18. Diciembre 2016 - 10:35 | Miguel Angel Fernández | Rutas

Lo cierto es que un año más, una de las mejores concentraciones moteras de cuantas pueblan el calendario nacional de concentraciones, llegaba, y lo hacía cargada de novedades. La primera de ellas era el cambio de ubicación, al abandonar la tradicional Dehesa Boyal por el Pabellón La Central, un edificio completamente rehabilitado que en otro tiempo fue la sede de la Sociedad Minerometalúrgica de Peñarroya.

Con la planta inferior acondicionada como tranquila (y fresquita) zona de acampada, dotada de baños y duchas; exposición de motos clásicas y comedor, la zona superior se convertía en el epicentro de la concentración, donde tanto las inscripciones como los servicios, la barra de bar y el escenario para los conciertos se encontraban a cubierto y a resguardo de los elementos.

La otra importante novedad era la suspensión de la ruta barítima por la ciudad, motivada principalmente para evitar la presencia de los indeseables, que, sin estar inscritos, se unían a ella con la única intención de hacer ruido, llevando sus motos y quad sin escape y ofreciendo una imagen que poco o nada tiene que ver con la que el Moto Club Mineros tiene en el mundo de la moto a escala nacional.

A cambio, el Moto Club Mineros ofrecía a todos los inscritos una colección de 12 tickets para que cada cual pudiera realizar su propia ruta barítima al ritmo y a la hora que mejor le viniese. Se ha ganado, y mucho, con el cambio. Yo personalmente, con un grupo de colegas, no fui capaz de beberme (y comerme) todas las cervezas y potentes aperitivos que en cada local colaborador nos pusieron.

El apartado música también estuvo fuerte este año, y ya desde el viernes, The Blues Dealers, una exhibición de zumba, Nongratos, Karburo y el plato fuerte de este año, los geniales La Madre que los Parió, que una vez más supieron sacar la sonrisa, el baile y la voz a todo el personal reunido delante del escenario, coparon la parte musical.

No faltaron los gañanes, que al no brindarles la oportunidad de reventar la ruta barítima, decidieron que el mejor lugar para hacerse notar era alrededor de la barra de bar montada en una de las plazas de La Central, donde de manera cansina, cojonera y, en ocasiones peligrosa, entraron con sus quads a hacer ruido, caballitos y quemar rueda a pocos centímetros de la gente que había allí tomando algo tranquilamente.

El sitio, en el que más gente del pueblo se pudo ver en las tardes-noches de viernes y sábado, dejaba de ser agradable cuando estos motarates aparecían, por lo que me consta que el simpático propietario de Mr. Gin, que montó dicha barra, dejó de servir muchas copas gracias a la presencia de dichos individuos. Esto fue lo peor de la concentración, el comportamiento de algunos vecinos de Puertollano, que aunque a lomos de quads y motos, ni son moteros ni quadtreros, y consiguen tan solo empañar la imagen de unos y otros ante el resto de la gente.

Pero hacen falta muchos gañanes para enturbiar (que no manchar, como diría Sabina) la imagen de un moto club, los Mineros de Puertollano, que tras más de dos décadas siguen trayendo a este precioso lugar uno de los mejores momentos del verano para cuantos gustan de viajar con sus motos.

Las charlas con los colegas, la cerveza ahora dentro, ahora fuera del pabellón, la exhibición de los hermanos López Nieto, la ruta turística hasta Villamayor de Calatrava, la entrega de premios y el sorteo de regalos... mucho y bueno, como los miembros de un moto club, que de manera incansable y con la colaboración del ayuntamiento dedican muchas horas de su tiempo a su ciudad. No estaría de más que esta les dedicara unas horas del suyo para premiar el esfuerzo.

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