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Around Gaia: Viaje en moto por América del Norte

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Los primeros días son una mezcla de ilusión por tomar esa valiente decisión, pero tam­bién de dudas, miedos y sacrificios; el via­jero soñador deja atrás familia, amigos y confort para empezar un camino lleno de riesgos que le que pondrá al límite.

Pero un día las voces que nos gritaban para que no empezásemos esta vida de viajes se callaron y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que tomamos la decisión correcta. Ahora esas voces se muestran curiosas y quieren saber qué se sien­te haciéndonos cada día las mismas preguntas que nos hacíamos a nosotros mismos antes de empezar.

Preguntas que muestran miedos y que solo se preocupan en cómo financiar una vida en la ruta alejada del sistema, en qué es lo más peligroso que enfrentaremos allá fuera o qué vamos a ha­cer cuando acabe nuestro viaje. Callar las voces que querían detenernos fue una batalla ganada, cambiar la temática de esas preguntas será algo más grande.

 

Nuestro actual proyecto empezó el 17 de abril de 2013, con el objetivo de dar la vuelta al mundo en moto, un vehículo que nunca habíamos usa­do antes. Queríamos atravesar todos los conti­nentes, sin GPS ni mapas, sin presupuesto para alojamiento y con un plan que se resumió a elegir tres ubicaciones (Uluru, Ushuaia y Deadhorse) que se convertirían en nuestros checkpoints. Ese objetivo era difícil pero empezamos nuestro viaje convencidos de que no volveríamos a casa hasta alcanzarlo.

Objetivo Alaska

Atravesar la colorida frontera de Tijuana fue el comienzo de nuestro ataque final. Tras muchos altibajos conseguimos llegar a nuestro país nú­mero 41 y entramos en Estados Unidos con Deadhorse en nuestra mente. Pero el camino aún era largo y Norteamérica nos deja claro desde el principio que a partir de ahora tendríamos que afrontar retos diferentes.

Desde este momento parecían inútiles muchas de las lecciones apren­didas durante nuestro viaje en estos últimos años cada vez que atravesábamos algunas de las rutas más peligrosas o durante el tiempo que convivi­mos con algunas de las tribus más coloridas de este planeta. Ni siquiera la inmunidad que alcanzó nuestro cuerpo expuesto a todo tipo de climas, virus y bacterias en Asia y Sudamérica nos serviría para este país.

Además la filosofía de un viaje moldeado por una serie de principios personales se ponía a prueba. Reglas como que prohibimos planificar nuestro cami­no (cada día sabemos dónde empieza la ruta pero no queremos prever dónde acaba para abrir una puerta a las sorpresas), o reglas como negarnos a pagar por alojamiento (para encontrar una forma de pernoctar diferente cada día potenciando así el contacto con la gente) eran reglas que a partir de ahora no serían tan fáciles de respetar.

Todo cambiaba a este otro lado del muro, así que para evitar el vértigo que nos provocaba este país tan diferente a lo que estábamos acostum­brados, paramos, respiramos hondo y volvimos a los orígenes, pensar a corto plazo para llegar lejos. Lo que importaba era el día a día, antes o después llegaríamos a Deadhorse, y bajar el ritmo justo antes del final y escoger el camino menos directo fue lo que llenó nuestra ruta de lugares increíbles.

 

Por eso y aunque los últimos cuatro meses los habíamos pasado en los desiertos mexicanos pensamos que no había que tener prisa por al­canzar las verdes montañas de California. El Gran Cañón del Colorado nos atrae hasta Arizona para mostrarnos cómo un pequeño río pudo moldear la poderosa montaña con paciencia, convicción e insistencia.

Seis meses

Desempolvamos la tienda de campaña y segui­mos el viaje por un valle de la Muerte que decide florecer a nuestro paso, los extraños árboles Jos­hua nos despiden del desierto con su ejemplo de supervivencia y de repente nos chocamos con El Capitán que nos hacía sentir tan pequeños; es­tamos en Yosemite con sus enormes secuoyas y redwoods, pero no es el tamaño de estos árboles lo que nos impresiona, son sus años. Estos bos­ques de entre 2.000 y 3.000 años nos acompa­ñarán hasta el norte susurrándonos sus historias.

 

Fuimos conectando famosas rutas como la 66, la 101, la carretera Cassiar o la carretera Dalton y casi sin darnos cuenta llegamos a Alaska. Ahora los desiertos se transformaron en glaciares y no eran las serpientes lo que temíamos en nuestras acampadas, eran los osos que recién se desper­taban con los eternos días primaverales de estas latitudes.

Qué bueno que supimos frenar a tiempo… Pa­saron seis meses que parecen seis días porque de repente aquí estamos. Frente a una pequeña señal en el mar Ártico que nos dice que llega­mos a Deadhorse y que nos da respuesta a esas preguntas miedosas con las que empezamos. Ya aprendimos que “no hay que preocuparse por el dinero” porque cuando pones toda tu energía y pasión a lo que haces, el viaje se paga él mismo; que la ruta no tiene peligros sino lecciones y que ya sabemos qué vamos a hacer cuando acabe este viaje, pensar en el siguiente. África nos llama y nosotros vamos con nuevas preguntas.

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