31. Diciembre 2017 - 17:26 | solomoto.es | Noticias
Alicia Sornosa

El valle de Spiti solo se abre al tráfico durante los meses de verano, el resto del año sus carreteras duermen bajo varios metros de nieve. La comunicación dentro del valle se hace sobre robustos pollinos por los estrechos caminos abiertos en la nieve. La población disminuye enormemente y, en realidad, nos cuesta entender cómo sobreviven las personas que habitan este valle. Lo primero antes de comenzar la última parte del viaje es conseguir los permisos que nos abrirán la barrera de entrada unos kilómetros más allá. El trámite es sencillo, esperamos con las motos antes de la barrera, presentamos los permisos y la documentación y pasaporte y, en menos de una hora, ya estábamos rodando por el majestuoso valle de Spiti.

Día a día el camino se hacía más abrupto, ya no veíamos árboles, los bosques quedaban mucho más abajo. Rozábamos los 4.000 metros y los nombres de pequeñas poblaciones como Kalpa, Nako o Tabo se me antojaban más tibetanas que indias. El budismo, con sus impresionantes estupas rematadas por pintura dorada, estaba presente en cada camino, en cada pueblo. Hallar lugares para descansar no era complicado, gracias a las indicaciones de otros viajeros, encontrábamos los mejores hostales donde pernoctar y cenar algo. La comida vegetariana y los fideos de trigo y arroz, junto con una deliciosa cerveza, hacían que retomara fuerzas para afrontar los complicados kilómetros del día siguiente. Seguíamos en pleno ascenso. Campings sobre elevados cerros, pueblos escondidos entre banderas de colores y casas blancas. Doradas puntas que advertían que el templo estaba cerca, cada vez más monjes de naranja por las poblaciones y otro tipo de turismo: el del trecking y la montaña.

El monje momia

El valle se abrió como por arte de magia y nos regaló un paisaje tan inmenso que había que girar la cabeza para poder abarcarlo todo. Una suave llovizna comenzaba a empapar la tierra, seca hasta el momento. Nos teníamos que poner en marcha antes de que fuese algo más que un pequeño aguacero. Ya tengo experiencia de lluvias en alta montaña y se pueden convertir en tormentas muy fuertes sin que uno se dé cuenta, con sus desprendimientos de roca incluidos, nada agradable para el que viaja en moto. Paramos a almorzar y resguardarnos en un pequeño pueblo de paso. En el único lugar abierto para comer, que era donde todos los viajeros se detenían.

Quise entrar en la cocina, mi curiosidad era inmensa. En esa pequeña habitación me encontré con un fuego hecho con brasas, una cacerola enorme llena de agua hirviendo y algunos cacharros más donde picaban guindillas y preparaban los vegetales. Estábamos, por fin, en el corazón de la montaña.

Escasas dos horas más tarde estábamos de nuevo sobre las motos. La lluvia había remitido, o el fuerte viento había movido esas nubes hacia otra parte del valle. Circulando por la pista de tierra, las vistas eran increíbles. Estábamos rodeados a ambos lados por picos altísimos, llenos de nieve y hielo. Entre unas montañas y otras, el gran valle, verde al fondo, con la huella que dejan los pequeños afluentes que forman el gran río que erosionó este valle. La región Himachal Pradesh, tan pegada a China, parte del Tíbet, por la que estábamos rodando, guarda varias sorpresas para nosotros.

Nos habían hablado de un templo en lo alto de un cerro. Un templo centenario que escondía un tesoro. A escasos metros con la frontera china, después de haber superado una leve subida en curva, allí estaba, Imperial, lleno de rojos, dorados y amarillos, con dragones en sus esquinas y tejados acabados en cabezas de animales. Lleno de simbología. A su lado, una pequeña caseta guardaba su más preciado tesoro: un monje momificado. Llegar a ver semejante templo, disfrutar del camino hasta ese lugar, cruzando enormes charcos y oliendo la roca mojada fue todo un acierto. El valle de Spiti nos guardaba más de una sorpresa.

El pueblo más alto del mundo

Esto es lo que rezaba el cartel que reinaba a uno de los lados del templo de Key, “El pueblo más alto del mundo con una carretera hasta su puerta” o algo así. Una pequeña población, Komic, a la que el asfalto llegaba no sin esfuerzo. Un montón de curvas que serpenteaban por la ladera, entre campos verdes y pequeñas motas marrones (que resultaron ser el ganado del lugar), un templo centenario en el que los monjes rezaban tocando desacompasadamente los tambores y los chinchines, soplando esos tubos larguísimos y ofreciendo un sonido extraño, sin armonía, pero a la vez curioso con la decadencia de un trance.

El grupo se separó, unos subimos a ver qué podíamos comer en un edificio que había frente al templo, otros entraron en la sala de rezos para acompañar a los monjes. La comida estaba clara: solo había sopa y sandwich. Hicimos un sutil almuerzo y decidimos dejar a los monjes en su trance y regresar hacia Kaza, debíamos encontrar dónde dormir y esta población estaba hasta arriba de personas dispuestas a subir por todas las laderas del precioso valle.

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