19. Noviembre 2017 - 18:31 | solomoto.es | Rutas
Alicia Sornosa

El viaje comenzaba esta vez en Nueva Delhi, donde los cinco riders que íbamos a compartir el viaje recogíamos nuestras monturas. Utilizaríamos, mezclando los tipos de conducción, mi Ducati Scrambler, una Triumph Bonneville que pilotaría Polo Arnaiz, dos Himalayan a los mandos de Black y MrsHicks46 y una Royal Enfield Classic que conduciría la rider chilena Marcia Susaeta. El alquiler de las motos se hizo a través de Eagle Rider India, donde nos atendieron generosamente y explicaron algunos consejos para que nuestro viaje hasta el pueblo más alto del mundo fuese mejor.

El calor seguía agobiando a cualquier ser vivo que estuviese sobre el asfalto de la capital india y nosotros lo notábamos como el que más. La madrugada del domingo sería el momento perfecto para salir de la ciudad, además coincidía con un festivo, el plan ideal para abandonar a toda prisa la apestosa Delhi. En unas ocho horas de camino, esquivando camiones, coches, motos con familias enteras sobre ellas, carros tirados por enormes bueyes, vacas sueltas y todo tipo de animales de cuatro patas, vimos el primer cartel de Risikech.

Este pueblo, que para ojos europeos es ya una ciudad, está a las faldas de los Himalayas, a tan solo 300 km del nacimiento del río que lo divide en dos, del río más sagrado de India, de la madre de los ríos: el Ganges. Risikech es una ciudad sagrada a la que llegábamos exhaustos por el calor y la tensión del tráfico.

Estaba llena de gente, atrás quedaba mi recuerdo de hace diez años de un pueblo pacífico, lleno de yoguis y Ashram (lugares donde meditar y aprender a hacer yoga, comer y dormir). Risikech fue la ciudad donde acudieron los Beatles y otros tantos artistas de esa época del “flower power” antes de caer en la tentación de Goa, en el sur. Y nosotros estábamos cansados y sucios, con ganas de beber algo fresco y descansar. Y lo hicimos, aunque la cerveza está prohibida y el gentío que cruzaba sus puentes junto con el gran atasco de subida y bajada no nos permitieron llegar a relajarnos del todo.

Visitamos la ciudad para comprender el porqué de los baños en los ghats (escalones) que dan al río, de los rezos y los sacerdotes budistas que allí se reunían. Yo no lo conseguí, lo único que quería era ponerme en marcha.

Hacia el Valle de Sangla

Salimos rumbo al valle de Sangla, el primero que tendríamos que atravesar para llegar a Spiti y encontrar una pequeña población entre sus montañas, el pueblo, dicen, más alto del mundo. Comenzamos a ascender por una carretera que cada vez se estrechaba más, cada vez tenía menos asfalto, menos tráfico y más camiones. Los paisajes comenzaron a desfilar bajo la visera de mi casco, regalándome cortados, valles profundos y ruidosos ríos de barro, probablemente del deshielo.

Las cinco monturas funcionando a máximo rendimiento por el calor, que poco a poco comenzábamos a dejar detrás. Las primeras curvas reviradas y el tener que apretar el puño del gas me indicaba que comenzaba la subida. La carretera ya era como una comarcal, estrecha, con el asfalto roto, llena de polvo y de excrementos secos que avisaban del tránsito de animales por la misma vía. Después de deliberar tomamos el camino más conocido, hacia el este. Subíamos por un verde valle lleno de manzanos entre pinos. La sombra de los árboles dieron un descanso a nuestro cuerpo y el ritmo de rodaje se animó.

El valle de los manzanos

El recorrido hacia Sangla, siempre ascendente, no dejaba de sorprenderme. De las llanuras del centro y el clima desértico del sur del Uttar Pradech, a la verde región de Uttararjhand, que poco a poco nos conducía hasta Shimla, la puerta de entrada de nuestro destino principal: el Valle de Spiti. Una serie de montañas y valles que rozaban los 3.000 metros que iríamos subiendo y bajando, entre nubes y nieblas, recorriendo con nuestras monturas las estrechas carreteras que se convertían en pistas de tierra con giros imposibles y sorpresas para las pupilas tras cada rincón, detrás de cada ladera de las verdes montañas. El río Yamuna y sus afluentes regaban con un agua cada vez más limpia los huertos y frutales de esta parte de las faldas de los Himalayas.

El ascenso no finalizaba y siempre había un pueblo más allá, entre las nieblas, en lo alto de la pista. Pueblos llenos de vida con trabajadoras que recolectaban las frutas o que trabajaban en las carreteras, picando piedra, ampliando el camino…

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