Agreste y duro: Cruzando los Andes por Bolivia con unas BMW R 1200 GS
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Agreste y duro: Cruzando los Andes por Bolivia con unas BMW R 1200 GS

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El Estado Plurinacional de Bolivia no tiene salida al mar. Está rodeado por Brasil, Paraguay, Argentina, Chile y Perú, tiene unos 10 millones de habitantes y es el sexto país más extenso de América Latina. Su gran biodiversidad comprende la cordillera de los Andes, el Altiplano, la Amazonia, los Llanos y el Chaco.
 
La ruta la hicimos en el mes de noviembre, por lo que el buen tiempo estaba asegurado.
 
De Arica a La Paz, 500 km

Llegamos a Arica (Chile) a las 4 de la madrugada tras dos noches sin dormir por la impuntualidad de los vuelos. Sin acostarnos, nos entregaron las motos, y tras revisarlas y colocar los equipajes, llenamos los depósitos y los bidones y salimos. Así se iniciaba nuestra particular aventura.

Pasamos las enormes y famosas dunas de Arica y empezamos un ascenso de 190 km por la ruta del desierto hasta alcanzar los 4.400 m de altitud. Poco antes de la frontera, en Tambo Quemado, está el espectacular volcán Nevado Sajama, con más de 6.000 m y, a sus pies, salares y lagunas llenas de patos y flamencos. A 5 km del paso fronterizo apareció una fila de camiones, pero “¿estará cerrada la frontera?”, pensamos, ya que dos semanas atrás hubo una huelga. Nos aclararon que lo habitual es un trámite de 5 horas o más, pero que por culpa de la huelga, los camiones llevan allí de 7 a 10 días hasta llegar a las oficinas. No permiten pasar comida, sólo agua, lo que origina un servicio ambulante de cocina.

Adelantamos la fila. El trámite chileno duró 15 minutos y el boliviano afortunadamente sólo tres horas. Hay que ir a alguna de las tiendas de la aldea que tenga ordenador y el programa de registro de datos, para luego llevar el papel a la oficina de migración. Muy sencillo, pero es que nadie te lo quiere hacer. No dan explicaciones, ¿querrán propina? Tuvimos que convencer a un policía para que nos acompañara a hacerlo. Los costes se pagan en dólares si no tienes bolivianos. Fue como una prueba de resistencia, sumando el sueño, el jet lag y el mal de altura (estábamos a 4.200 m). Mientras tanto empezó a nevar y granizar a ratos.

Aún nos faltaban 300 km y alguien nos aconsejó parar para no conducir de noche (anochecía a las 6 y media). No hicimos caso, queríamos llegar. La ruta resultó aburrida y sumamente peligrosa. Llovía copiosamente y la carretera se convertía en una pista resbaladiza, con obras y perros vagabundos que cruzaban. Los conductores locos te pasan rozando en coches destartalados a veces sin luces ni matrícula. El tramo de 220 km entre Oruro y La Paz se considera el más peligroso del país con casi dos muertos diarios. Ya de noche, suspiramos al ver el letrero de 30 km a destino, pero hacíamos mal, nos faltaba atravesar el Alto, pueblo limítrofe a La Paz. El tráfico estaba detenido con un nudo de coches cruzados en todas direcciones y donde manda la ley del pito. No se respetan señales y puedes atravesar por donde quieras seas coche o peatón. Es el caos, hasta el GPS enloqueció y una moto se recalentó, y todo a 4.000 m de altura. Llegamos al hotel dos horas más tarde con un frío intenso y agotados por cansancio. Fuimos todos directos a la cama.

La Paz, 186 km

Por primera vez entramos en contacto con un problema del que ya teníamos noticias: el repostaje. Sólo las gasolineras del estado están obligadas a poner gasolina a los extranjeros, el resto hacen lo que quieren. Los letreros informan del precio para los de fuera, que casi triplica el oficial, y de que no llenan bidones. Esto supone un peregrinaje diario por las bencineras hasta hallar alguna que te llena el depósito. Ese día fue en la tercera.

La mítica carretera a los Yungas, o Carretera de la Muerte, te lleva hasta el bullicioso pueblo de Coroico, al borde de la selva amazónica. Hay una nueva carretera, asfaltada en el 80 %, que ha hecho disminuir el tráfico pesado por la antigua. La vía se debe hacer por la mañana, ya que en las tardes se pierde la visibilidad por lluvia o niebla. La visibilidad es ya de por sí tan mala, que se conduce por la izquierda para aumentarla en las curvas.

Ascendimos desde la Paz hasta los 4.600 m en 30 km entre espectaculares y verdes montañas y con un frío que pelaba. Pasamos dos controles policiales y uno antidroga, descendimos a los 3.200 m y casi nos pasamos la entrada porque no hay indicaciones. El inicio asusta, descargamos adrenalina, “¡como sea toda así!”, pensamos… Está considerada una de las carreteras más peligrosas del mundo, bajando en 38 km hasta los 1.200 m, con tramos de ripio espantosos. Tiene entre 3 y 3 metros y medio de ancho, sin protección al borde de un precipicio de hasta 800 m de caída, y nosotros al bajar e ir por la izquierda, íbamos al borde del precipicio. Cuando te cruzas con alguien y te paras, hay que vigilar dónde pones el pie. Cae agua por todas partes entre la frondosa vegetación que convierte la pista en fango. Con las precauciones debidas se puede disfrutar de la belleza de esta singular carretera.
 
En Coroico, tras pagar peaje de entrada, comimos una costilla de res tan enorme, que nadie se la acabó. Regresamos por la carretera nueva, pasando de los 30 a 5ºC, lloviznando y con una niebla que se podía cortar. Al llegar a La Paz, estalló una tormenta.
 
