumph al concesionario oficial para realizar el cambio de neumáticos. Dejamos definitivamente los Metzeler Karoo T que tan buen resultado nos habían dado sobre el hielo y montamos los Tourance con los que atravesamos la Europa continental a la ida. Nos despedimos de la seguridad de los clavos, y con ellos de parte de la esencia de la aventura de esta expedición. Pero el viento y la nieve nos vuelven a sorprender atravesando Dinamarca. El carril izquierdo de la autopista está completamente blanco, nieva copiosamente pero sabemos que no tendremos problemas mientras no hiele, cosa que afortunadamente no ocurre.

Sin prisa pero sin pausa, recorremos Alemania y su Hamburgo cosmopolita, Holanda y la belleza de sus canales, o Bélgica y su imponente Brujas, auténtica ciudad-monumento. Llegamos a la extraordinaria París, donde recibimos las primeras felicitaciones por parte de todos los integrantes del Club14 de Francia, que nos reciben en sus instalaciones. Abrumados y agradecidos por las atenciones, partimos hacia el sur, hacia una España que cada vez está más cerca. Y con ella, el final de nuestro viaje.

El resto hasta Madrid es puro trámite, excepto por una noche especial en Vitoria, la última del viaje y ya rodeados de viejos y nuevos amigos, que soportan estoicamente cómo los tres contamos mil y una batallitas.

Punto y final
Y finalmente llega el día. Madrid, 23 de marzo, Salón de la Moto. Ahora lo recuerdo como en un sueño. Montados en nuestras queridas Triumph nos abrimos paso entre la gente hasta el stand de AXA y 2TMoto. Mientras, los altavoces de todo el recinto narran nuestra llegada. La gente se agolpa a nuestro alrededor, nos aplaude y nos felicita. Les sonrío con lágrimas en los ojos. Hemos llegado al destino. A mi lado están Pablo Sancho y Carlos Llabrés, sin duda los mejores compañeros que podía tener en esta aventura. Hemos cumplido el último objetivo, llegar a Madrid siendo amigos. Amigos para siempre, como decía la canción. Atrás queda el sufrimiento de las largas jornadas sobre el hielo, de las bajas temperaturas o de estar lejos de los seres queridos. Atrás queda la satisfacción del reto superado, del sueño cumplido. Atrás quedan los abrazos en Cabo Norte o nuestras noches con las auroras boreales.

Hemos llegado. Punto muerto. La Triumph ronronea como el primer día, pidiendo guerra. Me acerco a su cuadro de mandos, como para que me oiga mejor, mientras le susurro: “Ya no, Inora. Esto se acaba”. Giro la llave de contacto. Clic. La expedición Aurora Borealis ha concluido. No sé si hemos hecho algo grande o no. Lo que sé ahora es que los sueños se pueden cumplir. Y cumplir éste ha valido la pena.

 

Por Sergio Morchón

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