De La Paz a Potosí, 543 km

La sensación de fatiga iba mejorando lentamente. Atravesamos de nuevo el Alto, retrocedimos hacia la peligrosa carretera del primer día hasta Oruro. Allí, unos manifestantes cortaron la carretera con enormes pedruscos, que se sortearon quitando las maletas y bajando los acompañantes. Una moto resbaló. De Oruro a Challapata el ripio y el tráfico mejoraron y, después de la ciudad, empezó una carretera muy bonita: asfaltada en 2013, virada y en constantes subidas y bajadas. El paisaje se mostró en todo su esplendor y cambios de color, con montañas, quebradas, valles y lagunas con fauna salvaje. Una gozada, a no ser por el cotidiano peregrinaje de la gasolina. Llegamos a la Hacienda Cayara, 30 km antes de Potosí, apurando la reserva. En el camino nos paró dos veces la policía, una para pedir papeles y otra por exceso de velocidad… El hotel-museo Cayara es la hacienda más antigua de América y de todo el hemisferio sur, construida por un soldado de Hernán Cortés. Guarda verdaderos tesoros como originales de Garcilaso y de Calderón, manuscritos de los reyes, armaduras y zapatos de dama en plata, ropas, monedas, etc. Todo ello conservado magníficamente gracias a la altura y el clima seco, y explicado de primera mano por un miembro de la familia propietaria y a 3.600 m de altura.

De Cayara a Uyuni, 220 km

Repostamos, ya secos, antes de Potosí y su emblemática montaña. Patrimonio de la Unesco y llena de casas coloniales, nos pareció bulliciosa y poco acogedora. La ruta del día nos llevaría a Uyuni, moviéndonos entre 3.599 y 4.240 metros, con constantes toboganes. Íbamos encantados, buen asfalto, curvas anchas y poco tráfico. El paisaje alternaba altas cumbres y volcanes con zonas desérticas, siempre con cambios de color y abundante fauna, que en ocasiones cruzaba la carretera y creaba peligro.

En Uyuni repostamos, y para nuestra sorpresa nos cobraron el precio del país. Uyuni es lo más turístico de Bolivia, con restaurantes y tiendas. Nuestro hotel de sal estaba al borde del Salar, y se llegaba por una pista llena de enormes dunas, donde las motos se quedaban clavadas continuamente. A pesar de nuestra perseverancia, nos vimos obligados a retroceder y volver en todoterreno.

El salar de Uyuni es consecuencia de la desecación hace más de 10.000 años de un mar que se extendía hasta Chile y Argentina. Su profundidad máxima es de 130 m y es rico en litio. Cenamos en tan exótico enclave con una copa de singani comentando las múltiples anécdotas del día.
 
Salar de Uyuni

Día de visita. Primero una demostración de extracción y elaboración de sal, que luego venden a un precio irrisorio, después compra en los chiringuitos, extrajimos diamantes de sal de las aguas subterráneas del salar y visitamos la isla Inca Wasi previo pago. Ascendimos entre los bosques de enormes cactus para tener una visión de 360º del salar. Finalizamos con una sesión de fotografías espejismo de lo más divertidas.

Al salar hay que ir con guía, ya que no hay más referencia que la isla y el volcán Tupa, y desaparecen si el día no está muy claro. Además el agua filtra y se mantiene en el subsuelo a pocos centímetros, con lo que los vehículos se hunden si no sigues los caminos trazados.

Un vendaval nocturno con relámpagos, nos hizo de nuevo sufrir por la ruta del día siguiente, muy larga y la de más ripio.
 
De Uyuni a Calama, 500 km

Hasta San Cristóbal fueron 80 km de pista que permitía altas velocidades, después se convirtió en una pesadilla. Ninguna indicación, continuos desvíos, pistas de arena y pedregales. Nos separamos buscando el mejor camino, y en 5 horas hicimos poco más de 100 km. Entonces recordamos que un mes más tarde pasaría por aquí por primera vez el Dakar. Había mucha arena que ocultaba trampas, íbamos campo a través por ninguna parte, subiendo de los 3.700 m de Uyuni a 4.200, y notando de nuevo el mal de altura con fatiga y mareo. El premio era el bellísimo paisaje de volcanes, lagunas, salares y llamas y vicuñas.

En la frontera no atendían desde hacía cuatro horas, dijeron que por un alijo de droga. Aún tardarían dos horas más en abrir y se acercaba una tormenta. Nos revisaron las maletas y empezó a llover y anochecer. Nos quedaban 250 km, pero estábamos optimistas porque nos dijeron que en Chile había mucho asfalto. Besamos el suelo cuando lo vimos y repostamos con los bidones, ya que no hubo más gasolinera que la de San Cristóbal y no siempre te llenan. El asfalto chileno fue otro espejismo de 30 km, después alquitrán rayado y de nuevo pistas. La ya difícil orientación disminuyó en una oscura noche sin luna. En 150 km no hubo ninguna población, nos cruzamos con dos camiones y pasamos por varias minas. La soledad más absoluta bajo las estrellas en una pista arenosa. Teníamos sensaciones contrapuestas de paz, belleza y de incertidumbre y miedo. El sufrimiento físico y mental nos obligaba a parar; seguir se hacía interminable. Bajamos una gran pendiente arenosa en zigzag y sin protecciones y al fondo aparecieron unas luces. Nueva desilusión, fue una mina, no había donde parar, había que seguir. Por fin, los últimos 50 km fueron de asfalto, aunque nuestra conducción ya era mecánica, totalmente agotados. Uyuni-Calma será por primera vez una etapa del Dakar en moto el día 14 de enero de 2014. Ahora y echando la vista atrás, recordamos ese día con cariño y emoción. Fue especial.

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